Calendario (20)

© Ilustración: Avelino Fierro.

Después de 125 entregas (y tres libros consecutivos, publicados en Eolas Ediciones), el autor anunció que iba a dejar de escribir el “Querido diario” por algún tiempo, que necesitaba un cambio de rumbo… Y abrió nueva sección, “Calendario”, asimismo ilustrada. Esta es su vigésima entrega:

CALENDARIO

20

Por AVELINO FIERRO

Estoy dibujando un barco en el que va un solo hombre, Ulises. Velas no desplegadas, el mar permanece en calma. Es una imagen incierta, pero todo indica que se dispone a zarpar. Lo estoy haciendo en un libro de Ada Salas, al lado de un texto titulado “De la escritura poética como viaje”. De forma recurrente he estado dibujando barcos en los libros. Anteayer, un remolcador. Porque otro poeta describía el destello de dos de ellos mar adentro, como las brasas de un cigarro o la lava del volcán en los párrafos finales de Victoria. Unas páginas atrás las gaviotas chillaban con sus voces oxidadas, y el escritor veía las carreteras enroscándose en las montañas cuando abandona su isla en avión. Recuerdo otro barco, sólo esbozado, quizá porque en aquel poema se hablaba de una nave aparejada sobre un agua vacía y negra, y alrededor había grumos de silencio. Y otro más, un bajel antropomórfico, en el que el mascarón de proa es el rostro de un bebé grande que mira al agua tristemente y exclama: “Soy hijo de navegantes subjuntivos”. Yo prefiero de entre todos ellos el que dejé en aquel poema de Mandelstam, las naves como una bandada de grullas sobrevolando la Hélade. Vuelve ahora este poeta con un verso en la cita de otro autor: “El susurro de un billete de rublo junto al Neva de color limón”. Todos ellos parecen ver en la poesía palabras que, si las pronuncias, iluminan caminos en el anochecer, una tabla de salvación en el naufragio de los días, algo que perdura. Que se encuentra en las estaciones abandonadas, bajo las vastísimas nubes, en las estatuas públicas desfiguradas por la nieve o en el silencio de los suburbios. Creen que cada vocal de los versos es más consistente que una piedra miliar. Puede que todas esas naves hayan abandonado ya los muelles, con sus tripulaciones presas de la fiebre de aventura. Es esta una tarde de finales de agosto. Yo también he sentido unos instantes de ilusoria agitación. Pero aquí sigo, amarrado al reposabrazos de mi sillón, igual que un capitán de crucero en la baranda de su puente de mando. En el poema que ahora leo, un pianista toca un viejo vals cerca del East River y hace saltar las escalas como pececillos sobre el mar. Desde mi ventana veo la última nube, sofocada por el calor, disolviéndose ya sobre sí misma en la oscuridad. Estoy rodeado de libros; pereza de viajar.

Un Comentario

  1. Áurea Viñas

    Me ha gustado mucho .Que alma tan poética

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