Querido diario (115)

© Ilustración: Avelino Fierro.

Tras la larga carta sobre las lecturas de verano que le dedicó a la redactora de un periódico local, el autor intenta contarle ahora cómo ve la sociedad actual a partir de un paseo por el casco antiguo de una ciudad que, a su juicio, no deja de estar “en manos del clero y de los hosteleros”…

Por AVELINO FIERRO

Daremos ese paseo que dices, Cristina. Y hablaremos. Espero que lo que transcribas refleje bien el alma del discurso, las ironías y hasta bucee en el sentido de las palabras, que no se quede en la superficie. A otro de tu gremio sería pedirle quizá demasiado, pero no a ti. Recuerdo ahora dos reportajes tuyos para el periódico que estaban bien: aquel sobre las mentiras del papel cero y la justicia digital, y otro sobre los barrios deprimidos de la ciudad, entre los que mencionabas el mío. Muchas veces recuerdo una anécdota que me contó Toño Fortes, q.e.p.d. Fue a comprar un coche y le pidieron nómina y datos, entre ellos el distrito postal. Les preguntó para qué era eso: le dijeron que en algunos casos sabrían que tendrían que tener precauciones. “Por ejemplo, si usted me hubiera dado el 24008, esa es una zona en la que sabemos que podemos tener problemas para el cobro”.

Bueno, hablaremos de lo que vaya surgiendo, de los libros y la lectura sobre todo, ¿verdad? Aunque como de eso ya te he contado de por largo, podemos pasar a la segunda parte de tu proposición: a partir de los libros que tú citabas o de los que yo sugiriera, intentaríamos explicar la sociedad actual. Daremos un paseo, con sus saltos, acelerones, revueltas y marcha atrás. Como en el discurso platónico. Ya sabes que en el Fedro, Platón critica la escritura basándose en un conocido mito egipcio y habla de que recurrir a ella va en contra de la memoria, nos hace perezosos. Y, como dice Steiner, sus argumentos son poderosos y difíciles de combatir: lo escrito es normativo, prescribe y ordena y da cuenta de cierto despotismo y de las relaciones de poder; lo oral permite la discusión y el cuestionamiento.

Empecemos por la Audiencia. Ese balcón enrejado fue mi despacho hace muchos años. El personaje de la izquierda de la portada es Mercurio, el de los pies alados. Un día paseaba por aquí con mi amigo Javier El Fauno, que dijo, “¿cómo vamos a esperar que desde aquí se administre buena justicia si esto lo preside Mercurio, el correveidile de las putas del Olimpo?”.

Esta casa de la esquina tú no la recordarás antes de que hicieran el restaurante; era la de un abogado, T. Morán. Tenía que ser buen lector, porque recuerdo que en la boda de un tío mío, él y Francisco Pérez Herrero se enzarzaron a los postres en unas justas poéticas que nos encantaron a todos.

La plaza no está mal, no ha metido mano ningún arquitecto aliado con algún concejal para estropearla. Le sobra la estatua de estos dos individuos con el cirio. El otro día leí en los diarios de Rilke algo sobre la aristocracia de algunas esculturas de Rodin, que siguen en relación con la intimidad, con la piedra, en un entorno oculto y replegado en su figura. Las que no tienen ese entorno –como esta–, que no están rodeadas de un círculo sacro, no diferenciadas del uso y de lo cotidiano, son pisapapeles.

Y dentro de la basílica estorban la tontería del Santo Grial y esos bancos horrorosos que han puesto, con calefactores para el culo de las beatas. Por la noche está demasiado iluminada. Al responsable de los focos le vendría bien leer el Elogio de la sombra, de Tanizaki.

En este colegio, estudié yo de los diez a los diecisiete años. Recuerdo cuando pusieron la columna trajana y cómo entonces me pareció algo con poco sentido, pero tengo que reconocer que he terminado acostumbrándome a ella: el color de la piedra está entonado con el de la plaza y la cigüeña lleva muchos años anidando ahí arriba; ha servido para algo.

Aquí estaban los futbolines de Benigno, que luego fueron de Manolo. Entrabas en una partida y no salías hasta que no perdías contra otros: mi amigo Valparís y yo hacíamos buena pareja. Si torcemos a la derecha se hace un poco el silencio. Mira qué transformador de luz tan bonito, con su placa del hombre abatido por el rayo. Y este bar, que hoy es una pulpería, siempre tuvo nombres adecuados, El Clandestino, El Escondido; por aquí pasa poca gente. Mira el suelo, siempre hay algo de verdín: la capa freática viene alta.

