“Esperanza para un encierro”, un relato de Sol Gómez Arteaga

Fotografía: Ana María Loreto.

La escritora leonesa afincada en Madrid Sol Gomez Arteaga —cuyos relatos en la sección “Trazos de sombra, sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente, pronto saldrán a la luz en papel—, nos envía un relato muy de este tiempo que vivimos, fechado en el día 52 del estado de alarma e inspirado en su amiga aNa.

Esperanza para un encierro

Y entonces, bajo los soportales de la terraza del bar de pueblo, la oí alabar el olor de los tilos. Aquello me pareció providencial por dos razones: porque desconocía que hubiera tilos en la plaza de Gordoncillo, ni cómo eran, ni a qué olían, y también porque creo que no hay mucha gente que se fije en cosas así, yo al menos no conozco.

Ahora, siempre que paso por esa plaza, me fijo en los tilos. Además, tengo la suerte de ser su amiga.

A Ana, que me cuenta esta historia que es suya.

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Había dibujado un plato y dentro había escrito:

“El 12 de marzo estáis invitadas tú y mi madre a comer a mi casa ¿Te apetece? ¿Puedes?”. Debajo su nombre y su teléfono. A la derecha había diseñado un cuchillo y una cuchara a la que había pintado ojos y una sonrisa, a la izquierda el tenedor. Estaba satisfecha con el resultado de la invitación, le divertían muchísimo estas cosas y mientras las ideaba lo pasaba pipa. Pero no había llegado a dársela a su vecina Amparo, del 4º A, porque justo cuando lo iba a hacer vino el confinamiento. No daba crédito a las noticias que, una tras otra, cada vez más alarmantes, se iban sucediendo. El número de muertos y contagiados por el virus no paraba de crecer. A ellos se unían las recomendaciones del Gobierno de no salir de casa más que para ir a la compra o a la farmacia, guardando unas estrictas medidas de seguridad. Pero lo que la trastocó sobremanera fue la indicación de que los ancianos y las personas con patologías previas estuvieran lo más aislados posibles, pues se había demostrado que el contacto de esta población con el virus podía ser letal. Y esto, claro, afectaba a su madre, de noventa y cinco años de edad, también a su vecina Amparo, algo menor y mucho más autónoma, pero en todo caso de edad avanzada.

Mientras mira la invitación piensa en su madre, tan mayor, tan ajena a sí misma. Es lo que más quiere en el mundo y lo que desearía en estos momentos, en realidad lo desea siempre, es presentarse en su casa, que está a un cuarto de hora andando, besarla, abrazarla y volverse, pero sabe que no puede hacer eso, que eso es justo lo que no debe de hacer. El día de la manifestación abrazó y besó a un montón de gente conocida, sin imaginar que ya entonces podía ser vector de contagio, y dos días antes había estado –la sala abarrotada de gente– en la performance de la artista interdisciplinar que para conjurar traumas del pasado se había desnudado por fuera y por dentro. Ahora solo espera que esto que es como un mal sueño pase lo antes posible. Suena el teléfono. Al oír la voz de su vecina se queda cuajada.

—¿Eres tú, Amparo?

—Sí, ¿cómo estás?

—Bien, bien, ¿y tú? He estado buscando tú teléfono, pero no lo encontraba y tampoco podía tocar el timbre dadas las circunstancias —las palabras salen a borbotones.

—Yo estoy bien, Iana, encerrada, como todos. A las personas de cierta edad nada nos pilla por sorpresa. Además, ya antes no salía mucho. Mi hija me trae comida y compra, la deja en la puerta. ¿Cómo está tu madre?

—Bien, pero no puedo verla… ¿Sabes? El doce de marzo pensaba invitaros a comer a las dos, y hasta tenía hecha la invitación, te lo juro, aquí encima de mi mesa la tengo, y llamarte, también pensaba llamarte, pero no tenía tu teléfono, así que sabes la alegría que me da oírte.

—Ja ja ja… —ríe su vecina— No te preocupes, quien dice marzo dice mayo, nos juntaremos, lo celebraremos, apunta mi número.

Iana toma nota precipitadamente en un folio, al colgar se siente emocionada como si esta pandemia hubiera exacerbado aún más su acusada sensibilidad.

Mira el piano, cuyas clases había iniciado unas semanas antes y que debido a la pandemia tiene que postergar. Entonces se le ocurre y, sin pensarlo dos veces, también sin la protección de la mascarilla y los guantes, se pone el chaquetón, coge la invitación de la mesa, echa a correr escaleras abajo. Se detiene en el rellano del cuarto y la deja la invitación en el felpudo de su vecina. Toca repetidas veces el timbre y, sin esperar contestación, feliz de la travesura que acaba de hacer, sigue corriendo escaleras abajo.

