Algunas canciones repetitivas repetitivas repetitivas

Al igual que la música rock, casi todas las artes (como esta obra de Warhol) han usado la repetición para enfatizar el mensaje.jpg
Al igual que la música rock, casi todas las artes (como esta obra de Warhol) han usado la repetición para enfatizar el mensaje. 

Por CARLOS DEL RIEGO

Una de las pegas que muchas veces se ponen al rock & roll es que suele tender a lo repetitivo, es decir, a insistir machaconamente con un estribillo, una frase, una secuencia melódica. Esa redundancia es, la mayor parte de las veces, mínima e incluso necesaria, mientras que hay canciones en que la repetición es casi su razón de ser, de modo que su gracia está precisamente ahí; pero también las hay que llegan a resultar cargantes por insistir obsesivamente en el mismo verso.

Muchas de las grandes canciones de la historia del rock usan la repetición, dentro de un límite, para enfatizar un mensaje, darle fuerza y contagiar al oyente, que termina por corearla. Sin embargo, no toda repetición da resultado, sino que ha casos en que termina por cansar e incluso molestar. Como casi siempre, unas veces la cosa funciona y otras no. Aquí van algunos títulos bastante conocidos en los que la insistencia tiene gracia y otras que no tanto.

Una de las primeras canciones basadas en la reincidencia es el clásico ‘Surfin’ bird’ que lanzó la banda de garaje-rock The Trashmen en 1963. Sobre un ritmo trepidante, la letra repite una y otra y otra vez “todo el mundo ha oído hablar del pájaro, pájaro, pájaro, pájaro es la palabra, ¿no sabes algo del pájaro?, todo el mundo ha oído hablar del pájaro, pájaro, pájaro, pájaro…”, y así es toda, toda la letra, bueno, rompe para hacer “papapapapapa, me me me, papapapa” y luego vuelve a las andadas. Lo curioso es la canción no cae pesada, al revés, se escucha con una sonrisa y con mucho ritmo en los pies. Llegó al número 4 de las listas; pocas veces un texto tan ‘intelectual’ ha llegado tan alto, tan alto.

Otra del mismo año que repetía y repetía era la versión de ‘Louie Louie’ (la original era de Richar Berry, de 1955) que The Kingsmen convirtieron en todo un clásico infinitamente adaptado y readaptado. A pesar de su texto absurdo, casi inconsciente, el FBI la investigó por entender mensajes subversivos (¿). Y eso que la mayor parte de la letra es “Louie Louie, me tengo que ir, ye ye ye, Louie Louie, me tengo que ir, Louie Louie, o baby, me tengo que ir”; además, habla algo de una niña que le espera, un barco que navega…, y ‘Louie Louie, me tengo que ir”. Suficiente para hipnotizar a cientos de artistas de todo pelaje, desde Bowie a MC5, de Frank Zappa a The Clash, de Tina Turner a Sisters of Mercy… Todos se divirtieron con tal simpleza. Y es que, cuando suena ¿quién se resiste, quién se resiste a corear lo de ‘Louie Louie, me tengo que ir’?.

Pero la cima del minimalismo vocal es el tema ‘Yeah yeah’ del grupo punk-pop The Revillos (anteriormente The Rezillos), una divertidísima banda escocesa que mezclaba punk, rock, pop, surf, new wave con mucho encanto y atractivo. Un ritmo arrollador preside el tema, cuyo texto es, exclusivamente, ‘yeah yeah’, un discurso sólo interrumpido por los redobles, los guitarreos y los gritos. Sorprendentemente, como son poco más de dos minutos de “yeah yeah, yeah yeah yeah’, tampoco cansa.

Una cuya frase-título llega a caer verdaderamente pesada es el ‘Why can´t we be friends?’ (1975) del grupo funk War, que la ideó con ritmo reggae; luego ha visto otras versiones, alguna acelerando hasta el ska, como la de Smash Mouth. Pero siempre se insiste en ese ‘¿Por qué no podemos ser amigos?’ El texto dice esa frase cuatro veces, luego un verso, cuatro veces, otro verso, otras cuatro veces…, y al final otras diez, veinte veces; en unos tres minutos de canción ‘Why can´t web e friends’ se escucha, se repite, se repite más de cuarenta veces, veces. Sí, es una repetición cargante (al menos para algunos).

Un grupo cuyas canciones tendían casi siempre a insistir machaconamente con una frase, a reiterar el estribillo hasta el fastidio era Police. Algunas de sus mejores canciones se antojan lastradas por una duración innecesariamente  larga, como si repitiendo y repitiendo buscaran superar un tiempo mínimo. Por ejemplo, en su primer Lp (1978), en temas como ‘So lonely’, dos palabras que suenan y resuenan a lo largo de los casi cinco minutos que dura, la primera vez unas quince veces, la segunda más de veinte; igualmente ocurre con ‘Roxanne’ que dice: “Roxanne, enciende la luz roja” seis veces, ocho veces seguidas…, en ocasiones da la impresión que no va a terminar nunca. El trío británico era propenso a insistir, reiterar, machacar frases como ‘Sending out an SOS’ en ‘Message in a bottle’, o el balbuceo de “De do do do, de da da da’, es todo lo que quiero decirte”. Tal vez en su momento la insistencia pasó desapercibida, pero hoy cansa (al menos a algunos).

También se puede recordar que en la música clásica no faltan ejemplos de reiteración obsesiva, como el célebre ‘Bolero’ de Maurice Ravel.

Sí, hay canciones que porfían y perseveran excesivamente en una locución. A algunas de ellas la insistencia no les cae mal, incluso forma parte de su esencia, pero a otras les sienta mal, verdaderamente mal. Tanto como a los condenados a repetir una y otra y otra vez unas elecciones…

Visita el blog de Carlos del Riego.

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