La iglesia de Santa Marina. Era la parroquia de Mar. Tuvimos que venir a ver al cura porque nos íbamos a casar en el santuario de Manzaneda y nos tenía que dar la autorización. Le dimos dos mil pesetas. Era un cura de sotana y mala leche. Andaba a tiros con las palomas y no se llevaba bien con Ataúlfo, aquel tipo –me contaron que no era muy de fiar– que se paseaba como un hombre anuncio con un galletón que ponía “Curas y monjas a trabajar, ya”. Yo paso mucho por aquí camino de la taberna del Cuervo. Entro por el Arco de la Cárcel. Para la contraportada de mi segundo libro, Alberto, el maquetador, eligió un párrafo sobre esta zona, en el que se habla de la espadaña de la iglesia afantasmada en el aire del anochecer.

Y aquí, en este casón de noble escudo, en el primer piso, vivió mi amigo Pati una buena temporada. El patio y las escaleras eran oscurísimos, había una bombilla para iluminar todo aquello. Por entonces Pati ya no trabajaba en el sex shop, pintaba cuadritos y seguía leyendo. Es uno de los mayores lectores que he conocido. Allí, enfrente, del lado de las monjas, en esa casa con nogales, viven Jose y Shelly. Mi primer libro empieza hablando de ellos y de un viaje que hicimos juntos a Irlanda.

Ya ves que te cuento cosas que tienen poco que ver con los días de hoy. Me sale la vena nostálgica de abuelo Cebolleta, hablo del pasado. Por cierto, cuando escribas en el periódico, recomienda la lectura de El mundo de ayer, las memorias de Stefan Zweig. Cuando abandona en tren Viena y Salzburgo para no volver, huyendo del nazismo y los nacionalismos estúpidos, dice las palabras de Lot en la Biblia: “Detrás de mí todo era polvo y ceniza, un pasado petrificado en sal amarga”.

Aquí, en lo que hoy es la heladería de Daniele, estuvo mucho tiempo la galería Tráfico de Arte. Veo a Carlos muy de tarde en tarde. Creo que fue él quien hizo las gestiones para que Corinne Van Bergen trajera esta escultura a la plaza. Está muy bien, pero aquí no pega nada. Del resto poco te puedo contar, como no sea hablar de los bares. Bueno, aquí estuvo el gimnasio de Fernando y la academia Minerva, de Perfecto Reguera. Sé algo de los edificios y de los patios ocultos, pero para eso tienes que quedar con José Luis Marcello que te contará con precisión y mucha gracia la historia de cada piedra desde la época de la dominación romana.

Este paseo a estas horas de la mañana no lo hago a menudo. Yo paso ya de noche; algunas veces me desvío por la zona de San Lorenzo, y como allí hay calles muy sugestivas me siento paseante barojiano, de banlieues, de extrarradio. Aquí cruzas por todo el follón de bares y terrazas ahora en verano. Estos lugares parecen incompatibles con uno de los requisitos de la lectura, el silencio. Lo ideal sería una torre como la de Montaigne. Y son esenciales un libro en papel, un lápiz y un buen diccionario. Esto último puede complementarse con el ordenador o el móvil para consultar una fecha o buscar, como yo hacía a primera hora de esta mañana, el cuadro de Pforr, uno de los “nazarenos”, Entrada de Rodolfo de Habsburgo en Basilea, que cita Mario Praz en su último libro de ensayos publicado en España.

Para eso sí sirve la cacharrería digital, para consultar determinada información de manera rápida. Los que nos dedicamos profesionalmente a las cuestiones jurídicas disponemos ahora de bases de datos. Antes ibas a la biblioteca y buscabas entre los tomos de jurisprudencia algo que pudiera servirte para resolver un supuesto concreto o para redactar un artículo. Tomabas nota y luego lo volvías a utilizar al escribir; al menos leías tres veces aquellas prosas bastante mal redactadas, y algo te quedaba en la memoria. Ahora somos más pragmáticos, pero más desmemoriados. Pero no voy a negar las ventajas de la inmediatez.

Aunque también podemos ponernos apocalípticos y decir, como un ex ejecutivo de Facebook, que las redes sociales están desgarrando a la sociedad. Ya estamos viendo muchos casos en que el uso interesado de esta tecnología por grupos de poder o económicos produce resultados perjudiciales. Y así seguirá si no se ponen límites. Hace un par de días, un autor sueco que habla de los adelantos en I.A. (Inteligencia Artificial) decía que la principal motivación de todas esas compañías es ganar dinero y que las personas les importan un bledo.

