Hermanos de leche

© Fotografía: Óscar García Bárcena.

Nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, dentro de su sección “Trazos de sombra” sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. Esta vez el relato, según la autora, “entraña un secreto o sombra familiar, porque la sordomudez —que es el tema de fondo— lleva muchas veces al aislamiento y la incomunicación, y porque tras el ataque de celos del sordomudo hay una explosión incontenible de rabia”. / Ilustrado con una fotografía de ÓSCAR GARCÍA BÁRCENA.

HERMANOS DE LECHE

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

El amo.

Siempre cuidó de las palomas, no valía para otra cosa, pero ser sordomudo no le impedía atenderlas y eso sí lo hacía bien. Por eso no me explico cómo pudo provocar esa escabechina, además el mismo día que se abrió la veda con todos los agujeros del palomar tapados, ni a posta lo hubiera hecho peor. Debió volverse loco o yo que sé. Desde luego en mi casa no le quiero más. Le tratamos bien, le alimentamos, le vestimos, le cuidamos como a un hijo y nos paga con esto. Sí, señor juez, su madre llevó la casa los últimos tiempos, ya ve usted que Maruja es muy mayor, y cuando murió hace cuatro años por deferencia a ella le mantuvimos a él, pero ya no, por esto no paso. Mi palomar era el mejor de la comarca, la envidia de todos. No, los días previos no le noté nada raro, pero cualquiera sabe con su tara, siempre fue muy metido para sí.

La chica.

Nos criamos como hermanos porque mi madre murió desangrada al darme a luz, una muerte atroz me contó Maruja, pero por aquel entonces se morían muchas, no como ahora que hay medios y enseguida te llevan al hospital y te cortan la hemorragia. Y su madre me amamantó, al tiempo que le daba el pecho a él. En realidad hizo las veces de mi madre y él, él fue como mi hermano. Hermanos de leche le dicen a eso. Nos criamos juntos, fuimos a la escuela juntos, jugamos juntos, hacíamos los deberes juntos. Pese a su sordomudez nos entendíamos bien, por notas, por gestos. De lo que pasó ahora ni idea, él quería a sus palomas, las cuidaba, estaba al tanto de sus apareamientos, atendía a las crías, tapaba los agujeros y las encerraba la temporada que se abría la veda para que los cazadores no las mataran con sus escopetas, se pasaba las horas muertas dentro del palomar. Era lo que más quería del mundo, lo sé porque yo a veces le acompañaba y veía como pasaba lista, con los dedos las iba contando… que pa mí que las conocía una por una. Sí, también le acompañaba al río. Aunque al río más de niños, pues desde que murió su madre tuve que hacerme cargo de la casa. Por eso cuando huyó se me ocurrió que podía estar en la cabaña de palitos que habíamos construido cerca de la orilla hará como diez años, bueno, la cabaña la hizo casi toda él. Anda que no pasamos tardes allí. No, señor juez, no le noté nada raro los días previos, qué iba a notar, no sé nada más que lo que he contado, se lo juro. Eso y que es incapaz de matar una mosca, si hasta le daba reparo cortar las florecillas cuando en primavera el campo estaba lleno de ellas y aparecía con un ramillete en las manos.

Maruja, la criada.

Un crío raro, señor juez, siempre pegado a las faldas de su madre (luego a las faldas de la niña, toqueteando sus muñecas, su ropa, sus cacharritos, pero eso no lo voy a decir, así me maten, los criados tenemos que callar tanto), y cuando no, encerrado con sus palomas. Por más que le decíamos anda vete a que te dé el aire, se quedaba con nosotros haciendo mantecadas o jabones o tendiendo la ropa o haciendo quesas en forma de corazón… Pero de ahí a que hiciera lo que hizo va un trecho, es que no me lo explico. (Yo ya sabía que algún día ocurriría algo así, así o peor, se veía venir desde que a la madre de ella la trajo el amo para trabajar de criada y, sin conocerle novio ni Dios que lo fundó, la tripa le fue creciendo como una sandía. La madre era guapa y blanca, con esos ojos del color del cielo una tarde de verano y el amo andaba siempre rondando como un lobo en celo por la cocina que después de su muerte no volvió a pisar… El caso es que la niña heredó la belleza de su madre captando la atención de todos, del sordomudito, del hijo del amo que también la cortejaba, y pa mí que el sordomudito se enceló, aunque menuda salida de pata de banco esa de matar las palomas… No sé, ahí me pierdo. De lo que estoy segura es de que sería mucho mejor que de la casa se marchara ella en vez de echarle a él, porque las historias se repiten y además en su caso ay, Jesús María y José… sería un crimen contra la naturaleza, no quiero ni pensarlo…) ¿Cómo dice, señor juez? Es que estoy un poco teniente y la cabeza no me rige como antes. Sí, señor, en casa siempre hubo armonía, ni un grito, ni una voz, un comportamiento ejemplar, siempre ejemplar todos, por eso no me explico este crimen de palomas muertas.

