Querido diario (114)

© Ilustración: Avelino Fierro.

“Lecturas de verano” podría titularse esta nueva entrega, surgida a partir de un “encargo” por parte de la redactora de un periódico local que no llegó a fraguar. Una entrega que bien podría convertirse en un libro, en la que el autor, que como Azorín no concibe vivir sin libros, habla de sus lecturas pasadas, presentes y pendientes…

Por AVELINO FIERRO

Ya han vuelto los pájaros a los árboles del parque; antes de dormir hay un piar incesante por estar contándose las experiencias del día, de alguno –entre los jóvenes– que se ha aventurado más allá de lo previsto, puede que siguiendo el frescor del curso del río casi hasta las estribaciones de la montaña. Ha vuelto cansado, hace mucho calor. Ya se recoge en un lugar sombrío del ramaje con su madre orgullosa, graznando rudo a la vez que le acaricia con el pico entre los tendones exhaustos de las alas. Quiere venir también la noche, la noche dificultosa de las tardes del calor del verano, que parece que encuentra las puertas entornadas para tomar posesión de la casa, de este trozo de mundo que yo diviso ahora desde las ventanas altas. Hay un color de bruma. Un color poco definido, como una salsa mal ligada. Las casas sueltan algo de calor; si uno se concentra puede ver esas vibraciones de una temperatura distinta en el aire, como ese vaho que desprenden los caballos tras una larga carrera. He abierto las puertas grandes de las dos terrazas y comienza una brisa leve a discurrir. El ailanto de la jardinera se comba levemente. La música es queda, de atardecidas notas: pequeñas piezas de violín, sintetizadores y piano de un compositor contemporáneo. Dos chicas en bikini, que estaban mirando al mar, se han girado para verme. Esa es la portada del libro que está el primero, arriba, en una pequeña construcción irregular, con otros, sobre la mesa. Ya lleva encendida la lámpara un buen rato; casi siempre lo está: delimita un pequeño espacio, un mínimo territorio para leer o escribir.

No sé si esos libros –algunos de ellos leídos ya hace tiempo– son los más adecuados para recomendar su lectura en estos días calurosos. No lo digo por el calor –hay que leer siempre: en la playa, bajo el nogal de la casa familiar en el pueblo, en el atril, en la cama, oyendo la lluvia, en los hielos de la Antártida, en los anillos de Saturno; la vida y sus trastornos se hacen más amables o intensos a través de la lectura– sino porque estos consejos me producen cierto pudor, tendrían que ser innecesarios. Así lo pienso ahora, cuando muere el día y me mecen ya las sombras y la música y el aire leve y el murmullo de unos poemas acabados de leer. Los medios de comunicación tendrían que escupir estas recomendaciones a diario, insistentemente, ser materia común en el debate parlamentario, encontrarnos con ellas al abrir el paquete de cereales, chicas con megáfonos y hombres anuncio… o nada de ello: es tan necesario “como el aire que exigimos trece veces por minuto…”.

Y es que Cristina Fanjul me pidió que nos viéramos para hablar de esto, de las lecturas de verano, y que ella lo pondría en el periódico. Me había propuesto algunos títulos: de Faulkner, Zweig, Gogol, Mary Shelley y Arendt. Decía que quería hacer un reportaje en profundidad acerca de lo que aporta la literatura, y que a partir de esos libros intentaríamos explicar la realidad actual. Me ilusionó y a la vez me atribuló el encargo. Le contesté con una larga cambiada, le dije que el de Faulkner lo había empezado hace mucho y lo había dejado, que de Zweig había leído la mayoría pero no el que proponía, y de Arendt –creo que se ha publicado algo recientemente, una biografía o unas cartas con Scholem– tenía subrayada La condición humana. No fui concluyente; le pregunté que si podía decirle algo –si no de esos, sí de otros– de mis libros para el verano. Quizá la defraudé. No me ha vuelto a llamar ni a escribir.

