FERIA DEL LIBRO LEÓN · El pregón de Avelino Fierro

Avelino Fierro, poco antes de leer su pregón. Fotografía: Saúl Arén.

Reproducimos, precedido de una pequeña introducción, el pregón de la 42 Feria del Libro de León —cuyo lema es “Libres con Libros˝— que leyó el escritor leonés Avelino Fierro el pasado viernes, 10 de mayo, en el salón de plenos del Ayuntamiento de León (Plaza de San Marcelo), después de que la escritora Marta Sanz hiciera lo propio con el suyo. Y es que, en esta edición, la feria del libro leonesa contó con dos excepcionales pregoneros.

INTRODUCCIÓN

Por AVELINO FIERRO

Gracias, queridos amigos, amigos del gremio de libreros. Gracias por vuestra invitación. Es cierto que cuando me llamasteis para pedirme que viniera a este acto, al pregón, dije que no. Insististeis, dije que no; y comentasteis que este año el pregón lo daban un chico y una chica y dije: “Con más motivo, no”. Y vosotros, que por favor, que lo de la chica ya estaba cerrado; pregunté quién era la chica. Marta Sanz; dije que sí.

Para un acto de celebración, festivo, como este, uno no podía esperar mejor pareja de baile. Una de las mejores escritoras actuales. Incansable narradora, y poeta, y articulista y teórica y activista de la función social de la literatura. Yo he titulado mi intervención “Una tarde de libros con Marta Sanz”.

Pero queridos amigos libreros, dejadme que os reconvenga un poquito: No hagáis política con esto, aunque sea bienintencionada; no hay que estar a esa insana moda de lo correcto, a la paridad. No hay que estar a la cuota en la cultura o en la lectura, hay que estar como con todo, por el mérito y la capacidad, por la calidad. Con Marta sobraba; yo me siento –si empleamos ese lenguaje de la innecesaria igualdad en estas materias, estirando hasta el absurdo el lenguaje inclusivo-, me siento, más que como una cuota, como un “cuoto”.

No seamos provincianos ni reduccionistas, sino cosmopolitas. Y hay que apostar por la visión de los creadores que escarban en la realidad actual, que nos hacen a todos progresar, tener una mirada crítica. No todo vale, no caigamos en lo banal, ni en el folclore. Algo así decía Ferlosio en aquel artículo “La cultura, ese invento del Gobierno”. Y recordaba a Machado y su Mairena, que pedía Una Escuela Popular de Sabiduría Superior frente a Una Escuela Superior de Sabiduría Popular. No todo se puede igualar: no es lo mismo un concierto de Marta Sánchez que el imperativo categórico de Kant. Seguirá habiendo alta y baja cultura, y cultura popular. Hay que poner la cultura al alcance de todos, llegar al mayor número, pero la cantidad no puede estar a expensas de la calidad.

Esto es una fiesta, la Fiesta del Libro. Pero la cultura no es espectáculo, ni entretenimiento, ni una forma de pasar el tiempo. Ni siquiera es éxito comercial.

Para que nadie piense por nosotros está la lectura. La lectura del libro en papel. No los audiolibros y otras chorradas. Y para combatir las redes sociales, que están arruinando el conocimiento y la sociedad.

Paso a leer mi escrito. Es el discurso, breve, de un lector. Sin saber lo que haría Marta, he tirado por un camino que quiere estar al lado del de la poesía, por esas cosas que escribo estos últimos meses y que titulo “Calendario”, algo un tanto lírico y sentimental. Me he metido en un buen lío. Con todo, confío en que transmita sinceridad y algo de pasión, y que os pueda gustar.

Avelino Fierro, leyendo su pregón. Fotografía: Saúl Arén.

PREGÓN FERIA DEL LIBRO · LEÓN 2019

Una tarde de libros con Marta Sanz

Le he cedido a los libros gran parte de mi vida. En esa especie de contrato nada tenemos escrito, es un pacto entre caballeros, un pacto de buena voluntad, pero de cuando en cuando me pongo a hacer cálculos y a recordar. Y a anotar en el Libro de Cuentas. Y en el “debe” aparecen muchos días y horas, todas mis deudas: amaneceres y noches sin sentido, leyendo y buscando consuelo. Yo me alejaba de la vida o de cualquier valle de lágrimas gracias a ellos. Me llevaban lejos, podía estar en el cuartucho de una buhardilla de París, o en países de ultramar, o sentado en una nube escrutando el porvenir o descifrando entre líneas un incómodo silencio. De todos esos frutos, goces y rentas he podido disfrutar sin que me hayan reclamado estipendio alguno.

