Lugares sin sitio

La foto es gentileza de Carmen Blanco.

Por LUIS GRAU LOBO

Nostalgia significa, literalmente, el dolor por el regreso. El regreso a aquellos lugares donde fuimos otros, aunque fuéramos los mismos, allí donde se activan mecanismos cebados por una asombrosa mezcla de regocijo y congoja que nos zarandea por dentro como un pelele.

La nostalgia personal se ancla en escenarios concretos, ítacas de barrio en las que a menudo ni siquiera hay un perro que nos reconozca, una familia que pueda acogernos, un país del que ser oriundo. Pero nos da igual. Son nuestros recuerdos, nuestros sitios, nuestro pasado inclemente o precario, vestido del color que escogemos para engañarnos. La memoria facilita nuestra resistencia gracias al olvido, a las metamorfosis indulgentes con que travestimos aquellos momentos que creemos haber vivido. Como toda mentira, requiere alguna dosis de verdad: un olor, un sabor, una música, un paisaje… Una realidad disminuida que permita recomponer aquella plenitud equívoca.

Sin embargo, las autoridades de nuestro país renuncian cada vez más a esa indulgencia: en cuanto pueden destruyen o desfiguran esos territorios urbanos o rurales con inclemencia y desdén. Más que en ningún país de Europa, los lugares del nuestro se han reedificado en nombre de una supuesta modernidad que al final era dinero, solamente dinero. En el último medio siglo largo se hicieron escombro espacios vitales de generaciones de españoles que no sienten aprecio por sus ciudades porque estas se entregan a pasados artificiosos y futuros fingidos.

Hace años, en una ciudad y un barrio que no vienen al caso, un constructor y un ayuntamiento indiferentes derribaron toda una manzana en uno de cuyos patios vetustos y verdes jugué de niño. Estos días, en la misma ciudad y un barrio que no vienen al caso, están demoliendo el instituto donde hice el bachillerato. Era un edificio modesto y vulgar que estrenó mi quinta, quizás ruinoso ya porque fue abandonado durante años hasta que su decrepitud se convirtió en irreversible. Hoy lo tiran máquinas metálicas enviadas por aquellos que nunca dan la cara, con el típico y sucio argumento de que cuesta menos tirarlo que repararlo.

Dicen que se es de donde se cursa el bachillerato. Otros afirman que la patria de uno se encuentra allí donde jugaba solo. En mi caso, ambas naciones ya no existen. Ya no puedo acudir a ellas para evocarme, para mentirme a mí mismo una vez más. Me han arrebatado ese privilegio, como se arrebata a nuestras ciudades y pueblos del alma antigua para sustituirla por remedos ramplones y prefabricados. A partir de ahora tendré que fiarme de un magín cada día más condescendiente y frágil, sin el sutil poder de enmienda que otorga cotejarlo con los lugares habitados hace mucho tiempo. A partir de ahora no podré decirle a mis seres queridos «mira, allí estudié yo; allí jugaba». A partir de ahora aquella ciudad y barrio que no vienen al caso importarán menos, a menos gente. Hasta que desaparezcan del todo, como han desaparecido ya, en una ruina invisible..

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 12 de mayo de 2019,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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