Karen Carpenter cumpliría 70 años, aunque no vivió ni la mitad, siempre enferma, siempre infeliz

Karen Carpenter se definía como una baterista que cantaba.

Por CARLOS DEL RIEGO

Es la de Karen Carpenter una de las mejores voces de la historia del pop, dulce, perfectamente modulada, armónica…, y le salía de modo natural, aparentemente sin esfuerzo. Cierto que lo que cantaba suena hoy blando, azucarado, cursi, pero cuando se escucha a alguien que canta tan bien casi se pasa por alto lo que canta. El día 4 se cumplen 70 años de su nacimiento, de los que no vivió ni la mitad, arrastrando la enfermedad desde niña.

Cuando se escucha cualquiera de los muchos éxitos de The Carpenters (grupo formado con su hermano Richard), la voz de Karen Carpenter sigue sintiéndose como una caricia a pesar de que solían ser letras almibaradas y remilgadas y melodías suaves y repulidas. El cuatro de febrero de los corrientes se cumplen 70 años de su nacimiento, aunque sólo vivió 32 y, además, siempre afectada por la anorexia nerviosa y casi siempre infeliz. Tuvo la desgracia de ser de las primeras en padecer ese trastorno; de hecho, se dice que cuando murió los médicos sabían muy poco de los desórdenes alimentarios, e incluso que fue entonces cuando esta enfermedad empezó a verse como tal.

El origen de su padecimiento venía de la niñez. Su hermano mayor, Richard, fue algo así como un niño prodigio al piano y, por desgracia para Karen, el favorito de su madre, Agnes, que sólo tenía ojos para él. Karen sentía que su madre no la quería y que no se preocupaba lo más mínimo por ella y por sus problemas. Descorazonada debió quedarse cuando, en una de las primeras sesiones de terapia, el médico pidió a sus padres y hermano que le expresaran su amor, que le dijeran que la querían; el padre y Richard así lo hicieron sinceramente, pero la madre no sólo no se lo dijo sino que reprendió al médico por referirse a ella por su nombre de pila, algo que consideraba ordinario.

Cuando apenas era adolescente alguien tuvo la mala idea de decirle que parecía gordita (medía 1.65 y pesaba unos 60 kilos), algo que la afectó tanto que inmediatamente comenzó a obsesionarse por el peso y la dieta. Bebía litros de agua al día y apenas comía, así que pronto empezó a perder kilos hasta llegar a pesar unos 45. Pero nadie sabía qué le pasaba, nadie sabía qué era eso de la anorexia (una compañera declaró que no sabía ni cómo pronunciar esa palabra), por lo que poco se podía hacer.

Al parecer el origen de esta afección de Karen está en la falta total de cariño e incluso de la indiferencia de su madre. Tan es así que, aunque de niña ya cantaba y bailaba, jamás recibió un elogio o una palabra de apoyo, a diferencia de Richard, que siempre se llevaba todos los piropos y atenciones. Éste había formado una banda en secundaria, y cuando Karen entró lo hizo como batería, al fondo del escenario, en segundo plano; se convirtió en una baterista estupenda (a ella le gustaba decir que se consideraba una baterista que cantaba). Al deshacerse el grupo, Richard vio las posibilidades de un dúo hermano-hermana con ella como voz solista.

El primer disco de The Carpenters pasó sin pena ni gloria, pero el segundo (en 1970) fue un gran éxito; enamoró al público su pop suave con preciosos matices country y, sobre todo, la deliciosa voz de Karen, el buen gusto de Karen, la entonación melodiosa de Karen…, Richard se puso muy celoso, acostumbrado a ser él el centro de atención y tener que resignarse ahora a ser el acompañante de su hermana. Aseguran que a causa del recelo hacia ella se volvió adicto a los barbitúricos, e incluso que cuando ella grabó en solitario él se opuso a que se publicara el disco, que no salió hasta después de su muerte (eso sí, Richard siempre exigió los beneficios).

