Querido diario (117) / En el Delta (1)

© Ilustración: Avelino Fierro.

Un nuevo viaje lleva al autor a la casa de L., en el Delta del Ebro, con motivo de la presentación de un libro de C. sobre los paisajes españoles de Picasso en la Fundació Palau i Fabre…

Por AVELINO FIERRO

A primera hora del día en la habitación se filtra una tremolante luz de acuario. Una luz que parpadea, que hace que en el interior vibren tenuemente las paredes, los muebles y las motas de polvo antiguo que cargan este aire. Una de las ventanas abalconadas da al sur, al amplio cenador que ocupa toda esa fachada y al jardín, en el que flamea una nueva vereda de agua. Puede que sea el origen de este ambiente cargado de lentejuelas.

Desde que dejó su casa en la Provenza, Lolette ha estado viniendo con frecuencia a este caserón familiar en el Delta. Ha hecho algunas reformas, ha traído algunos muebles y cuadros. Ha mandado diseñar en el estudio de Juan Marcos esta piscina que entra (o sale, no sabría decirlo) en el jardín, como un canal de riego igual a los que rayan los arrozales de la zona. Bordeada por losas de barro, con un interior estucado de azules y verdes, parece memoria, casi arqueología, el trozo de terma de una villa romana traída del pasado.

La habitación es muy espaciosa, de techos altos. Los ventanales tienen contraventanas de lamas de madera, pintadas de verde oscuro. Se accionan con una regleta para darles mayor o menor abertura. Los protege una fina malla mosquitera. Como esas maderas parecen tan viejas como estos muros y llevan en la piel soles, años y tormentas, decidimos no abrirlas. La luz de una lámpara de pie que está en esa pared sureña nos ayuda a bucear mejor en la sombra. Proyecta una luz envejecida, de un amarillo mostaza.

En la pared, a mano derecha de la entrada, hay un cuadrito con el rostro de una muchacha. Una litografía del XIX arrancada de un viejo libro de grabados o comprada en el puesto de un buquinista. Hay puntos de óxido en el papel. Una cómoda francesa curvada, quizá del siglo XVIII, a continuación. Lleva tiempo sin utilizarse o ha sufrido algún vaivén excesivo en un traslado –esta familia siempre ha hecho de su vida una continua mudanza–, porque me entretengo un buen rato en hacer que recobren su carril algunos cajones. Sobre ella, un recargado espejo de volutas barrocas, obra de un artesano vidriero y que lleva prendidas en el marco flores de cristal. En esa esquina hay una puerta que comunica con una especie de vestidor, común a otra estancia. Luego podré comprobar que todas las habitaciones están extrañamente comunicadas, como para no dejar barreras a un único habitante, morador voyeur, noctámbulo e insomne.

En la pared sur, otro espejo, alto, rectangular, con un óleo sobre tabla en el cuerpo superior mostrando una escena campestre. Frente al ventanal, una consola con cajón en cintura. Sobre ella, media docena de libros franceses. A los lados, una otomana y dos butacas o sillas descalzadoras con apoyabrazos, tapizadas en tela beige con flores rosas, igual a la de la cabecera de la cama. Y a la izquierda, un enorme espejo tríptico, un biombo que apoya en el suelo y oscurece y amortigua el vértice de esa esquina, de la que se separa lo suficiente para sugerir ensoñaciones decadentes e imaginar que tras él una cocotte o demi-mondaine se quita ya –en un gesto indolente– sus medias de cristal.

En el techo, un ventilador de aspas; y a los lados de la cama, dos funcionales mesitas con sus lámparas dirigibles al bien leer.

En la pared de la izquierda, el otro ventanal y un único cuadrito antes de llegar a la puerta que da al baño, en el mismo plano del cabecero de la cama. En el óleo, dos cortesanas, apartadas del bullicio, en una sala contigua al salón de baile y más en sombra, sonríen mientras lanzan al aire pompas de jabón. En la puerta que separa las dos estancias, apartando una cortina, las contempla la sombra de Arlequín.

Hemos llegado ayer, ya al anochecer. Cecilia presentará pasado mañana su libro sobre los paisajes españoles de Picasso en la Fundació Palau i Fabre. Esa es la razón para pasar aquí unos días. Irene acababa de volver a Madrid. Nos recibió Lolette, y más tarde llegarían Manolo y Cari. Tras el largo viaje en coche, cabeza, tronco y extremidades mostraban comportamientos robotizados. Así que fuimos a dar un paseo por la margen sur del Ebro. Mosquitos y polillas punteaban, a la luz de algún foco, a veces el aire. Y desde la negrura del agua, sin duda nos observaban –metáfora de este tiempo– esos peces voraces y horrendos que atrapan y ponen en salazón grupos de pescadores rumanos, los siluros.

Ahora yo me desperezaba en la habitación, en esta atmósfera granulada, casi con sonido, como si las luces, la humedad y el calor pusieran a cocer a fuego lento el aire y viniesen a crear burbujas como las que explotan cuando se deja espesando una salsa.

Todo era de una apariencia tangible y translúcida, como las capas con puntitos de almendra de un finísimo pastel de hojaldre. Con luces distintas, onduladas las que fluían desde el ventanal que daba al agua y con aristas las que entraban desde la zona de las palmeras. Y a veces se oían las pisadas del jardinero en la grava. Me demoré lo posible –ya olía al pan tostado con aceite y tomate que Juanita había preparado para el desayuno– en aquel refinamiento, en aquel placer casi obsceno, nada ascético, totalmente antidemocrático. Pero tenía claro que por ello no iba a sentirme en absoluto culpable.

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