Ciara no conocía esa ciudad

© Fotografía: Elena Rodríguez.

Silvia Abad Montoliu es una de las poetas leonesas más jóvenes, y ha publicado un libro impagable y maravilloso y extraño: “La noche que dejó de ser un animal”, editado por Producciones Infames & Tam Tam Press, en colaboración con el sello Mr Griffin, en 2016.

Reproducimos el relato de verano que ha escrito a petición de astorgaredacion.com para la sección “Relatos de la fresquera”, ilustrado con una fotografía de Elena Rodríguez.

Por SILVIA ABAD MONTOLIÚ
Desde astorgaredaccion.com

Ciara no conocía esa ciudad. La había visto en fotografías y en un par de documentales, y había ojeado ligeramente algún mapa para no hacer el ridículo cuando llegase a la oficina. Durante la primera mañana en esa casa, que ahora era suya, colocó sus escasos muebles de forma aleatoria contra la pared y preparó una cafetera. Después llamó a su hermana desde la tarjeta prepago que había comprado en la estación el día anterior para avisarle de que todo estaba bien.

Dedicó el resto de la tarde a enumerar mentalmente las directrices de Martín mientras abría las cajas, perfectamente embaladas pero llenas de abolladuras por el pésimo servicio de transporte que había contratado. Sabía que olvidaba alguna cosa de la lista, pero prefirió dejarlo y aprovechar su última tarde tranquila. Al día siguiente, debía afrontar las presentaciones y las preguntas de los nuevos compañeros.

Colocó las películas y libros en la única estantería que tenía y se paró a releer algunos de sus fragmentos favoritos. Desde que todo esto había comenzado, no había tenido apenas tiempo de hacer las cosas que le gustaban. Cuando quiso darse cuenta, eran prácticamente las siete.

Siguió colocando el contenido de las cajas, pero esta vez se movía deprisa, intentando no detenerse demasiado. Se había propuesto comer y dormir bien, a horas decentes. Le vendría bien para su ansiedad.

No se había duchado desde el día en que su viaje había comenzado, varios días atrás. Sudada y con el pelo lacio, Ciara se dejó caer en el sofá con la televisión encendida. Todas las persianas estaban bajadas para evitar que el calor asfixiante entrase en el apartamento, pero aun así una fina corriente recorría la sala.

Cuando sonó el teléfono, estaba a punto de quedarse dormida. Era Martín, su abogado; sólo él y su hermana tenían ese número, pero se sobresaltó igualmente. A Ciara no le resultaba agradable que la llamasen por teléfono, ni que tocasen el timbre. La había llamado para recordarle los pasos a seguir. Otra vez. No llamar la atención, no dar datos en exceso personales, nada de visitas. Cuando se despidió y colgó, ya no tenía tanto sueño, así que decidió hacer lo que llevaba retrasando ya una semana. Sacó varios botes de plástico de una de las cajas que se amontonaban en el pasillo y se dirigió al cuarto de baño. Dejó actuar la crema blanca sobre su cabeza, se dio una ducha y observó durante un rato con lágrimas en los ojos a esa Ciara con el pelo teñido de color castaño, tan mayor y seria.

Se vistió y bajó a la calle, buscando alguna tienda que estuviera todavía abierta. Por suerte, encontró una tienda asiática en la calle de al lado. Compró algo de comida y un paquete de tabaco y volvió por donde había ido, angustiada. Cuando llegó a la casa, apenas tenía hambre, pero se obligó a engullir algunos trozos de pan y queso.

Ciara estaba decepcionada consigo misma, eran las once y media de la noche y seguía despierta. Para no sentirse del todo inútil, decidió acabar con las cajas de una vez por todas.

El contenido de la gran mayoría de ellas carecía de un verdadero valor. Lo único interesante eran las fotos de la familia, del grupo de amigos, de los viajes, las exparejas. Pero debían quedarse en la cómoda, normas de Martín. El resto eran cazuelas, un set de platos y vasos de plástico de colores, un mantel, una manta.

En la última caja, entre papeles de la Seguridad Social, un bote lleno de monedas de céntimo, una cafetera y un paquete de pajitas, Ciara encontró una nota en la que él, su acosador, había escrito la dirección de esa casa, que ahora era de ella.

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