Sí, a veces he pensado –casi de la manera como dice un poeta que ha heredado un árbol sobre la tumba de los reyes– en la desmesura de los libros, como si se tratase de las nubes inconmensurables, y en esa manera sigilosa que tienen de colmar el vacío. Y cómo te advierten de que este mundo aparentemente quieto no cesa de girar. A finales de otoño hay cambios en el aire, y volutas del humo de los fuegos que consumen la hojarasca y motean los restos del pálido verano; el color del bosque rezuma de caprichos y los frutos se corrompen. Eso lo ve mejor que nadie el poeta, el poeta al que lees y que te dice, como Gottfried Benn: “mira esta última hora mendaz, nuestra visión del Sur abovedando el cielo”. Y en la noche sus palabras cual una estrella polar no cesan de orientarte. Ha sucedido este pasado fin de semana, en un puerto del norte. Mirábamos el mar, y yo recordaba los versos finales de Transmisión nocturna, el poema de Elizabeth Bishop:

“Cinco remotas luces rojas
conservan su ruido allí; aves fénix
que arden en silencio, donde el rocío no alcanza”.

También hubo instantes en que, leyendo, un puro presente asolaba mi vida, y hundido entre los versos no quería mirar más allá. Yo leía entonces un poema de Cernuda sobre unos cuerpos en sombra, y el sol desplegaba sus estandartes rojizos sobre el atardecer. ¿Sabéis que a veces, al leer, he conseguido detener el tiempo? Esa maquinaria de ruedas dentadas, poleas y péndulos en la que nacen las horas me ha dejado de importar. Y que antes de que la tragedia ocurriera, que el mundo se detuviera, un arcángel mensajero me ha venido a veces a visitar, a pedirme que no siguiera poniendo palos en las ruedas de la fábrica de la eternidad. Charlamos, y a veces me cuenta que viene de aplacar otras miradas como la mía, de lectores más o menos severos, del que lleva varios días vagando por desiertos de Oriente y por palacios de mármol, de otro que al recordar el poema que comienza “Pero aunque el resplandor de los días pasados / se aleje para siempre de mi vista / aunque ya nada pueda devolvernos la gloria / en la flor, el esplendor en la hierba…” no cesaba de llorar, de un muchacho que remonta el río en busca de plantaciones de algodón, y de otro más que relee constantemente la historia de Hans Castorp que relata Thomas Mann.

Claro que queremos la droga de la lectura para acunarnos, que quisiéramos a veces vivir siempre esa dulce disolución en vano. Pero los lectores entendemos que la vida es otra, que los sueños disfrazan y arruinan la verdad, que la verdad es a menudo la inclemencia de los días, las vergonzosas noches de amor sin deseo y de deseo sin amor. Pero, si lees, todo eso hace menos daño. Puedes ensimismarte en el presente. O en el recuerdo: “Regresa con frecuencia y tómame; / amada impresión, regresa y tómame, / cuando despierte la memoria del cuerpo / y un antiguo deseo vuelva a transitar la sangre…”. Hasta en el sueño –como en el poema de Mandelstam– persiste esa libertad, las velas desplegadas de las naves de Homero y sus espumas te llegan a salpicar.

He dejado parte de mi vida entre los brazos y el susurro de las hojas de papel de los libros. Como suaves amantes han sido; de distintas pieles, tactos y olores. Como vigas que han apuntalado una casa en la memoria; como ojos a punto de quebrarse, como silencios que sigo siempre escuchando, como ondas de agua que se forman al arrojar una piedra en el estanque y que vuelven desde el pasado. Los libros me acompañaron hasta un caserón en Iztea y a la masía de Josep Pla. Gracias a ellos he podido caminar por las calles de Siracusa por las que transitó el divino Platón; o por las de Petrarca, que escribió: “Estoy poseído de una codicia inextinguible… No puedo saciarme de libros […] Los libros nos alegran las médulas, hablan con nosotros, se nos apegan con una viva e inteligente familiaridad”. Estoy tan en deuda…

