FERIA DEL LIBRO LEÓN · El pregón de Marta Sanz

El editor y librero leonés Héctor Escobar y la escritora Marta Sanz.

Reproducimos el pregón de la 42 Feria del Libro de León —cuyo lema es “Libres con Libros˝— que leyó la escritora madrileña Marta Sanz el pasado viernes, 10 de mayo, en el salón de plenos del Ayuntamiento de León (Plaza de San Marcelo), antes de que el escritor leonés Avelino Fierro hiciera lo propio con el suyo. Y es que, en esta edición, la feria del libro leonesa contó con dos excepcionales pregoneros.

PREGÓN FERIA DEL LIBRO · LEÓN 2019

Por MARTA SANZ

1. Se puede leer por leer. Leer los prospectos de los medicamentos que dan mucho miedo y mucho morbo, y pertenecen al género de terror. Leer los nombres que aparecen en los buzones, e imaginar las vidas y fisonomías de vecinas y vecinos que aún no conocemos: en ese caso, leemos y a la vez estamos escribiendo una novela sentimental. Quizá también una novela social. El caso es que cuando se lee se escribe y cuando se escribe se está leyendo, así que conviene saber que, mientras leemos, siempre estamos haciendo algo más: pensando por arriba y por abajo. Practicando yoga. Águila. Camello. Savasaná. Más allá de los papeles y del enrejado de las palabras. Adelantándonos a lo que podría suceder.

2. Se puede leer los menús de los restaurantes para pensar qué plato elegiríamos si no tuviésemos el colesterol por las nubes o si no estuviésemos completamente decididos -y decididas- a adelgazar. Arroz a la cubana o sopa de menudillo. Cinta de lomo o emperador a la plancha. Pan, vino y postre. Este tipo de lectura es etimológico y coherente porque leer aumenta nuestro acervo cultural y nuestro peso específico. La palabra cultura está emparentada con el cultivo y la tierra. Con lo que nutre y se pude comer. Leer se nos queda pegado al cuerpo. Como una lorza o una postura de la espalda aprendida en una clase de pilates.

3. Se puede leer el periódico –en papel o en digital– y las notas que nuestros compañeros de piso prenden con imanes en la puerta de la nevera. También podemos leer una partitura o meternos dentro de un cuadro abstracto intentando leerlo para comprender lo que nos dice. Leemos quirománticamente las líneas de la palma de la mano y, sin magias ni ocultismos, podemos leer sus arrugas o los callos que aparecen en los dedos cuando se cose mucho y mal sin usar dedal. Leemos sin duda la tristeza en una mirada o cierta alegría, llena de una punta de mala intención, en un gesto torcido de la boca.

4. Podemos leer las noticias del tablón de Google porque estamos más aburridos que una mona: en ese caso estamos leyendo lo que el big data cree que somos y deberíamos alarmarnos ante esa imagen quizá no tan distorsionada. Porque ser y parecer no son verbos tan distantes, y el big data es psicopolíticamente listísimo. Podemos leer muchos twitts para practicar el patinaje artístico sobre las superficies deslizantes de nuestras pantallas líquidas mientras vivimos la fantasía -húmeda, como el barrio- de que nos informamos y expresamos libremente. Tururú. Si nos paramos a pensarlo durante un segundo, lo cierto es que nos pasamos la vida leyendo. Que lo raro es no leer. Escaparse de la curiosidad, el impulso de comunicación, aprendizaje, imaginación y conocimiento que define nuestra necesidad de leer.

5. Leemos hasta lo que no debemos: el diario de nuestra madre, un correo electrónico que no ha llegado a nuestra bandeja, un poema que no nos han escrito. Metemos las narices donde no nos llaman y vulneramos la intimidad que encierra un informe médico oculto debajo de aquellas carpetas azules que se cierran con gomas y en las que se acumulan los documentos importantes de una familia en la que, hasta hace no mucho tiempo, la cabeza visible siempre era el padre. Leer para mirar por el agujero de la cerradura. Es tan agradable esa indiscreción, esa travesura, esa pequeñísima maldad.

6. Leemos para reconocernos en los demás y experimentar la ilusión, absolutamente ingenua, de que somos seres únicos. Leemos para aprender y para viajar y para pasar el rato. También lo hacemos para manipular y obtener información privilegiada. Para mandar o evitar que nos manden y nos mangoneen.

7. El caso es que estamos encerrados dentro de un texto universal, de una biblioteca de Babel y a la vez, somos un texto y, a la vez, dentro de los textos, estamos nosotros: podemos buscarnos en sus entrelíneas. La proliferación de los tatuajes es un buen ejemplo de nuestra condición textual: sobre la caligrafía del propio cuerpo le imponemos a la piel otras caligrafías quizá para corregir el desagradable peso de lo vivido o quizá para subrayarlo.

8. Lo dijo el filósofo francés Jacques Derrida: “No hay fuera del texto”. La sentencia da un poco de claustrofobia. Invita a doblar con brazos de forzudo de circo las rejas de la jaula en que nos han encerrado. A escapar por la rendija que hay entre un párrafo y el siguiente. Aunque, quizá, podamos aprovecharnos de la situación. Quizá en esta ocasión practicar el escapismo no sea tan buena idea. A lo mejor no es tan malo ni tan alienígena quedarnos balanceándonos como los elefantes en la tela de la araña. En esta red.

