“No puedo”

© Fotografía: Óscar García Bárcena.

Nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, dentro de su sección “Trazos de sombra” sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. “Siempre me llamaron especialmente la atención las personas que, a cuenta de claudicar en la vida, van dirigiendo su destino hacia un desenlace tan errado como atroz. Es lo que ocurre con Araceli, la protagonista de este cuento”, apunta la autora. / Ilustrado con una fotografía de ÓSCAR GARCÍA BÁRCENA.

NO PUEDO

Encontramos a menudo nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo.
Jean de la Fontaine

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

—No puedo, no puedo, no puedo, no puedo, no quiero, no quiero, no quiero, no quiero, no me gusta, no me gusta, me quiero ir, que no, que no, que no, que no, no, no, no, no, no…

La mujer, sentada en una silla de ruedas, se tapa la cara con las dos manos mientras frente a ella la Dra. Osuna y la enfermera, también sentadas, la miran. La doctora alarga la mano sobre la mesa en un intento de quitarle las suyas de la cara, pero la paciente no se deja y la doctora desiste.

—¿Qué es lo que no puede, mujer, cuénteme lo que le pasa, cuénteme lo que ha pasado en el comedor hace un momento?

Araceli se quita las manos de la cara y las apoya en el respaldo de la silla, pero permanece en silencio, la vista baja. Pasados varios minutos, dice:

—Pensé, doctora, que podía haber golpeado a mis compañeros con una cuchara.

—Ya ve que no es así, que todo está bien, es más, sus compañeros están preocupados por su comportamiento, ¿se da cuenta de cómo se ha puesto hace unos momentos en el comedor?

Araceli se hecha a llorar desconsoladamente como una niña. Sin interrumpirla la dejan llorar hasta que súbitamente para. Levanta la vista y, sin pestañear, mira fijamente a la doctora. Al cabo de un rato, dice:

—Anoche soñé que besaba a Pep Guardiola en los labios y no sé si eso influirá en que no cobre la pensión.

La doctora intenta hacerle razonar, le dice que lo que acaba de contar pertenece al terreno de los sueños, que la pensión es independiente de éstos y que, desde luego, nadie se la va a quitar.

—Pero yo no merezco esa pensión, con mi marido fui muy egoísta, yo tengo la culpa de que me dejara. Todo iba bien hasta que un día, de la noche a la mañana, me tomé el matarratas que hizo que me quedara sin poder andar.

—De eso hace veinte años, mujer.

—Ahora mi hija tiene que estar siempre pendiente de mí, me ha dicho que al salir del hospital me vaya a vivir con ella, pero cómo me voy a ir a vivir con ella después de que me encontraran medio muerta en el comedor de su casa de la sierra.

—¿Y por qué va a haber próxima vez?

—Pues porque sí, porque sí, porque sí, porque sí, siempre acabo torciéndolo todo, haciendo lo contrario de lo que pienso, es como si llevara escrito en el destino cagarla —tras un silencio prosigue en voz más baja—: No se me va de la cabeza que mi nieto lo presenciara todo. Volvían de la piscina y al entrar me encontró tirada en el suelo, medio muerta. Y lo peor de todo es que justo ese día celebrábamos su cumpleaños, doce hizo el angelito, ese trauma no se le va a ir en la vida.

—Bueno, Araceli, no piense más en ello. Va a tomar una medicación nueva que le quitará los pensamientos obsesivos —a una señal la enfermera sale—. Es importante que siga mis indicaciones, que me haga caso.

—Sí, doctora, yo de usted me fío, aunque ya sabe que no quiero que me vuelvan a dar TEC. Me aterra el TEC.

—¿Quién ha hablado de darle TEC?

La enfermera vuelve con una pastilla y un vaso de plástico con agua. La mujer saca la lengua y la recibe, obediente, bebiendo el agua a pequeños sorbos.

—No sé, doctora, pero no dejo de darle vueltas a todo, a no saber qué hacer cuando llegue a casa, a que se me amontone el pensamiento cuando se me junten varias cosas, a que me dé la angustia y sienta que me quedo sin respiración que es lo que me pasa cuando me da la angustia, además, noto que estoy perdiendo facultades, ahora mismamente no sé qué día es, y me duele mucho la cabeza y siento presión en el estómago, aquí y aquí —dice tocándose el abdomen.

Araceli, iremos viendo poco a poco, todavía se quedará una temporada con nosotros, ya verá como la medicación nueva le ayuda. Ahora le vendría bien pasar al grupo.

—¿Pasar al grupo? No puedo, doctora, le juro que no puedo —dice la mujer con voz entrecortada.

—Y tiene permiso para salir con su hija por la tarde, tomarse un refresco.

—¿Salir? ¿Un refresco? Ay que no, doctora, que yo no salgo a ningún sitio.

—Bueno, mujer, igual por la tarde piensa otra cosa, yo le dejo firmado el permiso.

Cuando la mujer sale acompañada por la enfermera, la doctora se queda pensativa. No sabe qué más puede hacer. Conoce a Araceli desde hace años y el suyo es un caso muy grave. Escribe en el ordenador: Paciente atendida en consultas externas que ingresa tras nuevo intento autolítico. Sintomatología obsesiva de carácter crónico y ansiedad generalizada. Fobias de…

La luz que entra por la ventana del frenopático la deslumbra momentáneamente. Baja la persiana, luego sigue escribiendo.

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