Calendario (18)

“Pozo Ibarra”. Fotografía de Mar Astiárraga.

Después de 125 entregas (y tres libros consecutivos, publicados en Eolas Ediciones), el autor anuncia que va a dejar de escribir el “Querido diario” por algún tiempo, que necesita un cambio de rumbo… Y abre nueva sección, “Calendario”, asimismo ilustrada. Esta es su décimo octava entrega:

CALENDARIO

18

Por AVELINO FIERRO

El mundo de afuera de esta mañana de sábado parece un poco más viejo. Se ha puesto a llover y la luz apenas se entremete en el aire. Desde el ventanal de casa contemplo la misma rutina de los días: un paisaje invariable de tejados, antenas y palomas. Y allá, a lo lejos, la línea que recorta en las lomas el verde oscuro de los pinares. Pero este brillo tenue, enfermizo, como de hollín o mercurio con manchas, me ayuda a pensar en otros parajes que he desconocido siempre: estoy tratando de imaginar cómo era el mundo del carbón, de los mineros, porque tengo que decir a mediados de agosto unas palabras en la presentación del libro de cuentos de Zana. De eso un muchacho de los páramos –como yo lo era y sabiendo que sólo se aprende algo en la infancia– no sabe nada. Trigales, tierras ocres roturadas, planicies salpicadas por árboles solitarios, regatos mustios y casas de adobe, voces muertas y el ansia de saber del mar y del murmullo invisible de las olas que estaban mucho más allá de las colinas. Y, como en el poema de Pavese, el deseo de cruzar una calle para escaparse de casa. Esterilidad y vides alineadas. Nubes blancas. Nada sé de esos pueblos de la montaña que entreveíamos cuando íbamos en tren hacia el norte. El paisaje corría furiosamente desde la ventanilla del vagón. Yo veía hierros y vagones, torretas, castillos oscurecidos en el aire, coladas exangües sobre grises fachadas. Y cielos oscuros de agua sucia. Al volver de noche, algunas farolas y el cine con su letrero luminoso. Casas iguales y una penumbra tan espesa como la sangre. Tejados con su manto de nieve. Un mundo extraño al que no me unía nada. Que desaparecía como el humo de la locomotora o el silbido de vapor entre aquellas hondonadas. Nada. Aunque luego he pensado que algo de aquella lejanía eclipsada llegaba a nuestros lugares: aquel manchón, aquel círculo negro que quedaba en las aceras cuando descargaban el camión de carbón en el barrio y en el que quedaban brillando diminutos puntitos de plata. Puede que esos destellos vengan desde el pasado en mi ayuda para comprender aquellas luces suspendidas en los montes; cómo tras ellas llegaba el amanecer, cómo sería allí el primer bostezo perezoso del alba.

  1. Anónimo

    Un aplauso ( otro más…) Gracias ( otra vez)

    Enviado desde mi smartphone Samsung Galaxy.

  2. Félix

    El primer bostezo del alba no era perezoso…al menos en los amaneceres que contemplé en torno a dos años pasados en zonas mineras. Creo que la aurora aceleraba el paso pensando en el turno de noche. Me ha encantado tu “calendario”. Un saludo.

  3. José Luna Borge

    Los pequeños y breves destellos que nos han llegado de mundos y lugares desconocidos, unidos a lecturas y conversaciones sobre esos mundos, puede que nos proporcionen una imagen aproximada del tema. Será la imagen de alguien que siempre quiso visitar esos lugares y que, por azares de la vida, nunca lo hizo.

  4. Mila

    Recuerdos de mi infancia en Langreo, con el pozo María Luisa al lado. Eres un poeta. Un abrazo, Mila

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