Uno de los nuestros

Por LUIS GRAU LOBO

El papa Francisco se sube a un avión y prepara un Melendi. Se desmelena. Agarra el micro en pie, al fondo de un pasillo donde por suerte no hay azafatas que lo paren y empieza a soltar verdades de barquero. La última, este martes: que si hay curas y hasta obispos que abusaron –¿abusan?– de monjas y esto es intolerable y hay que investigarlo, blablablá. Para un papa no está mal de entrada, para un argentino queda por debajo de la media, pero no se pueden pedir peras a los que están pendientes de las manzanas, las del bien y el mal. El problema es que más tarde aterriza y le pasa lo que a Melendi, que lo llevan al calabozo del Vaticano y sale hecho un moñas. Seguro que hay algún camarlengo (bonita palabra, siempre quise usarla) que recuerda a cierta Madonna y le suelta: «Papa don’t preach».

Durante las últimas décadas hemos conocido no solo los abusos a niños y grandes por parte de sacerdotes, sino también las ocultaciones de este tipo de comportamientos por parte de los ‘colegas’ de profesión de esta organización, la iglesia católica. Un lobo no muerde a otro lobo, pero lo cierto es que, aparte las constatadas tapaderas urdidas desde algunos mandos, prácticamente no existen denuncias de sacerdotes en contra de sus compañeros, cuando la lógica impone pensar que tales prácticas, mantenidas durante demasiados años y constadas en demasiados lugares, podían ser conocidas por demasiada gente. Solo hay ciertas organizaciones que se comportan de manera similar, aunque no voy a citarlas porque están en la mente de todos. Y no parecen accidentes.

Después, eso sí, suelen pedir perdón. Como cuando lo pidieron en 1992 a Galileo, por haber condenado y proscrito su teoría del heliocentrismo. Poco le importa ya a Galileo, fallecido tres siglos y medio atrás, y menos aún al resto de la humanidad, que demostró y asumió aquella tesis desde hace otro montón de años. Son peticiones de perdón que mueven a risa. Estas de ahora lo hacen a indignación. Hablamos de delitos que en muchos casos han prescrito por la actitud cómplice y el disimulo de jerarquía y tropa de dicha organización, y ni siquiera provocan medidas punitivas internas (expulsión, excomunión…), salvo algún trueque de fichas. Y siguen ahí, pues las víctimas aún viven en el infierno de una infancia obscenamente marcada por la gracia de alguien que no era dios.

Así que cuando el papa Francisco se coloca en plan colegueo en el pasillo del avión propio y comienza a parecernos el jefe de una iglesia que se empeña en modernizarse y ser justa, uno tiende a pensar que simplemente se trata de otra operación de maquillaje, tendente a correr otro velo sobre intolerables comportamientos que la sociedad tal vez no soportaría en caso de distinta organización. Eso, o tiene una mala tarde. Como Melendi.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 10 de febrero de 2019,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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