“Pececitos”

© Fotografía: Óscar García Bárcena.

Nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, dentro de su sección “Trazos de sombra” sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. Un relato “sobre tres personajes (el cuento se cuenta a tres voces) encerrados en la pecera de la desmemoria y la dependencia (en el caso de los dos ancianos) y la atadura de la atención permanente de la cuidadora principal”. Y una historia que remite a una realidad tan frecuente como invisible. / Ilustrado con una fotografía de ÓSCAR GARCÍA BÁRCENA.

PECECITOS

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

—Vamos, pececito, a nadar un rato.

Ha hecho un esfuerzo ímprobo por meter al anciano en la bañera, tumbado casi siempre en la cama, tan viejo como ella, que de ordinario no se mueve ni habla, pero que ahora la mira con sorpresa creciente y ríe y palmotea en el agua.

Como sorpresa siente ella al oír:

—¿No os había dicho que estuvierais quietos? No se os puede dejar solos ni un momento. Mirad cómo lo habéis puesto todo. ¡Me tenéis harta, harta! ¡Y la peor tú, mamá!

La mujer que tiene delante, en jarras, el rostro rojo de ira, parece bastante enfadada. Mira al suelo y descubre un diminuto reguero de agua, como un caminito, que sale del cuarto de baño, discurre por el pasillo, alcanza el rellano para huir despavorido –en realidad eso es exactamente lo que le gustaría hacer a ella, convertida en invisible ameba– escaleras abajo.

Mamá, le ha dicho la extraña. Más vale seguirle la corriente.

—Está bien, hija, no volverá a pasar.

* * *

Hacía mucho que no disfrutaba tanto chapoteando en el agua. Incapaz de acordarse de lo que sucedió hace un minuto recuerda, sin embargo, la vez que de pequeño bajó al río con el grupo de amigos. Después de quitarse los zapatos, los calcetines, los pantalones, los jerséis, se lanzaron al agua. En un hoyo que había entre las piedras cogió un enorme barbo con las manos. Estuvieron un buen rato festejando la captura del pez resbaladizo que boqueaba en la orilla. Pero temerosos de que descubrieran su incursión en el río, decidieron devolverlo al agua. Sin embargo, al llegar a casa la humedad traspasaba la ropa y su madre, tras desnudarle entero y meterle en la cama, le echó una monumental bronca.

Era invierno. Tapado hasta el cuello con el embozo de las sábanas tiritaba.

Mira a la anciana de cabello revuelto y blanco que tiene delante.

“Vamos pececito a nadar un rato”, le dice.

A pesar de que llevan cincuenta y ocho años juntos no la reconoce y, olvidado al instante de su presencia, quiere volver a ser pez.

Mete la cabeza en la bañera, pero al notar que se ahoga se asusta, bracea, la saca, tose, cof, cof. ¡Qué mal lo pasó! Cof, cof. El agua sigue saliendo sin cesar del grifo…

* * *

Al darse cuenta de que se ha quedado sin diuréticos para su padre y sin el Aricept que toman ambos, ha bajado a la farmacia. En un principio pensó que no pasaba nada por dejarles solos un momento, pero ahora, mientras espera, se impacienta. La señora que tiene delante no acaba de decidirse por el color del tinte para el cabello, y cuando por fin se decanta por un tono violín pregunta si el producto es cien por cien natural. La farmacéutica le explica que lleva vendiendo ese tinte más de diez años y le garantiza que puede llevarlo con total confianza, pero al final la mujer opta por dejarlo para otro día. Mientras paga el resto de cosas que ha comprado y sale, ella piensa lo brasas que puede ser alguna gente. Pide las medicinas.

—¿Qué tal los padres?

La farmacéutica es amable. Y conoce bien su problema. A veces baja con los dos. Su padre se sienta en una sillita que tiene a la entrada. Su madre, más inquieta, siempre se queda de pie toqueteándolo todo.

—Los dejé un momento en casa. Pero ya sabes lo que es esto, pendiente las veinticuatro horas.

Al darle las medicinas la farmacéutica añade unas muestras de crema para la cara.

—Prueba esta emulsión hidratante para el rostro, parece buena. Y tú tienes que cuidarte, o vas a caer también.

Al oírlo recuerda que a ella tampoco le quedan pastillas.

—Ah, se me olvidaba, dame mi ansiolítico— luego se oye decir: —Llevas razón en lo de cuidarme, pero es lo que toca.

No sabe por qué repite como un mantra esta frase, es lo que toca, si en realidad le repugna. Tampoco sabe por qué hace cosas que no le gusta hacer. Pero desde hace un tiempo es así. Nota que se está desgastando por dentro y por fuera, que envejece a pasos agigantados. No se ocupa de ella misma y lo peor es que ha dejado de importarle.

—Si no me toca venir antes… ¡hasta la próxima semana!

Pensando en lo que la espera piensa en dar un rodeo antes de volver a casa, pero empieza a llover y no ha traído paraguas. Apresura el paso. Necesita unas vacaciones. Hace un tiempo salía, viajaba; su último viaje fue un fin de semana a Oporto, con Carlos. Lo pasó genial sintiendo la brisa en la cara mientras recorrían el Duero en barco y bebiendo vino en las bodegas situadas bajo el puente al atardecer, pero eso ocurrió hace dos años. No le ve desde enero, iban a quedar un día, pero no encuentra momento.

Al entrar en el portal nota que le falta el aire. Respira profundo. Un hilo de agua discurre escaleras abajo. Con alarma creciente lo sigue hasta su casa. En el baño descubre un espectáculo insólito.

—¿No os había dicho que estuvierais quietos? No se os puede dejar solos ni un momento. Mirad cómo lo habéis puesto todo. ¡Me tenéis harta, harta! ¡Y la peor tú, mamá!

Nada más ver el rostro amedrentado de sus padres se arrepiente. Les ha gritado y justo eso es lo que no debe hacer. Presa de un cansancio infinito rompe a llorar. Es verdad que no se lo merecen.

Ella tampoco.

Un Comentario

  1. Manuel Vázquez De la Cruz

    Precioso, humano y triste pero ejemplar.
    El sol algunas veces brilla menos que Sol.
    Enternecido por el relato.

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