9. Imaginemos, por un segundo, que estamos en una reunión de alcohólicos anónimos. En un confesionario. Sobre el diván de un psicoanalista. Declarando delante de un juez. Lo confieso. Llevo muchos años siendo una adicta. Me balanceo en la tela de la araña. Soy una elefanta rosa que ya no sabe vivir sin tener un libro entre las manos. Una mujer metida dentro de las palabras que es al mismo tiempo una palabra. Me llamo Leo, escribo, veces soy grosera, escatológica, incluso un poco pedante. A mucha honra.

10. Ya que no podemos vivir fuera de los textos -también son textos las hipotecas, contratos temporales y bulos-, elijo dentro de qué textos exactamente quiero vivir. Tomo la decisión de vivir dentro de los textos literarios. Tomo la decisión de no leer en diagonal, sino de activar la literatura como instrumento de resistencia en el tiempo de los niños que amplían deslizando los dedos sobre el cristal de las ventanillas traseras de los coches vacas estratégicamente colocadas sobre el verdor del paisaje. Los niños, rubios y con flequillo, como los de las películas de John Carpenter, no se manchan. Tampoco se quitan el cinturón de seguridad. Tomo la decisión de vivificar con mi cuerpo la literatura -darle mi aliento y mi interés- y de literaturizar mi vida para convertirme en buena o en mala persona. Monstrua, centaura, escolopendra. Todo es posible cuando un buen libro te abre el cráneo, te lo parte limpiamente en dos, como escribió Kafka. Leemos un buen libro, pero al mismo tiempo los buenos libros nos leen a nosotros incluso más que los prospectos, las revistas del corazón, las vallas publicitarias y los menús de los restaurantes. Las pegatinas que indican los precios de las cosas también nos leen. No nos engañemos.

11. La libertad es proceso de toma de conciencia. Por ejemplo, de cuáles son los límites de nuestra propia libertad o de dónde provienen nuestros deseos. Ejerzo mi pequeña libertad y decido hacer de la necesidad virtud y apropiarme de los textos igual que los textos se apropian de mí. A partir de ahí solo puedo decir que soy una mujer extremadamente agradecida que no mira a los personajes de los libros a través de mamparas de metacrilato carcelario ni cristales aislantes. Estoy segura de que están entre nosotros, ahí, a vuestro lado: Dafne que muta en laurel, el pajarillo de Lesbia y la niña del Cantar de Mío Cid. Scheherezade, la vaquera de la Finojosa, don Melón y doña Endrina, el padre de Jorge Manrique que, como todos se murió, el pobre. Areúsa, Parmenio y La Celestina que remendaba los virgos como nadie. Oriana y el endriago, Lázaro de Tormes y el escudero al que le dio de comer una pezuña de vaca, las tres hijas del rey Lear, la pastora Marcela y Sanchica Panza, el Dómine Cabra, los pobres huesos de los sinventura pollos que se comió en tortilla Guzmán de Alfarache, Caperucita Roja y el lobo, la niña que le dijo no al viejo y la que no le dijo nada y se llamaba Lolita, el estudiante de Salamanca y Maese Pedro, las hetairas sicalípticas de los poemas románticos, el enamorado Werther, la de Bringas y Jacinta a quien tanto le gustaban los pajaritos fritos. Están ahí, al ladito, carne de nuestra carne, en nuestras lorzas o tocándonos el hombro: la muerta enamorada y la novia cadáver. Athos, Portos y Aramis. La pierna ortopédica de Tristana y don Fermín de Pas con quien me habría casado si no fuese cura. Él, no yo. Ana Karenina, Nana, Nela y todas las mujeres maltratadas de los cuentos de doña Emilia Pardo Bazán. Los cisnes y princesas de Rubén, la moribunda Concha de las Sonatas de Valle, el Poeta en Nueva York y el Marinero en Tierra, el niño yuntero, los versos de las Sin sombrero y el empleado del blues amo que le pone una luz amarilla encima de la cabeza y todo el día escribe dieciséis y mil y dos y ya no puedo más. Están aquí el tío Ratero y Pepe Carvalho. Y la buena terrorista, Tom Ripley, Currita Albornoz y Ginnia la de El bello verano de Pavese. Ofglen y Offred. El señor de Bembibre. Celia, Peter Pan y Dorian Gray. El Conde Drácula. Y Kiki de Montparnasse. Soy la elefanta que se balancea con ellos y con ellas, en la tela de araña. Os invito, a buscarlos y a balancearos también. Ojalá nos queráis acompañar en esta borrachera y en esta felicidad.

León, 10 de mayo de 2019

El editor Héctor Escobar, la escritora Marta Sanz, el alcalde Antonio Silván y el escritor Avelino Fierro. Fotografía: Saúl Arén.

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

Un Comentario

  1. Pingback: FERIA DEL LIBRO LEÓN · El pregón de Avelino Fierro | Tam-Tam Press

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