Yo no sé si todo eso tiene ya remedio. ¿Recuerdas que hace unos días, en esa larga carta que te envié sobre las lecturas de verano, te hablaba de Pasolini? Aunque yo te citaba un librito suyo de viajes que acaban de editar, también te decía que releía sus Cartas luteranas y sus Escritos corsarios. Imagino que pensaría hoy día como yo, y que lo tacharían de tecnofóbico y reaccionario. Esto tiene difícil arreglo; el planeta azul tiene cada vez peor tono, está virando hacia el gris eclipse, como el color de mi coche. Ha sucedido con la última crisis, que no ha servido para una revisión a fondo de las maneras anti humanas del capitalismo financiero, sino para lo contrario: nos han metido en la cabeza que hay que mantener ese estado de cosas, disculpar la avaricia neoliberal y la especulación, o será la hecatombe. Y –lo hablaba con un amigo profesor, justo antes de verte– el dinero también infecta a lo que nació como espacio del saber y las humanidades, allí donde deben formarse ciudadanos ejemplares, a la universidad, burocatrizada y dedicada a expedir títulos, con esas maneras a la “boloñesa” de carreras cortas con la disculpa de la empleabilidad. Pero antes te pasan por posgrados, másteres y otras vainas, que no sirven para nada salvo para sacarte el dinero. ¿No tienes la impresión de que nos sangran por todos lados? ¿De que los ricos son cada vez más ricos? ¿De que los políticos –que tendrían que ser nuestros representantes y servidores públicos– están compinchados con ellos? Algunos sucesos recientes en la ciudad nos lo confirman, ¿verdad? Todo eso enrarece mucho el clima social. Y los periodistas –el cuarto poder– habéis hecho bastante el ridículo, contando o callando según mande el patrón. Bueno, perdona la tabarra, pero habíamos quedado en hablar del mundo actual. Y de lo que a mí me pudiera ir sugiriendo esta entrevista paseada por la ciudad.

Mira, yo suelo dar la vuelta por aquí para acercarme a la catedral. Ahora todo esto me parece muy chocante: siempre vengo de noche, a diario, y con todos estos camiones de reparto estas calles me resultan casi extrañas. Me cuesta creer eso que me dices de que el obispado sea propietario del local de este bar enorme, que lo tengan alquilado y no paguen impuestos por ello, porque es un negocio privado. Un amigo que vive en la plaza de Santo Martino me cuenta que ve llegar a veces a los curas en grandes coches a la trasera de San Isidoro. Deben de reunirse a contar las monedas en la Casa de la Espiritualidad (Padre, yo al oro me humillo, él es mi amante y mi amado…). Su reino sí es de este mundo. La ciudad está en manos del clero y los hosteleros. Pero aquí, más adelante, en este cadozo, en este remanso, todavía podemos respirar. Está la casa de un poeta, una buena librería y la fundación Sierra Pambley, lo que queda en la ciudad de la Institución Libre de Enseñanza. Presenté aquí mi primer libro. Si tuviéramos hoy políticos o profesores como Costa, Giner o Cossío las cosas serían de otra manera.

Mira la catedral, está hermosa a todas las horas; vamos a dejarlo ahí y a no pensar que está secuestrada por los mercaderes. Podría seguir con el desaparecido jardín de tierra y los árboles, pero ya sabes que ahora todo tiene que ser baldosa y “sintasol”. En este bar de la esquina ponen música bastante alta, todo el tiempo. Un chundachunda de pub de madrugada y trago largo. La otra noche subía desde la Plaza Mayor un peregrino por la calle Domínguez Berrueta hacia la catedral iluminada. Seguro que se le atragantó la visión, y se melló su espíritu con esta musiquita de los güevos. Aunque igual venía ya advertido desde la plaza, tras haber visto esas luces rojas de puticlub de algunos negocios. La chabacanería y el mal gusto arrasan. Vamos a bajar hasta ella, hoy hay mercado. Allí también alienta, en medio de ese griterío necesario y simpático, la economía de veras, la vida. Hace unos años, un día de sol y nubes, escribí, después de pasar por aquí, mi único poema. La anécdota que lo provocó tiene que ver con el deslumbramiento de la belleza adolescente, como en el poema “Himno a la juventud” de Gil de Biedma.

Ven, vamos a acercarnos hasta el puesto de Eliseo, quiero comprar unos tomates para gazpacho. Desde aquí nos iremos. Hace no mucho habríamos bajado hasta la Plaza del Grano, pero la han arruinado los muy brutos. En este asunto muchos creen saber, pero no comprenden. Para mí todo es anterior al estar a favor o en contra, al opinar. Es una cuestión de sensibilidad, de la que muchos carecen porque están instalados en esa vacua, economicista y moderna superficialidad. Lo decía bien Ramón Gaya en su libro Naturalidad del arte. Escribía que entender se puede conseguir con tiempo, inteligencia y aplicación. Pero comprender es un acto seco y rotundo, rápido, de un solo golpe. Comprender es acoger algo en su totalidad esencial. Y de lo que no ha sido comprendido, acogido, no hay por qué hablar. Yo amaba ese espacio mágico y ahora sé que no volveré más.

 

Un Comentario

  1. El Pájaro

    Futbolines de Manolo, La Trajana, Corral de San Guisán (catafalco invisible del alzamiento contra los dragones franceses apostados en San Isidoro, eso nos contaba Matos en el colegio, sólo si nos portábamos bien durante el curso), Ataulfo y sus embates con el cura refractario. Entre ambos el bar Álvarez, que luego fue Mongogo, bar oscuro de alterne y tráfico de carne de baja condición e higiene. Me quedo con el silencio de esas callejuelas en el corazón de la ciudad. Gracias Ave.

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