Ella seguía obsesionada por su peso y su aspecto. Hizo todo tipo de dietas, contrató un entrenador, tomó todo tipo de fármacos (laxantes, expectorantes…), pero nunca se veía delgada. Día a día iba encogiendo, consumiéndose de modo alarmante; se llegó a decir que tenía cáncer. En sus últimos conciertos la gente se espantaba, pues se podían señalar sus huesos uno por uno. Ella pensó que nunca gustaría: cuando estaba ‘gordita’ no gustaba, y ahora que estaba delgada tampoco. La pobre vivía en la infelicidad.

Convertida en estrella, muchos fans le escribían, algunos preguntándole cómo salir de sus problemas mentales o sentimentales, cómo dejar las drogas, cómo vivir con padres maltratadores… ¡como si ella lo supiera! En una actuación un tipo subió al escenario como si fuera miembro del grupo, y cuando fue desalojado a la fuerza gritaba que era el prometido de Karen… También solían presentarse desconocidos en casa de sus padres preguntando por ella con proposiciones matrimoniales, uno de los cuales no aceptó el no y se pasó la noche gritando el nombre de la desorientada Karen, que no sabía cómo hacer frente a todo.

Para su primera gira mundial, en 1975, se fijaron 50 fechas, agotándose todas las entradas en horas. Sin embargo, Karen estaba enferma y muy débil para echarse a la carretera: pasaba unas 14 horas diarias en la cama, así que los médicos le prohibieron terminantemente que se embarcara en la gira, que tuvo que ser cancelada (perdieron un dineral). Ahora añadía a sus problemas la angustia y el sentimiento de culpabilidad por los trastornos causados; además, un directivo de la discográfica la culpó públicamente de las pérdidas.

En 1980 conoció a un hombre de negocios llamado Thomas Burris con el que se casó a mediados de ese año. Tal vez el matrimonio y los hijos la sacaran de su jaula mental pues, además, ella estaba muy enamorada. Pero poco antes de la boda Burris le confesó que se había practicado una vasectomía, así que de niños nada. Angustiada, desesperada llamó a su madre para decirle que había decidido cancelar la boda; la gélida señora le contestó que de eso nada, que había gastado ya mucho en la boda y que ésta se celebraría. Karen cedió y se casó. El tal Burris hizo de ella lo que quiso, la manejó y manipuló (además de vaciar su cuenta corriente), ahondando más su desesperación. Al año se divorciaron, quedándose ella sola, sin familia, sin los deseados hijos, sin dinero…, sólo sentía tristeza y desesperación.

En el invierno de 1983 se convenció de que tenía que cambiar y comenzó a llevar un estilo de vida más saludable, dejó las drogas (casi todas inhibidoras del apetito) y aceptó una dieta equilibrada, con lo que fue recuperando peso paulatinamente (unos 50 kilos, cuando había estado en menos de 40). El día anterior a su muerte fue normal, comió con sus padres y por la noche se sentó a ver la tele. Richard la veía tan bien que pronto organizó el regreso de The Carpenters. Ya estaban grabando su duodécimo Lp. Dormía en casa de sus padres, en California. La noche del 4 de febrero de 1983 su corazón, debilitado por todo lo pasado, no soportó más esfuerzo y se detuvo. Tenía 32 años.

Cierto que siempre cantó pop suave y acaramelado, pero en su discografía brillan estupendas incursiones por el soft rock (rock suave) y el country; por citar sólo un par de títulos, imprescindible es su adaptación del ‘Jambalaya’ del gran Hank Williams, y el melodioso ‘Top of the world’. Pero por encima de todo está su voz, su exquisito gusto y su inigualable capacidad melódica. Tipos como Paul McCartney o Mick Jagger siempre dijeron que, cantase lo que cantase, lo hacía extraordinariamente bien, y que siempre sería una gran vendedora de discos. Acertaron: Richard Carpenter exigió en 2017 a la discográfica de The Carpenters dos millones de dólares por los millones de descargas digitales de sus canciones. La cosa se arregló sin juicio, o sea, pagaron porque se demostró que la voz de Karen sigue hechizando: el año pasado el vídeo del ‘Rainy days and mondays’ de Karen tuvo casi 30 millones de visitas.

De Karen Carpenter sí puede decirse que canta como los ángeles.

Visita el blog de Carlos del Riego

 

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