A los pocos días recordé su encargo porque compré ese libro de las chicas en bañador. El autor es Pier Paolo Pasolini y se titula La larga carretera de arena. Un encargo de la revista Successo, un recorrido desde Veintimiglia hasta Palmi y de allí hasta el sur de Sicilia para remontar la costa oriental hasta llegar a Trieste. Ahora que lo hojeo, veo que he subrayado algunos párrafos. Y que he hecho algunos dibujos en él: unas casas que dan al mar en San Terenzo, “sobre la escasa arena se esparce la multitud de los grandes días de verano”; otro de un imaginario puerto de Génova, “con las cadenas de los buques, los muelles golpeados por un mar de color pajizo, un derrubio de edificios amasados con un único polvo”; en Forte dei Marmi dibujo a la hija del dueño del diario Il Messaggero, “que habla al viento desde lo alto de su taburete, con las piernas desenvainadas como un par de dagas”; casas modestas en el barrio de Posillipo, en Nápoles; a Visconti en el puerto de Casamicciola, esperando el barco que trae a los cómicos; una tumba en el cementerio judío de Ancona; una habitación desastrada y de luz mortecina en una pensión en Vallo Lucano; lluvia sobre el Lido, “en la playa gris del Excelsior no se ve ni un alma”…

Leer el libro me llevó a otro de Pasolini esencial para mí, Cartas luteranas, donde se puede ver lo que es un intelectual que critica desde la izquierda el advenimiento del consumismo y la modernidad. Ya te digo, Cristina, que leí lápiz en mano incluso este librito sobre las playas y lugares de veraneo italianos, y que subrayé y dibujé. Dice G. Steiner que eso es esencial. Te cito un párrafo: “casi es posible definir al judío como aquel que siempre lee lápiz en mano porque está convencido de ser capaz de escribir un libro mejor que el libro que está leyendo… Hay que tomar notas, hay que subrayar, hay que luchar contra el texto, escribiendo al margen…”. Yo no lo hago con tanta pretensión ni arrogancia, sólo pienso que ello te ayuda a remarcar párrafos que te parecen importantes para poder aparcarlos mejor en el desván de la memoria. Ya saldrán cuando sea necesario. Como dice Tomás S. S. en un verso: “Ese grifo malcerrado que es la memoria”.

Y otra cosa te diré. En el libro de Pasolini utilicé el marcapáginas que había confeccionado una amiga, Rosa, para regalarlo en una exposición de sus cristales de colores, que lleva un pequeño texto mío. Las primeras palabras podrían servir como frontispicio a todo esto que escribo: “COMO LIBROS LEÍDOS HAN PASADO LOS AÑOS”. Yo creo que nos ocurre a todos los que somos bastante lectores, asociamos los veranos, las estaciones, la vida… a las lecturas.

Pero si me pides recomendaciones… escribiría mucho más, escribiría un libro. Pero, sobre todo, sobre la necesidad de la lectura, sobre algo que es tan evidente y sin embargo no lo es ya en este mundo cada vez más infectado por la idiocia digital. Hay que insistir en ello. Hay que decir con Lledó: “La lectura, los libros, son el más asombroso principio de libertad y fraternidad”. Hay tantas frases… “La literatura resiste a la estupidez, no con la violencia, sino de una manera sutil y obstinada”; “permite acceder a una experiencia sensible y a un conocimiento moral que sería difícil, incluso imposible, adquirir en los tratados de los filósofos. Contribuye, por lo tanto, de forma insustituible tanto a la ética práctica como a la ética especulativa”.

