La casa cerrada

Por LUIS GRAU LOBO

La casa lleva demasiado tiempo cerrada. La habitan gentes que apenas abren puertas y ventanas. Encerrados en ella, la consideran de su propiedad aunque solo les prestaron las llaves para habitarla a condición de que la mantuvieran en buenas condiciones, si cabe mejor que la encontraron. No ha sido así. Con el mucho tiempo transcurrido han olvidado cuidarla y tampoco pagan el alquiler que deben a todos. No son okupas, los okupas necesitan un techo.

A estas alturas la casa está desbaratada por todas partes aunque su apariencia cuando alguien entra para una visita protocolaria sea ostentosa ante los focos, tal es su fingimiento. Pero el resto de los que entran en ella o la contemplan aprecian inmediatamente los desperfectos que se encubren con torpes disimulos. Ven el polvo en los rincones y las alfombras gastadas, el olor a rancio en las despensas, las grietas y desconchados de las paredes, la debilidad de los muros de carga y la flaqueza de las vigas que sostienen un tejado destejado. Ven todo aquello que no debería ser.

Junto a los inquilinos, algunas alimañas han hecho sus nidos en rincones altos o apartados del interior. Muchas de ellas farfullan sin cesar intentando colarse en todas partes. Por la noche, imaginan que la casa es derribada al fin y habitan sus escombros. Por el día propagan aquí y allá su nombre, su huella, su forma de comportarse. Ni unos ni otros la cuidan, todos creen que la casa no implica obligaciones. Hay quienes aún trabajan honradamente en ella, como estaba estipulado desde el principio, pero algunos han llegado a pensar que hacen lo que quieren porque la casa es suya. «La casa soy yo», llegó a afirmar alguno.

La casa tenía patios verdes y amplios. Pero en ellos han acampado desde hace también mucho tiempo gentes que se suponía venían a hablar de la casa y que ahora apenas miran para ella pero declaran al que pasa que la casa está en perfecto estado, aunque sea evidente que no es así. Parece ser que les pagan por ello. Hay incluso quienes se dedican a construir casas particulares con los pedazos que se van cayendo de esta, la de todos.

Ahora hay quien se ha hecho con una llave para entregar la casa a nuevos inquilinos. Existe la esperanza de que la casa se airee y se renueve gracias a gentes que la tengan en mayor aprecio. Se da por seguro, sin embargo, que los nuevos inquilinos también rasgarán las tapicerías de los muebles, rayarán las paredes recién pintadas, el suelo de madera encerada lo echarán a perder… Volverán las arbitrariedades, las cacicadas y el nepotismo, las comilonas y las risotadas, los bulos e infundios de propios y ajenos, los amigotes, los favores, las componendas, los medios comprados a golpe de subvención y publicidad, los dineros para lo de todos que acaban en lo de pocos, las trifulcas y los malos modos, la desolación. Pero al menos, durante un breve tiempo, la casa lucirá limpia y fresca una vez más, como quizás antaño sucediera. Hace ya tanto...

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 2 de junio de 2019,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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