Calendario (35)

© Ilustración: Avelino Fierro.

Después de 125 entregas (y cuatro libros consecutivos, publicados en Eolas Ediciones) de su “Querido diario”, el autor leonés abrió nueva sección en TAM TAM PRESS, “Calendario”, asimismo ilustrada. Esta es su trigésimo quinta entrega, y la primera de este año 2020 que empieza:

CALENDARIO

35

Por AVELINO FIERRO

Niebla baja en las lomas, palomas aturdidas. Van tres días que llueve y el cauce del río se desmorona y viene el agua a dejar sus pasos de heridas leves más acá de las orillas. Mañana de sábado; diciembre. Miro los tejados empapados y quiero ir a otro compás del día. Versos sin agua y luces rojizas, letras de la sequía del verano que me lleven a otro mar tranquilo, a otra melancolía. Pensaba que para eso puede servir la poesía; “un estado térmico del lenguaje”, escribió Maragall. Y puede que de la vida. Estos instantes quiero que tengan otro brillo; aunque luego huya la luz, y sigan en esta habitación los cuajarones de sombra. Sé que esta guerra contra el mundo de ahí afuera acabará en derrota: goces desarmados y huidos, heridas abiertas y sangre en el barro, corazones echados al monte, fugitivos; melladas espadas. Mas sigo pugnando en esta hora desabrida: viene en mi ayuda la música, se despliegan más banderas, el bastimento en una reata de ingobernables mulos, jinetes del barrio alto que han oído la campana, tiernos animales antes de dormirse en invierno –raposas y comadrejas–. El halcón de Robert Penn Warren, alzado desde las protuberancias de la nieve, que sirve de guía a esta mesnada, y otros dioses inciertos (como esos que aparecen en un poema de John Burnside y que dejé citados en la página final de mi libro Contra tiempo, editado hace unos días). Qué deshilachadas son estas mis huestes, qué desvaídas. Qué inconscientes estos guerrilleros hechos de letras, estas partidas de bandoleros del, sin duda, amor. Van cantando hacia la muerte los muy tontos; como una sonrisa y otros destellos entre esta luz plomiza. Me arde la garganta –ayer me dobló la noche fría– y he mal dormido. Pero ordeno a los míos darse a la porfía. En carga cerrada hacia el centro del mundo, para abrir brecha en sus entrañas más guarnecidas. Suenan nuestros tambores y el pífano. Y leo en voz alta: “No con usada ala ni humilde iré, / cantor de doble traza, en el puro azul / bogando; ni en la tierra mucho / más moraré; y dejaré acá abajo / ciudades y odios”. Con los ojos semicerrados, gritando por el miedo, avanza la lírica y alada jauría entre esta bruma insensata. Una vocación imposible.

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