Seguimos leyendo. Y tras aquellos libros del otoño vino el invierno. Y de nuevo noviembre, para saber que es el mes que más quiere Claudio Rodríguez, porque conoce su secreto, la calidad de su aire, que es canción, casi revelación. Y en ese mes, mucho más al Norte, sabemos por otro poeta que las casas entre el bosque sienten la constelación de los clavos que mantienen unidas sus paredes, y que las ventanas del hospicio brillan como pantallas de televisores. Y que en esos días el recuerdo azuza su pasado más feroz. Siempre en los suburbios hay más fragilidad, la luz mortecina traspasa a veces los muros y sólo el amor y los libros hablan todas las lenguas de los hombres y los ángeles. En el poema está la paciencia y la afabilidad, no es egoísta ni se irrita, no lleva cuentas del mal. El amor no pasa nunca. Poco importa cómo sea. A veces se parece a una canción. Como en el poema de Auden, escrito para el cabaret de Hedli Anderson. Unos nos dicen que hace girar el mundo, que tiene el tacto punzante de un espino o puede que la suavidad de un almohadón. O que puede que cambie nuestra vida, a fin de cuentas. Todo eso está en los libros. Aunque no seamos nada, no queramos ser nada, gracias a ellos tenemos todos los sueños del mundo. Podemos oír al ruiseñor de Keats –el mismo que oyeron el emperador y sus bufones–, o sentir la inseguridad de Rilke al mirar con él el último lugar de las palabras, que están sobre las cumbres del corazón…

Leemos desde la infancia, contra la nada, en secreto, a la luz de una linterna bajo las sábanas. Puede que con el corazón a borbotones o los ojos llenos de lágrimas. Cuentan que habiendo oído de la lectura tantas bondades, un agrimensor incrédulo quiso explicarlo. Estudió, anotó, coloreó, puso cables por nuestras cabezas. Y contó 59 áreas del cerebro que se conectaban con la producción de la inteligencia. Y al ver la televisión cinco de ellas se alumbraban. Y más de cuarenta al escuchar la música. Y todas cuando los ojos se posaban en las páginas de un libro. Eso nos sucedió de niños al leer a Salgari –que murió pobre en el norte de Italia– y al desplegar nuestro mapa del tesoro en el que estaban las playas de La Herradura y el lugar en el que había atracado el barco de Francis Drake. Y le sucedió a Borges, el ciego, que oyó en los libros, bruscamente en una tarde, el ruido de la lluvia que sin duda sucede en el pasado. Y a Gil de Biedma, que sintió la especial sonoridad del aire, siendo adolescente, al dejar el balcón abierto una noche de verano.

Estábamos leyendo y se ha pasado sin sentir la primavera. ¿Veis lo que sucede? El tiempo no importa. Puede que ahora, leyendo, acabemos de dejar arrojándose al tren a Anna Karenina, que leía a la luz de una linterna, como nos dice Ricardo Piglia. Y también a Emma Bovary, que lee para conjurar el presente, o en busca del tiempo perdido. Lee alumbrándose con la pantalla del quinqué. Esa luz de la linterna, dice Piglia, es la metáfora de la luz del lector, del aislamiento del lector en la oscuridad. La realidad está del lado de la lámpara; lo irreal y lo fantástico están del lado del libro.

Pero quizá no sea así en todo caso, porque Rimbaud nos dice haber visto el sol poniente tachonado de horrores místicos, y fermentar los pantanos y archipiélagos siderales. Y lunas atroces y soles amargos. Y yo le creo. Y Larkin, en el poema “Viernes por la noche en el Royal Station Hotel”, ve las lámparas que alumbran pasillos sin zapatos, y papel con membrete hecho para escribir a casa (si hubiera casa) cartas desde el exilio. Y finaliza escribiendo: “Cae la noche. Las olas se pliegan detrás de las aldeas”. Y yo le creo. Y Tranströmer percibe un mundo sordo y una grieta por la que los muertos en el solsticio de invierno traspasan la frontera. Y yo le creo. Porque es así como hasta aquí, hasta cualquiera de nosotros, llega el canto de los muertos. Y podemos volver a lo perdido, a los años encendidos, al despertar de la tristeza, a los ojos de nuestros hijos oyéndonos leer, y saber que ellos vagaban –como lo hicimos nosotros– por mundos fabulosos con una intensidad que nunca fue después igual. Yo también he podido ver –perdonadme– en un día gélido de invierno en mi ciudad, disfrazada de repartidora de Correos, a Susan Sontag y cómo me sonreía, y a Toni Judt saludarme con la mano llena de hollín un poco después; él y yo sabíamos que venía de escribir ese hermoso capítulo “Austeridad”, que está en El refugio de la memoria. Eso sucedió hace ya un tiempo. Como libros leídos han pasado los años.

Así sigue estando mi vida, pactando con ellos, haciendo acopio de briznas o réditos de consuelo para el futuro.

Y se escribe porque se lee. ¿Verdad, Marta? Y hemos conocido y temido a las páginas en blanco. A las horas muriendo mientras buscamos las palabras. Por ello yo también me he atrevido a veces a escribir sobre esta ciudad, sus amaneceres y las rayas lívidas y rosadas de muchas madrugadas, sobre noches ateridas y pájaros en sombra y antenas desplumadas, sobre el ruido de seda rasgada que dejan los coches al pasar cerca de mi ventana los días de lluvia, sobre el murmullo de los edificios y el olor que dejan en algunas habitaciones los cuerpos de los amantes. Sobre los bosques y el vuelo de las águilas. Sobre las nubes, los álamos y la luz, que a veces nos entristece y nos hace añorar los días de ayer. La luz, describir la luz, que es para mí una obsesión.