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lana conoce a Susanna virtualmente. Sabe que vive en Madrid, en un bajo interior, diminuto y oscuro, sola. No tiene una ventana a la que salir a aplaudir a las ocho de la tarde. Por eso Iana, casi todos los días que se encuentra con ánimo, asoma a su ventana del séptimo piso y aplaude. Aplaude por su madre, por Ámparo, por su amiga, por la primavera que desde su galería situada al sureste se extiende más hermosa que nunca. Aplaude por la vida, y aplaude, también aplaude, por todos esos hombres y mujeres que este virus, que no entiende de piedad ni de humanidad, se ha llevado. El virus es cualquier cosa menos humano. Aplaude por la enfermera del bloque de al lado que no ve hace tiempo, por la cajera del AhorraMas, por la dependienta de la panadería que siempre le sonríe, que ahora le sonríe con los ojos. Aplaude por el matrimonio anciano que vive en el bloque de al lado y recoge en una cestita de mimbre, atada con una cuerda, las medicinas que le trae un hombre joven, posiblemente su hijo. Aplaude por sus sueños, aplaude por sus miedos, aplaude por este compás de espera que está viviendo, por tantas y tantas cosas. Aplaudir para Iana es una forma de desahogarse y lo hace, ella de por sí tímida, de forma estrepitosa. También saca fotos desde el móvil, y graba, esto último para su amiga. Intenta, de alguna manera, ser su ventana. Cuando le manda esas fotos o grabaciones, su amiga, aislada del bullicio de las ocho, le da siempre las gracias. Pero hoy le cuenta que un pajarillo se posó en el alféizar y estuvo piando un buen rato. Ella lo miraba y le contaba en un susurro, para evitar su huida, cómo se sentía esos días de encierro, hasta que de pronto el pajarillo elevó el vuelo y sin más, desapareció. Iana no sabe qué contestar, pero lo que dice Susanna le provoca ternura. Y le escribe, consciente de que a veces las palabras no llegan para expresar todo lo que uno siente, que se alegra mucho, que le manda ánimo y montones de besos y le da, como cada tarde que habla con ella, las buenas noches.

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No da crédito a la conversación que ha tenido por videoconferencia con su madre, si hasta se sabía su nombre, Iana, y que ella era su hija, algo impensable desde hace años, es más, en varias ocasiones su madre había llegado a afirmar que jamás había tenido hijos. Pero lo que más le ha sobrecogido ha sido cuando le ha preguntado si no iba a verla. Su madre, siempre tan ausente, tan ajena a sí misma, la echaba de menos. Le tiemblan las piernas de la emoción cada vez que resuena en su cabeza su vocecita diciendo: “Ay, hija, a ver cuando vienes”.

Luego ha hablado con Liliana, la cuidadora que la atiende desde hace diez años, y ésta también estaba sorprendida de lo lúcida y espabilada que la veía.

Desde que ha colgado, la cabeza no deja de darle vueltas, se mueve de un lado para otro de la casa recopilado fotos de los viajes que hicieron hace años juntas… París, La Toscana, Pompeya, Venecia, el Alentejo… Se pondrá a hacer un collage con ellas para mostrárselas a su madre en la próxima videoconferencia y rememorar ese pasado espléndido que vivieron juntas cuando era una mujer hermosa, vital, tremendamente cautivadora. Son tantas y tan variadas las fotos que ha encontrado y extendido sobre la mesa que no sabe por dónde empezar. De pronto se nota cansada, lo dejará para otro momento. Desde la galería acristalada mira el horizonte. Atardece. A lo lejos se extiende el campo imponente. Mucho más cerca se ven las antenas de los edificios donde estos días se posan las palomas. Esto es algo que antes no había pasado, si fuera así, ella lo habría advertido. La naturaleza estos días, ajena por completo a las desdichas humanas, parece apoderarse de los espacios vacíos, sin gente. Hace poco vio en la tele que unas vacas se habían acercado a la playa y, en una zona de serranía, un cervatillo cruzaba la carretera y paseaba tan tranquilo por la acera. En la última conexión que tuvo con Susanna, ésta le mandó una foto en la que un caracol diminuto se había posado en el rosal de la jardinera de su patio interior. Algo bueno, de retorno a la belleza perdida, tiene que tener esta situación horrible.

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Iana baja al garaje en el ascensor, coge el coche y se dispone a recorrer los seis kilómetros que distan hasta la casona vacía e inmensa en la que de pequeña pasaba algunas temporadas en verano. Si le para la policía no tiene ningún papel que justifique su desplazamiento, por eso ha pensado argumentar que ha recibido una llamada de su madre diciendo que no se encontraba bien. Si insisten, aclarará que padece una cardiopatía severa. El problema es si la policía decide acompañarla, en ese caso desmontarían su impostura y la multa podría ser gorda. Prefiere no pensarlo. Mira el cielo luminoso, sin nubes. Nunca antes había visto un cielo tan azul como el de hoy, o tal vez es que nunca se fijó con el detenimiento con el que lo hace ahora. Absorta en el horizonte llega a su destino y aparca entre la hierba crecida. Con la llave grande abre el portón, entra en el jardín convertido en un vergel inmenso y corre hacía los frutales. Cuando llega a la higuera se tira bocabajo, el contacto de la hierba húmeda en el rostro le produce alivio. Durante mucho rato se concentra en el olor a humedad y a tierra y a verde. Cuando se cansa se da la vuelta y con el fular que lleva colgado al cuello se limpia la cara, no sabe si por las lágrimas, por el rocío, o por ambas cosas. Se acerca a ver los lirios que crecen en grupo cerca del pozo, acaricia su suavidad malva y arranca algunos narcisos y prímulas que descubre en un recodo. Con ellos en la mano camina hacia la salida. Cierra la puerta y coloca el ramillete en la parte trasera del coche. Mientras circula por una carretera fantasma, se da cuenta de que el temor a la policía ha desaparecido de un plumazo. Si le paran les ofrecerá su ramillete y la mejor de sus sonrisas, como esa foto icónica de la chica de la flor enfrentándose a los soldados y sus bayonetas durante la guerra del Vietnan.

