Desfondada

© Fotografía: Óscar García Bárcena.

Un nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, escritora nacida en Valderas (León) y afincada en Madrid, dentro de su sección “Trazos de sombra”, sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. / Ilustrado con una fotografía de ÓSCAR GARCÍA BÁRCENA.

DESFONDADA

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

(Existe en la literatura una tipología de personaje no muy común que recibe el nombre de “tumbao”, caracterizado porque un día se quedó postrado en cama sin causa física que lo justificara y ya no se levantó más. En la vida, a veces, ocurre lo mismo).

Abrí la ventana del cuarto y la vi muy quieta, con los ojos abiertos. No me sorprendió porque así pasaba la mayor parte del tiempo en los tres últimos años. Tres años hacía que no salía de la cama, señor juez, tres años que se negó a todo. Pero fue la mueca que se desprendía de su boca, a modo de sonrisa que no acababa de formarse del todo, lo que me dio la alarma de que algo raro pasaba, pues en ese gesto, en ese remedo de sonrisa, comprendí de pronto que le había ganado la batalla a la vida. Es duro lo que le voy a decir, pero antes incluso de que mi señora se quedara postrada en cama sin una causa física que lo justificara —el corazón y los pulmones estaban bien, decía don Paco, el médico amigo de la familia que se pasaba todos los meses a verla—, ya no quería seguir.

No, señor juez, ella no era así, y menos de joven. Recuerdo el verano en el caserío, tendría catorce o quince años, que se llegó a la higuera en la que estudiaba su primo. De súbito le arrancó los apuntes de las manos, salió corriendo. Él corrió hacia ella y cuando le dio alcance lanzó los apuntes por el aire como palomas sueltas. Al final los dos acabaron en el suelo, abrazados, riéndose. Luego él los recogió, los ordenaba, mientras ella, ya de pie, tapándose la boca como si no hubiera roto un plato, seguía riendo, ya ve usted qué gamberra. Esa imagen de los dos, que a mí me parece la imagen misma de la felicidad, no se me va de la cabeza. Aunque él le doblaba la edad parecían dos hermanos, blancos los dos, el cabello claro… de carácter, en cambio —él siempre serio, reservado—, tan distintos. Y un poco lo eran, a lo de hermanos me refiero, pues el señorito, huérfano desde muy joven, se crió siempre con nosotros. Y con nosotros permaneció hasta que sacó la plaza de notario en Pontevedra, recién casada la señora, embarazada de Paulita.

Ese día lo recuerdo también muy bien, pues me encontraba limpiando la lámpara del despacho cuando él le mostró el boletín con el destino. Ella, siempre tan torbellino y alegre, se quedó inmóvil, una mano apoyada en la mesa de caoba, la otra sujetando la tripa, mientras se iba poniendo más y más pálida. Y pensé, se lo juro, que se desmayaba. Bajé como pude de la escalera, la sujeté del brazo. Entonces el señor, como si en ese momento reparase en mí, me mandó salir. Y lo hice, claro, con harto dolor de mi corazón me quedé tras la puerta sin enterarme de nada más, pues el resto del tiempo, que a mí se me hizo eterno, hablaron por lo bajo.

Pocos días después el señorito se marchó. Permaneció en Pontevedra hasta que nueve años más tarde le dieron un nuevo destino que, a tan solo veinticinco kilómetros del pueblo, le acercaba de nuevo a la familia. Pero he de decir que durante esos nueve años no dejamos ni uno solo de visitarle el mes de agosto y también que esa etapa fue la mejor de mi vida, pues ha sido cuando he tenido vacaciones ¡Qué me digan a mí qué criada tiene ocasión de pasar un mes entero en el mar! Sí, ya sé que había que trabajar, pero la mayor parte del tiempo estaba en la playa, vigilando a Paulita y luego a los mellizos que vinieron cinco años más tarde en el mes de las flores. Guardo como oro en paño todas las noticias que aparecieron por aquel entonces en la prensa local, sección sociedad, explicando con todo lujo de detalles estos viajes de mi señora y su marido. Aquí los tengo, mire. Sí, siempre sentí hacia ella mucha admiración, tan avanzada a su tiempo, también tan fuerte. ¡A ver qué mujer aguanta con el aplomo que ella aguantó al vivalavirgen de su marido, jugador, bebedor, mujeriego, vago… ¡Jesús, si es que tenía todos los vicios, y si no es por la cirrosis que al final le barrió en pocos meses, acaba con la fortuna de la señora amasada durante siglos y la suya propia que no se quedaba atrás! Fíjese que una vez vinieron a llevarse los muebles y la vajilla tan antigua y la cubertería de plata que él había perdido una noche en el juego, y ella, sobria, serena, impenetrable, discreta, con esa elegancia que la caracterizaba, se impuso y pagó y los muebles no salieron de casa.

Lo que resultó un gran palo fue la muerte del primo. Una muerte súbita, imprevista, es siempre una muerte de lo más traumática, ¿no cree usted? Y ese accidente mortal que le sobrevino un sábado por la noche cuando venía al pueblo la dejó totalmente tocada. Yo pensaba que con el tiempo lo superaría, eso al menos dice el refrán, pero en el caso de la señora cada vez estaba peor, más perpleja, delgada, la mirada más ida. No era ella ni su figura.

Pero la tarde que bajamos al caserío, habían pasado seis meses desde la trágica muerte del primo, marcó un antes y un después en el abismo al que poco a poco iba cayendo. Sentada en el caedizo leía un libro del que no pasaba página. Era de poesía, a mi señora le gustaba mucho la poesía, e iba de una princesa está que triste y pierde la risa y el color. Lo sé porque súbitamente lo dejó abierto en la hamaca, bocabajo, se levantó, se acercó a la higuera. Allí se quedó mucho rato como hipnotizada y si no es porque la fui a buscar de seguro habría seguido. A partir de ese día, pese a la insistencia de los hijos de que nos volviéramos a la casa del pueblo, mejor acondicionada, ya no quiso abandonar el lugar y allí nos quedamos. Yo entonces me convertí en sus brazos y en sus manos y en sus pies, ¡Cómo iba a dejarla en ese estado!, pero fue muy duro ver cómo se iba abandonando cada vez más, no comía, se negó a tragar, a hablar, mucho menos a razonar, era la negación absoluta, el no por delante, y una mañana ya no quiso levantarse. Yo a veces le leía de ese libro de poemas que aquella tarde le había hecho reaccionar, y alguna vez los ojos se le llenaron de lágrimas, pero hasta los ojos se le quedaron secos.

¡Qué más le puedo contar yo, señor juez! Que creo que la mente es el mayor de los misterios, y que mi señora, Dios sabrá porqué, eso no le toca juzgarlo a una criada ignorante, se dejó ir sin enfermedad, pero también sin alicientes, exhausta de vida, desfondada, desfondada.

Un Comentario

  1. Esther Ruvira de la Fuente

    Otro maravilloso relato tuyo, Sol Gómez Arteaga, a los que me tienes acostumbrada a leer.
    Por favor, nunca te quedes descontada. Un abrazo.

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