Azul promiscuo

La autora, graduada en Filosofía y sexóloga, inicia con este texto una serie de artículos de temática filosófico/sexológica bajo el epígrafe de “Sexosofía trashumante”

 Por DIANA GONZÁLEZ ROBLES

“Has estado visitando azules alojamientos, paredes forradas con fotografías de rostros que no volverás a ver. La expedición fue siempre tu apelativo y tu apellido. Nómada de cuerpos. Caminos por pensamientos a los que sólo podrás acceder mojándote la piel. Ese fue tu desbroce. Nunca te molestaron las malas hierbas.”

(Anónimo)

La comprensión del hacer promiscuo se intenta explicar y se disfraza con la alusión a múltiples experiencias banalizadas, ligeras y fáciles por parecer superficiales… Lejos de pretender caer en simplismos, podríamos comenzar a cuestionarnos ciertos planteamientos ¿Estamos convencidos de que aquello a lo que se Renuncia en la homogeneidad de un solo cuerpo es un mero agregado de experiencias placenteras desapegadas de todo lazo emocional? ¿Por qué ha de preocuparnos lo que busca un sujeto promiscuado? ¿Por qué problematizar la búsqueda en la diversidad de cuerpos? ¿Por qué nos parece peligrosa esa búsqueda cuando se encarna en la diversidad?

Cuando Michel Onfray en Teoría del cuerpo enamorado hablaba de desbordamiento, lo hacía en términos de exceso en el deseo erótico, de cuerpos que ansían la expansión de sus propias pulsiones individuales a través de otros cuerpos y lo hacía en oposición al tradicional concepto de “falta”. Según Onfray, no es la falta la que impulsa la búsqueda, sino el exceso en un sujeto que se desborda. No nos buscamos porque nos falta –medias naranjas y mitades imperfectas desbancados–, nos encontramos porque nos sobra. Estamos sobrados de amor y deseo, lo único que hacemos es buscar superficies corporales en las que desprendernos de la sobrecarga, repartirla a través de otros rostros, distribuir el peso.

No obstante, la problematización de la promiscuidad debe su continuidad a la concepción tópica del amor fusión cuyo marco de comprensión se apoya en la exclusividad, en la recurrencia a la homogeneidad de un solo cuerpo: conocemos a alguien, nos enamoramos y se convierte en nuestro único referente a la hora de repartir nuestra carga erótica. Como consecuencia de este modo de pensar, la promiscuidad paga el pato adquiriendo un cariz de peligrosidad, teniendo en cuenta que la excursión por lo plural no cuadra con la exclusividad necesaria en el ensamblaje y fusión de una pareja “perfecta”. Pero ¿y si en el encuentro con el otro buscásemos algo más que la expansión de una pulsión, algo más que el reparto de una carga y la obtención de ciertas cotas de placer como residuo de esa búsqueda? Efigenio Amezúa en Teoría de los sexos habla de que “El otro más otro de todos los otros es el otro sexuado”, este planteamiento nos interroga y nos insta a percibir que lo que buscamos es precisamente eso otro que sólo está en el otro sexuado que nos atrae –que nos atrae precisamente por su condición sexuada de otredad–. El punto de partida y encuentro se asienta en la diferencia radical, en la oposición a lo que yo soy, la búsqueda de lo divergente en otro yo, aquel mínimo diferencial que nos separa y a la vez, promueve nuestro mutuo acercamiento. El otro sexuado es el más otro, el más diferente, en la medida en que yo mismo me reconozco en él. Esto es de tal modo porque la parte más ínfima, lo mínimo que nos diferencia, solo es reconocible por comparación y descarte de lo similar, es decir, solo reconozco lo diferente de ti, tu radical diferencia, por haber encontrado lo que hay de mí en ti. A través de esta guisa podemos configurar la comprensión del amor erótico como un reflejo del encuentro, a través de la diferencia radical, del propio yo en el otro. El por qué del acceso a esa diferencia a través del encuentro erótico es algo que aun tenemos que plantear. ¿Qué clase de vía privilegiada se supone que es aquella que conduce a los intersticios de “lo único”, enclavada en las hendiduras de la piel y en cada fragmento de respiración excitada? Y en la promiscuidad ¿qué buscaban cuando se encontraban con decenas de subjetividades corporalizadas y erotizadas? ¿Era un acceso privilegiado a algo que sólo se podía hallar en la húmeda convergencia con múltiples cuerpos? ¿O se trataba de una manera desesperada de escapar del asentamiento del propio yo en un sólo otro, de huir del estancamiento y el sedentarismo de una corriente por naturaleza nómada y aventurera de cuerpos, contenida licenciosamente en los límites de una única epidermis, aquella que nunca podría ser del todo digna de la Renuncia?

Si del encuentro erótico esperásemos algo más que la expansión de una pulsión, si nos encontrásemos realmente con el yo en el otro, con la diferencia en lo similar, si en el fondo todo esto tuviera el más mínimo sentido, sería loable pensar que la promiscuidad sólo es la búsqueda de lo auténtico. Una autenticidad que no existe y que nunca existirá, más que como edificación propia de un significado imposible de comunicar.

Para muchos la promiscuidad no es sino una colección de desencuentros. Para muchos otros es una aproximación banalizada, ligera. Quizá esa ligereza, la relación con lo conocido cotidiano, fuese la seguridad de una intimidad predecible y aún así, desbordante por encontrar ese mínimo diferencial en la multitud.

Podemos plantear el contacto erótico como el acceso al secreto recóndito del sujeto sexuado. Aunque quizá para creer llegar a desvelarlo, en los casos en los que el miedo y la doble moral acompaña a las identidades sexuales situadas en la cima del privilegio social, haya que sortear ciertas restricciones y solamente se permitan sobrepasar su umbral de vulnerabilidad y pudor moral en determinados contextos. Existe un trabajo artístico contemporáneo (Güell, 2018) que plantea la masculinidad como aquella subjetividad oculta a la que se accede de modo característico a través del acercamiento a los sujetos deseantes y “resguardados de la mirada pública” en el desempeño de su deseo. En él se busca la construcción de las masculinidades en los relatos de varias prostitutas, y así el secreto de una identidad, lejana a la que se percibe a lo largo de la estepa social, es desvelado. En este sentido miedo, poder, doble moral y develamiento de un yo, solo observable al amparo del no juicio, se entrelazan. La promiscuidad, como mezcla difusa de heterogeneidades, la misma heterogeneidad que dota de seguridad al develamiento del yo oculto, se constituye como el factor fundamental de tal desenmascaramiento.

Trátese de la expansión de una pulsión individual, del acceso privilegiado a una diferencia radical o a una subjetividad ofrecida en la seguridad de la heterogeneidad y el secreto; sea encarnado este paseo a través de la multiplicidad de cuerpos desconocidos o de la homogeneidad de uno solo conocido, la importancia de pensarnos como errantes de la pluralidad o como exclusivizadores de un solo “otro” recae. La búsqueda es siempre de algo diferente, da igual que sea a través de la misma persona o de cientos, siempre es promiscua, se busca lo diverso en el otro, lo diferente, lo heterogéneo y ello nos da debida cuenta del carácter promiscuo de toda búsqueda en el erotismo.

Referencias:

  • Amezua, E. (1999) Teoría de los sexos: la letra pequeña de la sexología, Revista Española de Sexología, nº 95-96.
  • Güell, N. (2018) De putas. Un ensayo sobre la masculinidad. León, MUSAC.
  • Onfray, M. (2008) Teoría del cuerpo enamorado. Por una erótica solar. Ed. Pre-textos, Valencia.

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