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En la videoconferencia, desde el principio, nota a su madre ausente, le habla pero no le contesta, pone el collage delante de ella, pero no reacciona. Está apagada, más apagada que otras veces incluso, como más pálida y sin brillo en la mirada. “Mamá, mamá”, le dice, “Soy Iana, tu hija pequeña, estoy aquí, al otro lado, muy cerca, casi puedo tocarte”. Pero la anciana no responde a estímulos. En ese momento querría ir a su encuentro, abrazarla, tocarla, besarle las mejillas hasta devolverle el color, apretarle las manos quietas. “Dime algo, mamá, algo como el otro día, ¿no me reconoces? Liliana intenta tranquilizarla, le dice que no se preocupe, que su madre está bien, que come como siempre, que tal vez la novedad de la pantalla del último día fue lo que causó esa reacción inesperada. Pero ella no necesita esas palabras, sabe que Liliana es, sin lugar a dudas, la mejor de las cuidadoras que su madre podría tener, no es eso, ella solo quiere, querría, un gesto. Con un gesto se conformaba.

Al colgar se queda muy fastidiada, y se echa a llorar desconsoladamente mientras las lágrimas caen sobre el puente de Rialto, sobre los Campos Elíseos, sobre las plantaciones de viñedos, de trigos y de girasoles de la Toscana… solo mucho después, se da cuenta que ha emborronando las letras de rotulador que formaban parte de ese escenario de esperanza que había tejido para avivar la memoria de su madre.

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Esta noche tuvo diarrea, al tomarse la temperatura el termómetro marcaba treinta y siete y tres décimas. Tardó mucho en dormirse y despertó a mediodía. Bajó al super a comprar plátanos y limones. Se hizo un zumo con los limones, volvió a meterse en la cama deshecha. Soñó que un árbol altísimo caía sobre una presa de riego, el estrépito la despertó y durante unos minutos notó que el corazón le latía apresuradamente. Se volvió a dormir y soñó que su madre se moría. Tras permanecer mucho rato sentada en la cama con la luz encendida, llorando, consiguió conciliar de nuevo el sueño. Esta vez iba conduciendo y a través del espejo retrovisor, veía un nido de pájaro que entraba en su galería y acababa acurrucado en su hombro junto a la almohada. Cuando ha despertado de este último sueño, mucho más reparador que los dos anteriores, tras dieciséis horas en cama, se ha sentido bien, incluso muy bien. La descomposición ha desaparecido como por arte de magia. Piensa qué va a hacer con tanto plátano y limón, a ella que no le gusta especialmente ni lo uno ni lo otro. Si acaso, bromea consigo misma, se hará un mojito, festejando el retorno a la vida.

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Mientras desayuna descubre una foto de su amiga Susanna olfateando un lilar con los ojos cerrados. Susanna le cuenta que salió a comprar y, al descubrir las lilas, se le ocurrió fotografiarse pensando en ella. Esto le da un subidón tremendo y cuando acaba de tomar café va a la galería, coge las tijeras de podar y, con ellas dentro de una bolsa de plástico, baja a la calle desierta. Se dirige con determinación al parque del Chantre y, saltándose la prohibición, se cuela dentro. Nunca antes se le habría ocurrido hacer algo así, pero esta pandemia, piensa Iana, está sacando cosas que desconocíamos que estaban en nosotros. Se acerca a los lilares que están en una esquina del parque y con las tijeras de podar corta varios ramilletes, hasta formar un generoso ramo que mete con cuidado en la bolsa. Regresa al portal depositando todas las lilas, menos tres ramitas, en el felpudo de su anciana vecina. Al entrar en casa pone música, coloca en un vaso de cristal tallado las lilas reservadas para sí, marca el teléfono de la vecina.

Su sorpresa es mayúscula cuando escucha:

—¿Iana? ¿Eres tú?

Sin esperar contestación, la anciana añade:

—Ay, hija, estaba buscando tu teléfono pero te has adelantado. ¿Sabías que las lilas son las flores que más me gustan? Y ese olor, hum, el olor.

Mientras participa de esa pequeña felicidad que ha dado a su vecina, piensa que hay esperanza para el encierro.

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