Sordomudito.

Sus palomas eran lo primero, pero al final ella fue más que las palomas, ella fue lo primero. Por eso al verla en brazos del hijo del amo se volvió loco. Eso fue lo que pasó, pero por primera vez agradece al que hizo todas las cosas que sus labios y oídos nacieran sellados. Qué les importa a los demás su vida. Y ahora ese hombre de la túnica negra gesticulando exageradamente con la boca, pero al ver lo inútil de sus ademanes apunta algo en un papel y se lo entrega. Él lo mira, lee: ¿Por qué mató a las palomas? Levanta la vista, vuelve a mirar el papel como si no entendiera. ¿Qué por qué maté a las palomas? Para no matar a nadie, joder.

Ese día se había levantado casi de noche y lo primero que hizo, lo hacía todos los días, fue ir al palomar. Después de contemplar las crías nuevas, de poner comida y agua, tapó cuidadosamente los agujeros de salida para protegerlas de los cazadores ávidos de presas. Tranquilamente se dirigió a la casa, pero al entrar en la cocina los vio, la chica aun en camisón en los brazos de él. Se besaban. Entonces fue como si un animal salvaje se le hubiera metido dentro, subiera hacia la garganta, quisiera salírsele por la boca. Con paso apresurado se dirigió a la cuadra donde estaba la escopeta y, colgándose la cartuchera al cinto, volvió a la cocina. Ya les apuntaba cuando ella se giró y le miró con sus ojos de agua, primero asombrados, luego llenos de horror. Echó a correr en dirección al palomar, se puso el cañón en la boca, sintió el sabor a hierro en el paladar, pero al levantar la vista al techo se cruzó una paloma y luego otra y otra más, y en vez de dispararse él, disparó a las palomas que fueron cayendo delante de sus ojos como piedras pesadas y duras. Seguidamente estranguló a las crías, pisoteó los huevos. Al terminar contempló la horrible carnicería que había hecho con sus propias manos. Quiso gritar, echar fuera el animal que llevaba dentro y abrió mucho la boca, pero no salió nada. Entonces echó a correr en dirección al río, a la casa refugio que construyeron juntos cuando eran unos críos, la casa refugio que soñaba, ya adulto, qué loco, que un día habitarían. Fue allí donde le encontraron doce horas más tarde, aterido de frío, tiritando. Les vio aparecer como a través de una nebulosa, y como a través de una nebulosa vio como le trasladaban primero al cuartel de la Guardia Civil, y luego aquí, donde todos los ojos están fijos en él, inquisitivos, interrogadores, y todos los oídos atentos por una vez en la vida a lo que pueda decir. Pero él sabe, y ellos también lo saben, que nadie puede obligarle a hablar, sordo y mudo como es y ahora enajenado y asesino de palomas. Que le encierren si quieren. Le da igual. Lo único que le habían importado todos estos años eran sus palomas y luego ella más que las palomas, y ahora sus palomas no están y ella le había traicionado, así que ahora ella tampoco le importa. Pero el caso es que siente un dolor horrible, como si llevara un nicho de palomas dentro que se quisiera arrancar de cuajo y cuando la mira como buscando un asidero ella permanece con la cabeza gacha.

 

  1. Manuel Vázquez De la Cruz

    Muy hermoso. Cada uno es es como es. Y todo lleva al fin.
    Unos se suicidan porque es su vida lo que más quieren.
    Pero pasó aquella paloma volando el sordomudo se dio cuenta que ellas, las palomas, eran más que su vida.
    Se quitó lo que más quería.
    Es un relato mismo de mi amiga Sol.
    Sol conoce a la gente muy bien. Es su gente. Mi paisano Cela hubiera “suicidado” al Sordo de forma tremenda.

  2. Hermoso y emotivo relato, en un lenguaje rural donde se conjugan varias voces narrativas, en una especie de soliloquio, para trazar el drama ocurrido, ante la figura de la autoridad omnipresente como un Dios juzgador. Todo funciona a la perfección.

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