Desde mi celda (13)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor de “Querido diario” y “Calendario” prosigue con la sección epistolar que ha titulado “Desde mi celda”, y que con esta entrega cumple con el decimotercer día del confinamiento decretado por el Estado de Alarma que se extenderá al menos hasta el 11 de abril.

La sección continuará durante el tiempo que duren las medidas de contención del coronavirus que obligan a los ciudadanos a permanecer en sus casas, con el objetivo de reducir al mínimo las posibilidades de contagio y poder afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el COVID-19 en todo el territorio español.

Por AVELINO FIERRO

Miércoles, 25.– Hola, Sergio. Pensaba escribirte días atrás, para saber de ti y de tus niñas guapas. Para saber de tus asuntos poéticos. Y me he ido retrasando, perdona. Pero el índice de un libro me ha llevado de nuevo a ti. De vez en cuando me levanto de la silla de leer, de escribir, de mirar a los tejados y camino por la habitación de los libros. Me detuve en uno de Auden, Otro tiempo, y lo ojeé. Vi el dibujo que hice al final del poema “La ley como el amor”. Es una escena de la calle en la que vivo: una farola encendida –es de noche–, lluvia que cae sobre los coches aparcados y forma charcos, los contenedores de basura, un árbol sin hojas. Es invierno. El libro lo terminé de leer el 12 de diciembre de 1994. Imagino que lo leería de seguido, porque Auden siempre me ha gustado. Es una imagen, sin duda, de un día del diciembre de aquel año.

Hay otros. Un lector que se ha quedado dormido sobre la mesa, apoyando su cabeza entre los brazos; un libro abierto y la luz del flexo. Por supuesto, ese dibujo está al final de Canción de cuna: la ilusión nocturna muere: / que te roce el viento al alba / la cabeza soñadora… Otro más: dos amigos detenidos en una calle, al lado de una parada de autobús, mientras las hojas de otoño se revuelven en el aire. Y un retrato del poeta al final del libro. Su cara agrietada de los últimos años.

He visto también entre sus páginas la fotocopia de otra versión del poema “Blues fúnebre”. El traductor del libro es Álvaro García, y es su tono –si así puede decirse– al que estoy acostumbrado. Hay muchas diferencias. Mira ya los primeros versos. En el libro: “Parad vuestros relojes, descolgad el teléfono, / dadle al perro un buen hueso para evitar que ladre”. En la copia: “Detened los relojes y cortad el teléfono / Con un hueso evitad que el perro ladre”. En el tercer verso, “que callen los pianos, y al ritmo del timbal amortiguado”; “silenciad los pianos y a golpe de tambor”. Otro tanto sucede en el resto del poema.

Me gusta más la primera versión. Todo en la segunda parece que discurre a golpes, a batacazos: al perro hay que darle con el hueso en la cabeza y otro tanto hay que hacer con el piano. No sé inglés ni pienso levantarme a buscar el diccionario, pero apuesto a que muffled drum, es un determinado tipo de tambor, distinto del que aporrean los cofrades de nuestra semana santa.

Cómo me enredo, Sergio. Me acordé de ti, antes de todo esto que te llevo escribiendo, al ver el índice y encontrar allí las “Cuatro canciones de cabaret par Hedli Anderson”. ¿Recuerdas que la última vez nos vimos en un cabaret?, en la lectura de poemas de Mariano Calvo Haya, de su libro La madera que arde. El lugar, que no sé si conocías antes, sirvió para espectáculos eróticos y despedidas de solteros. He estado allí muchas veces, no en esos stripteases alocados de un presentador con rímel y ligueros, sino en actos culturales, sesiones de Dj’s, conciertos, homenajes o cumpleaños. Joder, algunas veces nos hemos retirado bastante tarde. Esa esquina, ese fondo norte, arropado por la cortina de destellos rojos, tiene mucho encanto. He presentado allí el libro de mi amiga Ruth, Unos cuerpos. El título ya dice bastante.

Esa misma noche te llevé hasta mi editor, Héctor. Mira que eres tímido y te cuesta arrancarte. Pero, al parecer, el ambiente favoreció el encuentro y al rato ya habíais llegado al acuerdo de publicar en Eolas. Y me hablaste de tus traducciones inéditas de Eugénio de Andrade.

En tu primer libro hay un poema, “Nocturno”, que me ha hecho recordar ese dibujo de mi calle. Hablas de una ventana que enmarca ese trozo de un mundo anochecido que los dos estamos contemplando.

Pero volviendo a W. H. Auden y al a veces tremendo embrollo de las traducciones, se me ocurre que podemos acabar incluyendo el poema completo. Es uno de los más conocidos. Así esta carta de tono privado y de difusión pública puede que sirva para meterles el gusanillo de la poesía a algunos. Copio la versión de Jordi Doce, que está en su libro Los señores del límite, una antología de poemas y ensayos de Auden. Hasta el título es otro: “Blues fúnebre”, habíamos dicho; aquí, “IX” (De “Doce canciones”).

Detened los relojes, descolgad el teléfono,
Haced callar al perro con un hueso jugoso
Y silenciad los pianos; con tambor destemplado
Salga el féretro a hombros, desfilen los dolientes.

Den vueltas los aviones con vuelo inconsolable
Y escriban en el cielo las nuevas de su muerte,
Que lleven las palomas crespones en sus cuellos
Y los guardias de tráfico se enfunden negros guantes.

Era mi Norte y Sur, mi Oriente y Occidente,
Mi día laborable y mi domingo ocioso,
Mi noche, mi mañana, mi charla y mi canción;
Pensaba que el amor era eterno: fui un crédulo.

No queremos estrellas; apagadlas de un soplo;
Desmantelad el sol y retirad la luna;
Talad todos los bosques y vaciad los océanos;
Pues ya nada podrá llegar nunca a buen puerto.

Hasta mañana. Un abrazo.

A.

2 Comments

  1. Me doy por aludido. Quizá conmigo lo consigas, y me entre el gusanillo de la poesía. No se si a consecuencia de esta pesadilla aflora mas la sensibilidad, pero este Blues fúnebre, me ha “llegao”. ¡Sigue intentándolo!

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