Y da placer e instruye. Todo está en los libros. Te cuento una anécdota: escribí hace poco unos diarios sobre un viaje a París. En el barrio de Saint Sulpice entramos en la iglesia. Allí comenzaron a zumbarme los oídos, como cuando se dice que están hablando de ti. Me susurraban los libros, las lecturas sobre aquel lugar en el que nunca había estado: Josep Pla en su libro sobre París; Baudelaire, que habla de las pinturas que Delacroix tiene en esa iglesia; el propio pintor, del que había leído no hacía mucho su Diario. Estaba mareado, afligido por la emoción. Creo que si me hubieran escaneado en ese momento se habría visto que yo tenía en la cabeza un auténtico carrusel. No es broma. Te cuento algo de base científica. Antonio Basanta –que fue compañero de mi hermano Javier en la Casa del Lector– tiene un librito titulado Leer contra la nada, sobre el ayer y hoy de la lectura. Cuenta que lee a Maryanne Wolf, que ha escrito sobre cómo funciona el cerebro lector. Y que él acude a una exposición al Museo de Historia Natural de Londres. Allí, en una gran sala que cerraba la muestra, se mostraba la reproducción de un cerebro humano. Un conjunto de focos iluminaba las zonas que entraban en actividad según la tarea que se desempeñara. Cinco de las cincuenta y nueve áreas conectadas con la producción de inteligencia entraban en actividad al ver un programa de televisión. Cuarenta y dos, al accionar el botón que decía “escuchar música”. Dice que presionó al final el botón que señalaba “lectura de textos literarios” con cierto temor. Y escribe “la totalidad de los focos se encendieron, iniciando a su vez un febril parpadeo, queriendo demostrar así en ese preciso momento que todo nuestro cerebro entra en ebullición”.

Pero aún no nos hemos metido en harina y llevamos ya un rato hablando, digo, escribiendo. Esto de las lecturas de verano es un invento de hace dos días. No se hablaba de ello cuando estaba claro que leer contribuye a la vida buena, a gozar mejor de la misma o a soportarla mejor, como decía Samuel Johnson. Baroja, Pla o Azorín no andan con esas pamplinas. Hace poco leí algo en Azorín sobre las ediciones críticas para los clásicos en un librito suyo, del que tengo la primera edición de 1912. Tiene mucho escrito sobre visitas a librerías, inspecciones de bibliotecas, conversaciones con libreros. No concebía vivir sin libros, algo que te forma, te proporciona cultura y placer.

Si pienso en el verano y la lectura me vienen a la cabeza dos libros de poesía. Ese en el que aparece el poema “Luciérnaga” de Justo Navarro, el que acaba con estos versos: “¿No brilla una luciérnaga en tu córnea, parada, / cuando tocas mi carne y me besas la nuca / y acatamos felices la noche de verano? / Vivir es esta dulce disolución en vano”. Y otro de Álvaro García con un poema sobre los días en el sur y una piscina sombreada, con dos o tres toallas sobre el escaso césped. Ya ves, recuerdo poemas. Y nadie recomienda libros de poesía para el verano. Hay que leer a Rilke, a Machado, a Gil de Biedma. Yo he regalado hace poco el de las amapolas de Hidalgo Bayal a Nieves, que se iba unos días al pueblo; eso es prosa con algo de filosofía y poesía; no son muchas páginas. Y a Isabel M., Poesía para los que leen prosa, porque dice que la poesía no la entiende. Tenía comprada una novela para otra compañera, Lourdes R. R., pero se fue a Mallorca antes de dársela. Uno de mis libros también estuvo en la playa. Hace ya cinco años, una amiga, Bea L. me pidió que le firmara Una habitación en Europa. Quedamos en la cafetería del Musac. Al abrirlo, comenzó a caer arena. (Ah, El libro de arena de Borges, Cristina, ese tienes que recomendarlo). Me dijo que lo había leído en una playa nudista del sur. Lo firmé temblorosamente. Y también, como lectura para el verano, Carlos Aganzo ha recomendado mi tercer libro en su sección de El Norte de Castilla, “La sombra del ciprés”. Le agradecí que me definiera como “un lector incansable que nos conduce con acierto hasta las luciérnagas literarias del verano”.