Y describir otros secretos que están en el aire, remolinos de polvo en un patio donde se esconde un trozo de eternidad. O sobre el tiempo. Que puede manar del cielo –como en uno de los cuentos de Andrzej Stasiuk– derramándose como una miel perezosa y salpicar el caparazón metálico del pavimento. Todo eso podemos dibujar y también mirar a través de los libros. Todo está en los libros.

Yo sé que si leemos sabremos mejor qué quiso decir Blas de Otero en ese hermoso poema que tituló “Parece que llueve”, y escribe que el aire se llena de “ees”, de letras débiles, indecisas, o por qué es posible que don Francisco de Quevedo, retirado con pocos doctos libros juntos, escuche con sus ojos a los muertos. Y hasta nosotros puede llegar la “abigarrada hermosura” del poema de Hopkins, “Gloria a Dios por las cosas manchadas…”.

Aristóteles, oponiéndose a Platón, rehabilitó a la poesía. La literatura y la lectura proporcionan placer e instruyen. El hombre aprende por mediación de la literatura entendida como ficción, como representación e imitación, y en eso se diferencia de otros animales. Recuerda Steiner que el libro es “la vida misma, la sangre de los grandes espíritus”, en la expresión de Milton.

La literatura libera al individuo de su sometimiento a las autoridades –pensaban los filósofos– y es remedio contra el oscurantismo religioso. La literatura y la lectura contribuyen, son el magma esencial en el que crecen y se pueden desarrollar la democracia y la libertad, la justicia y la igualdad. Los libros nos hacen libres. Son nuestra educación sentimental, con ellos se desarrolla en nosotros una personalidad autónoma. Decía Samuel Johnson que la literatura hace a los lectores capaces de gozar mejor de su vida, o de soportarla mejor. Uno, alimentado por la cultura, por las lecturas, puede disfrutar de ese “hálito” del bosque del que habló Wordsworth, como también visitar Saint Sulpice y ver los murales de Delacroix. Ya lo dijeron (y no vamos a tener que avergonzarnos de ello) Montaigne o Bacon: “El hombre culto vive mejor. La literatura contribuye a la vida buena”.

En aquella iglesia yo recordé el París que describe Josep Pla y los elogios al pintor que le hace Baudelaire, y musité la frase del propio Delacroix en sus diarios: “Me pongo a trabajar como los demás corren a casa de su amante…”. Llevaba conmigo esa carga de lecturas, un plano de la zona y una botella de agua. Y sentí no sé si el síndrome de Stendhal o que una emoción que podía palpar me traspasaba. Nos sentimos poseídos y transformados. Un momento cotidiano, o el acto de mirar, se convierten gracias a la lectura en una epifanía. Cum libellis loquor; hablamos con los libros. Y luego volveremos a nuestros asuntos, a esa otra intensidad terrible del vivir. O a la monotonía. De la lectura, de nuestro vicio impune volvemos a la realidad, para estar rodeados quizá de la falta de gusto o de los que hacen cuentas o hablan de que la cultura tiene que ser diversión o espectáculo. Son los imbéciles de los que hablaba Bernanos –citado por Steiner– incapaces de usar con tacto y justeza el poder del que ahora disponen.

Pero tenemos –lo dice Marta– todas esas palabras con nosotros, la cultura, que es herramienta crítica para ver, pensar y actuar de otra manera. Lente de aumento o metafórico adoquín contra el escaparate. Y seremos lectores de papel como zombis melancólicos, pero también lectores severos y beligerantes con la estulticia y la vida que pasa. Y no nos dejamos llevar por otros intereses, estamos en paz con nosotros y en guerra contra la ignorancia. Y es lo único que nos salva. Del desamor, de las rutinas estériles, de la vida y sus migrañas. No sé, así lo siento. Yo, que he cedido a los libros muchos días y noches, gran parte de mi vida. Y puede que hasta mi alma esté ya hipotecada.

El editor y librero Héctor Escobar, la escritora Marta Sanz, el alcalde Antonio Silván y el escritor Avelino Fierro, momentos antes de que Sanz y Fierro leyeran sus pregones.

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  2. José Luis Avello Álvarez

    Como siempre. te he leído como a un poeta, como se debe hacer. A sabiendas que cada frase es el resultado final de toda una vida.

  3. Mila Fernandez

    Fantástica descripción de lo que aporta la lectura, eres un poeta

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