Cecina y adoquín

Por LUIS GRAU LOBO

Todo gobierno municipal tiene una idea de ciudad, incluso el que no la tiene. Y, por descontado, esa idea no se manifiesta en las declaraciones de sus responsables –esas ‘apuestas’ políticas que rara vez se cobran– sino en las obras que promueven o llevan a cabo, en cómo se hacen, en el lugar adonde se procura llegar con ellas. En ocasiones ese lugar resulta el mismo punto de partida y entonces hay que preguntarse si se pretende otra cosa que no sea simular movimiento aunque se esté parado. Como esa gente que aparenta estar muy atareada solo para que no le encarguen trabajo alguno.

Así nuestra ciudad. Nos adentramos en el último año del actual mandato y se vislumbran sus logros por doquier: lo mismo que había, pero más caro. Se da uno un paseo y se topa con la misma ciudad, pero más vieja, más mezquina, más desnortada. Y, de cuando en cuando, se topa con obras ‘singulares’, que revelan una concepción urbana episódica, contingente, a salto de mata, sometida al imperio de la ‘simulación en diferido’, o sea, hacer algo como quien no sabe qué hacer pero buscando aprovecharlo con disimulo, para intereses otros. Ergo: una remodelación de Ordoño II con unas jardineras aún más tremebundas y horteras que las anteriores (que ya era un reto) y los mismos trazados viarios: la misma calle. Una plaza del Grano parecida a la que existía antes de reventarla entera, pero que ha costado lo que un casoplón en Galapagar. Un Palacio (¿) de Congresos (¿) que se argumentó como recuperación de un patrimonio industrial monumental (la Azucarera) cuyos paredones siguen derrumbándose junto a esta flamante futura ruina. Para no citar al copón que iba a iluminar el camino a las masas y ha desaparecido en singular combate, cegado tal vez por el pingüe contrato de la propia luz urbana…

La idea de ciudad que se deduce de estos y otros casos es sencilla: no se trata de mejorarla, sino de aparentar que algo mejora para que todo siga igual. Postureo urbano, podría decirse. No es tanto tener un proyecto para ella como llenarla de proyectos para… quién sabe quién.

La capitalidad gastronómica supone un buen patrón para medir este procedimiento. A su incalculado coste y previsible fiasco, a su invisibilidad más allá del limes del Esla, se añade la enorme trascendencia de sus propuestas, dignísimas candidatas al Guinness de los récords en su vertiente más grotesca. Esa que convoca cortes multitudinarios de cecina a la manera de las hecatombes de los rituales de la Antigüedad, pero sin Fidias ni Pericles. Anunciados, eso sí, con enardecidas glosas del tipo ‘día histórico’, entrada en el tocho de marras con ‘letras de oro’ y «principal evento de la capitalidad»… No cabe apurarse, puede que sea la solemne fundación de un futuro ‘déjà vu’: León, cuna del cortaceciniso.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 27 de mayo de 2018,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

Un Comentario

  1. AVELINO Fierro Gómez

    Totalmente de acuerdo en todo lo que dices.
    Mar.

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