Toño Llamas lleva en la provincia unos días. Vive en Barcelona. Leyó poemas el jueves pasado y luego estuvimos tomando unas cervezas. Acababa de leer Solenoide, de Cartarescu. Le había encantado una novela de Edmund de Waal que había recomendado Julio Llamazares en su columna –yo no la encontré en la librería al día siguiente; está editada en Acantilado– y la última de Luis Mateo. Hablamos hasta bien entrada la madrugada sobre personajes y borracheras literarias, la filosofía de la poesía y el mundo de hoy. Acabamos echando una cabezada de cama redonda, todos juntos, en su autocaravana.

Ya sé que me preguntarás por lo que estoy leyendo. Lo de siempre: mucho a la vez y de forma bastante anárquica. He comprado varios libros para escribir un artículo sobre la maraña digital: Fake News, Vida 3.0, El hombre superfluo, En la era de la posverdad, Armas de destrucción matemática. Con eso y otra bibliografía casera y lo que encuentre en la Facultad, quiero escribir esa conferencia para un congreso que se celebrará en octubre sobre la cacharrería digital y las redes. Bueno, eso es lectura y es trabajo.

Se me amontonan las cosas. Claro, “la vida es corta y los trabajos y el arte son largos. No se puede leer todo”, decía Azorín. Estoy suscrito a varias revistas de literatura y poesía. En el número 135 de Clarín viene un artículo de Benítez Reyes sobre librerías, y una entrevista con un profesor italiano que ha escrito un libro de título significativo, Lectores salvajes. Leo un libro de ensayos de Mario Praz, El pacto de la serpiente. Otro, de autor que no recuerdo, titulado La deriva de la educación superior. Uno de Christian Bobin. Los poemas de A. Trapiello. El último de Byung-Chul Han –otro de esos libritos suyos sobre filosofía de la despistada sociedad actual–. Compré los diarios de Cheever, que han vuelto a reeditarse; los cuentos no me gustaron demasiado. El de Steven Pinker, En defensa de la ilustración, un tocho de muchas páginas porque me gustó ese otro suyo La tabla rasa. Ah, compré por Internet –lo hago cuando es imposible conseguirlo en librería– los Diarios de Max Aub, en la edición anotada por Manuel Aznar, que completan los que leí en la edición de Visor. Hay más, no te voy a cansar. Saqué de la estantería Madrid callejero de Solana y uno de Pla, para releerlos.

He visto que en los suplementos culturales se siguen recomendando lecturas de verano. Aloma Rodríguez ha escrito algo sobre esas lecturas; dice que los libros y series que se devoran de un tirón se olvidan más fácilmente: no se hace trabajar la memoria de recuperación. Ese artículo viene ilustrado con una lectora solitaria en una playa, es una foto hermosa. Muñoz Molina recomienda una novela de Henry James y un libro de Tony Judt. Mercedes Cebrián, uno sobre la comuna de Otto Muehl en La Gomera (yo vivía en Tenerife cuando se destapó aquello de los posibles abusos a menores). El suplemento El Cultural recomienda lecturas de entretenimiento, pero Giuseppe Montesano, el escritor italiano del que te acabo de hablar, dice que la vida no es entretenimiento, que con las obras de arte no hay entretenimiento sino mucho más. Azúa aconseja una biografía de Azaña. Marta Sanz, uno de aventuras de Fernando Royuela. Luisgé Martín, Contra la izquierda, de Jordi Gracia. Colinas, el Doctor Zhivago. Andrés Ibáñez, a Chesterton. El periódico El País recomienda una lista de nueve libros para leer en menos de tres horas. Por cierto, en la misma editorial del libro de Pasolini, han salido los diarios de G. Tomasi di Lampedusa. Alguien sugiere un libro con todas las entrevistas de Lorca. Y una antología de casi quinientas páginas de Juan Ramón en Alianza… Vaya barullo, ¿verdad? Y siempre nos quedarán Shakespeare y El Quijote –bien anotado, para que uno pueda ejercer de intelectual en la barra del bar o la tertulia veraniega–, y La Odisea, y Thomas Mann…, aunque quizá con haber recomendado el libro de Italo Calvino Por qué leer a los clásicos y ese otro de José Carlos Mainer, La escritura desatada, subtitulado El mundo de las novelas, nos habríamos ahorrado todo esto.

