“Año Nuevo chino”

“El dulce vacío” (tomada en Santa María del Páramo, León). © Fotografía: Óscar García Bárcena.

Nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, dentro de su sección “Trazos de sombra” sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. En esta ocasión, la autora aborda el síndrome de Ulises, o “cómo un proceso de emigración y salida del entorno habitual puede afectar a la salud mental, sobre todo cuando lo que uno encuentra en ese mundo nuevo e incierto no es nada amable”. / Ilustrado con una fotografía de ÓSCAR GARCÍA BÁRCENA.

AÑO NUEVO CHINO

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Ling Su ahora está mejor, se nota mejor, pero cuando llegó al hospital sentía que la perseguía una banda de gitanos.

Se metieron en el portal, forzaron la puerta, iban a entrar y aunque todo es muy confuso recuerda que para defenderse distribuyó varias prendas por el pasillo, las roció con alcohol, las prendió fuego. Luego ya solo sabe que los bomberos la auxiliaron por la terraza. En la calle la esperaban unos hombres vestidos de blanco y aunque ella no quería, pues no tiene cartilla ni seguro médico ni contrato de trabajo, tras meterla en una ambulancia la llevaron al hospital. El psiquiatra que la atiende le explicó que a veces las personas veían cosas que no eran y cuando ella le preguntó cómo era posible si desde hace meses la acechaban, si los veía a todas horas en el descampado y hasta había dejado de ir a trabajar por no encontrárselos, le explicó que le pasaba a personas altamente sensibles que estaban lejos de su país como una reacción de estrés a lo nuevo y le dio el nombre de síndrome de Ulises.

Dijo que con la medicación antipsicótica se curaba, pero ella no se fía de la medicación, en el fondo teme que la toma de pastillas la cambie, la transforme en otra. El doctor le preguntó si antes le había sucedido algo parecido, y ella recordó que una vez, a los pocos días de morir su madre, notó también cosas raras. El anciano sin pierna del sótano la empezó a seguir, quería secuestrarla y acabó ingresada como ahora, solo que aquel lugar era horrible, oscuro, lleno de llantos de niños a los que no podía ver. Ella tenía solo nueve años y las imágenes que conserva de aquello son muy borrosas, tampoco tiene informes.

De lo que se arrepiente es de haber salido corriendo tras el gitanillo que robó las pilas se dio a la fuga, pues sabe o intuye que ahí está el origen de todo. Pero le siguió, y al llegar a la zona de chabolas y ver a todos aquellos hombres y mujeres desarrapados, envueltos en una nube de humo, le entró un miedo terrible y se dio la vuelta. Cuando contó lo ocurrido al señor Fu, el dueño del bazar, lejos de apoyarla le echó una reprimenda enorme y le hizo pagar las pilas. También le dijo que si volvía a abandonar el local quedaba despedida, pues chicas recién venidas de China, deseado trabajar como ella, había por docenas. Fue muy injusto y duro todo.

Ling Su ahora está mejor. Dentro del hospital se siente protegida, y ya solo nota que la persiguen a veces, como la otra noche que oyó que le picaban y le tiraban piedrecillas por la ventana. Eran los gitanos, la llamaban perra y puta y le decían te vamos a rajar. Le entró tanto miedo que se metió tiritando bajo las sábanas y se meó encima. Su compañera de habitación lo vio, pero ella le pidió por favor, por favor, que no dijera nada, porque sino no va a salir tan pronto y quiere celebrar el año nuevo chino.

Se imagina cocinando la receta de pato laqueado que aprendió de su abuela. Una receta sencilla que se hace despegando la piel, rellenándolo por dentro con ajo, jengibre, anís y salsa de soja, barnizándolo con miel y antes de meterlo al horno, dejándolo macerar toda la noche. La abuela siempre insistía en lo importante que era ese tiempo de reposo para que la carne cogiera el sabor entre amargo y dulce inconfundible, lo mismo que es importante ahora el suyo en la planta.

Sabe que le quedan unos días para mejorar más pero espera y desea más que cualquier otro paciente estar fuera del hospital el cinco de febrero. Y aunque los suyos no estén, dará la bienvenida al nuevo año chino sacando sus fotos, acariciándolas, distribuyéndolas alrededor de la mesa, poniendo a su lado un plato con un trozo de carne aderezado con ciruela y ofreciéndoles dulces en una caja dividida en ocho compartimentos mientras pide deseos:

Deseos como no volver a este hospital de locos,

Ummmm, y cambiar de trabajo,

y que los gitanos dejen de insultarle, de perseguirla, de querer hacerle daño,

y mudarse a un barrio más seguro y céntrico,

y comprarse la combinación rosa, suave al tacto, que vio una tarde en el escaparate de una mercería al salir del trabajo,

y tener novio, claro, como todas las chicas, al que seducirá con la combinación rosa… porque si ella tiene un novio dejará por fin de estar sola.

Mientras piensa estas cosas Ling Su se siente súbitamente contenta, equilibrada. No en vano su nombre significa dulce alegría. Luego baja, tímida, la cabeza.

Un Comentario

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