Calendario (19)

© Ilustración: Avelino Fierro.

Después de 125 entregas (y tres libros consecutivos, publicados en Eolas Ediciones), el autor anuncia que va a dejar de escribir el “Querido diario” por algún tiempo, que necesita un cambio de rumbo… Y abre nueva sección, “Calendario”, asimismo ilustrada. Esta es su décimo novena entrega:

CALENDARIO

19

Por AVELINO FIERRO

Y mientras escuchábamos el relato de la anciana, empezó a llover. El chapoteo hacía subir un aliento agrio desde el suelo negro. Las gotas golpeaban las ramas del árbol viejo que estrangulaba lo que había sido la panadería, ella nos lo dijo. Me pareció una casa de Centroeuropa, como si tras esas ventanas sus habitantes hubieran visto pasar objetos, amor, música y vidas que fueron a parar a los libros de historia. La miré con ojos entrecerrados en su temblor de abandono y cierta coquetería todavía en sus tejados con verdín. Nada de eso era cierto, claro está. Este es un paisaje que tiene poco que decir. Ruinas, pastos azotados por el frío y el viento, viejas minas vacías y pueblos desiertos; si describes estos parajes tintinearán en los renglones como lo hacen los descampados que hay en los poemas de Ted Hughes. En el único bar del pueblo, un vecino de cara amoratada atiende a la radio que retransmite un partido de fútbol de segunda división. Es final de agosto, pero el día es negro, tranquilo y terso, como un cetáceo que agoniza. Es domingo y el museo minero está cerrado. En las afueras hay dos torres de hierro con cables y vagones con herrumbre que han puesto aquí para recordar. Todo es desolado, nada me hace imaginar los tiempos de aquel fragor. Pateamos una lata en las vías muertas, con sus traviesas carcomidas y hierbajos que se mueven con histeria por el viento. C. quiere llegar hasta el edificio en un alto. Parece ser un cargadero; una mole negra a la que sobresalen en la frente enormes vigas de hierro. No sabemos cómo llegar en coche. En un paso estrecho nos cruzamos con el rebaño. El pastor –camisa abierta y barba de días– lleva un paraguas deshilado que muestra el anuncio de un fondo buitre. Aquello es un espacio desvanecido, lleno de cascotes y huesos dejados por alimañas: un juguete roto, como una muñeca sin brazos y mellas en el carmín de los labios. Bate el viento mientras busco todavía alguna metáfora. Se duerme todo el lugar en este día torturado por el porvenir. En el pueblo, las farolas han empezado a derramar una mirada lechosa y gris.

Un Comentario

  1. José Luna Borge

    El paisaje desolado y el abandono actual de los pueblos mineros, en otro tiempo prósperos y del color de la esperanza, pueden darnos una imagen así, como la que nos ofrece Avelino con su particular temblor en esta entrega.

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