Cristina, te tengo que dejar. Si escribes algo en el periódico –no hace falta que te lo diga, a una lectora como tú– anima a los demás a leer. A los que te parezcan más refractarios puedes ofertarle lo último en talleres literarios: “Pase una semana con un escritor junto al mar”. Todo por quinientos euros, pensión completa. A ver si yendo así, de vacaciones convencionales, no les queda otra que pegar la hebra a la hora de la cena con un autor, y algo aprenden. Si tienes a alguien de mucha confianza, a quien le tengas cariño y por quien sientas un poquito de pena porque en el fondo te parece una buena persona, yo te puedo ayudar. Claro que no será muy sofisticado: sería por la zona de mi pueblo, que es un secarral. Iríamos a la bodega, a pescar ranas, dormiríamos la siesta, leeríamos algo al atardecer en el patio de la casa. Si es un recomendado tuyo, se lo dejaría casi gratis. Y si vinieras tú, pongo dinero. Hay otra opción: ir la zona del Curueño. Allí veranean escritores de Madrid, Barcelona y Cármenes, a los que conozco y nos pueden ayudar. Pero ahí tendríamos que cobrar.

Para los demás escribe una parábola: Háblales del pajarillo del que escribo al principio. Leyendo recorrerán el mundo, las sendas rumorosas y sombrías del lado de los ríos en verano, el locus amoenus, viajarán y volverán cargados de experiencias y placeres, tendrán más apetito y harán mejor el amor, no aguantarán las tonterías de los políticos, sentirán que poseen algo más de la verdad, puede que presientan a los espíritus, que se mueva uno de los vasos que están sobre la mesa mientras ven las estrellas (por la lectura podemos a veces asomarnos –¿quién dijo esto?– a la “verdad verdadera de lo inactual, que es la voz de los muertos”), tendrán la vista más cansada pero más hidratadas algunas circunvoluciones cerebrales, captarán mejor los matices de las cosas, utilizarán menos el móvil y, como los antiguos mesopotámicos, puede que observen mejor las huellas de los pájaros en la tierra y así accedan a alguna de las intenciones de los dioses…

Ya es noche cerrada. Corre cierto frescor. He salido a la terraza, noto el aire en las piernas. He puesto el disco de Uri Caine sobre Wagner. Está grabado en directo en Venecia. Al final de la Obertura de los Maestros Cantores suenan las campanas en la Plaza de San Marcos. De repente he recordado ese otro disco con la Sonata para piano K. 545 que tanto gustó a nuestros amigos Goyo y Ana. Y también, de improviso, inesperadamente, ha salido tras las lomas la luna roja. Ha llegado el verano y he sentido ganas de llorar.

 

  1. Es innecesario pedir recomendaciones de lecturas a Avelino Fierro. Nos regala parte de su vida haciendo estos menesteres en estas 114 entregas de su Querido Diario que desde hace tiempo hemos considerado Nuestro su Querido Diario. A veces hay que reconocer públicamente lo que llevas admitiendo personalmente desde hace muchos años. Avelino se convierte en la conciencia personal de los lectores frustrados, como es mi caso. Hay profesiones que te invitan a leer para los demás, de ver con los ojos de otros… abandoné las lecturas para mi intimidad, para corregir mis errores, para erradicar aquellos malos aprendizajes aprehendidos en épocas juveniles o incluso ya en fechas de madurez. No me detuve a dar vida a lo destruido; a conocer lo espiritual de la materia… Y ahora, me miro y ya no me queda tiempo para recuperar. Y esto, Avelino es lo que me has enseñado. Y esto es algo más que sé de mi mismo. Gracias.

  2. Pingback: Querido diario (115) | Tam-Tam Press

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