Calendario (39)

© Ilustración: Avelino Fierro.

Después de 125 entregas (y cuatro libros consecutivos, publicados en Eolas Ediciones) de su “Querido diario”, el autor leonés abrió nueva sección en TAM TAM PRESS, “Calendario”, asimismo ilustrada. Esta es su trigésimo novena entrega:

CALENDARIO

39

Por AVELINO FIERRO

No es casualidad que estemos escuchando en el coche a Peter Pears y al coro The St. Anthony Singers que repite ahora el inicio del aria “Wretched lovers! Fate has past”. Cualquier música antigua es un bien para sellar esta intersección entre el cielo y los bosques de hayas. Los sentidos no saben bien a qué responder: ¿Densidad? ¿Serenidad? ¿Ingravidez? No abarcamos estos espacios en los que vive una luz que rehúye el trato y esquirlas inesperadas. Y un ámbito de libertad que a mí me incomoda, que me obliga a tomar decisiones. Ni siquiera el gran Matsuo Basho describía los lugares grandiosos. Sólo sabemos ahora que es bien cierto que un venado nos está viendo pasar desde su espesura –“fulge con su presencia de cosa percibida, substancial pero ausente”, como diría Tomlinson–, o un gato montés; que los insectos de caparazón duro seguirán laborando la tierra como si nada. La carretera es una lengua gris que ondula hacia el valle. Después hemos caminado, hemos ascendido por la pendiente áspera. Manchas horizontales de niebla están abrazando el talle del pico más alto, que sonríe en su cumbre. Aquí estoy, parado frente a él. Cierro los ojos, cansado. Arrullo, mastico un deseo para que comiencen a brotarme alas, para que pueda subir hasta él; como lo hace ahora ese buitre con su vuelo elocuente. Sabe la montaña que la miro y a veces deja de estar quieta, se agita levemente hacia el oeste como mis pensamientos que van y vienen. En esta limpidez de los espacios desacostumbrados, cosas así suceden. La atmósfera es violácea o azul o de irisaciones acarminadas. Colores que no sé bien si son verdaderos o fisiológicos. (¡Cuánto escribió Carl Gustav Carus sobre la manera de pintarlos!). Canchales, plantas tercamente enredadas a la tierra y caprichos en el aire. Todo es tenue y robusto a la vez; brumas y eternos minerales. Y siempre se puede sentir ese diminuto movimiento, como un seísmo amortiguado. Como si el paisaje transpirase, tuviera su correlato con la naturaleza humana: tardes empapadas de soledad, inviernos de gris brillante, moteados inesperados –aquellos autillos que vimos en la noche posados sobre el calor del asfalto–, agrios olores de fondo de establo, luces que amedrentan, murmullos en el bar de Noel, júbilo ante un mar que aunque oscuro sea de nubes, el cintilar del fuego a través de los cristales cuando llegamos a casa…

1 Comment

  1. Reflexiones íntimas, poéticas, sobre el paisaje y el entorno de una tarde en plena naturaleza, que dan en una prosa delicada y hacia adentro, de un sostenido lirismo que no cae en merengadas blandenguerías.

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