El cuaderno naranja (4)

Ilustración: F.

El autor de secciones como “Querido diario”, “Calendario” o, más recientemente, “Desde mi celda”, regresa a TAM TAM PRESS con una nueva sección, bastante singular, que titula El cuaderno naranja”, con textos reelaborados “a seis manos” a partir de las páginas de un diario (un “cuaderno naranja”) que le ha sido entregado por un amigo …

Por AVELINO FIERRO

Cuando las luces se apagaron y comenzó la música, yo estaba allí arriba, en el anfiteatro. Los brillos atenuados de la gran lámpara de cristal parecían estrellas y yo, solo, como muerto, con los ojos cerrados a veces, podría estar en el cielo. Me emocioné; me puse a llorar. La música. Sonaba en ese momento esa especie de fanfarria costumbrista sobre toros, toreros y el destino. Sentí vergüenza por conmoverme tanto con esos sones.

De esas cavilaciones me sacó el dolor en un pie que se había quedado trabado entre dos butacas de la fila delantera. Cuando se construyó este coqueto teatro puede que los habitantes de la ciudad fueran liliputienses. También me puso en mi sitio la orquesta: después de los primeros compases, empecé a extrañar la obertura. No la interpretaban igual a la que yo estoy acostumbrado, la que suena en mi disco, la de la Orquesta Nacional de la Radiotelevisión Francesa, dirigida por Sir Thomas Beecham, una grabación de 1958, con Victoria de los Ángeles y Nicolai Gedda.

La música. Nos llega como el aroma de la rosa que hace que Don José reviva el primer encuentro con Carmen. La fleur que tu m’avais jetée. Nos entreabre las glándulas de la memoria. Aunque ese mecanismo es extraño, no se sabe bien cómo funciona. Ya digo, puede también suceder con el “chispún” de una banda de pueblo, o yo mismo podría palpitar (E da quel di tremante) al oír los “Doce cascabeles” que cantaba Joselito y que era la canción –junto con “Campanera”– que me pedían de niño en el pueblo. Uno, de chico, tenía buena voz.

Volvimos de la ópera el mismo domingo desde la ciudad norteña, ya de madrugada. Estaba nevando y tomamos la autopista y no la carretera nacional, pensando que pasarían las máquinas quitanieves. No había ninguna; posiblemente habían estado y se habían escondido ya en sus hangares. Ahora, cuando veo alguna, no puedo dejar de acordarme de unos versos de Reginald Gibbons. Las luces destellantes de una quitanieves raspando el firme después de medianoche por un momento laten en el cuarto del narrador. Los únicos poemas que conozco de este autor son tétricos e invernales; aparecen en mi memoria con los primeros copos de nieve.

Ahora ya es lunes, temprano, mientras escribo en este cuaderno de tapas naranjas y escucho el ruido de los tacones de la vecina de arriba, que también ha madrugado. Me llega el sonido de su orina al caer sobre el agua de la taza del wáter, la oigo perfectamente, hay mucho silencio. Luego oigo discurrir otros líquidos. Aguas sonoras –casi torrentes– cuando el no ruido reina en los edificios. Componen a veces melodías como esa de las flautas y cuerdas del inicio del segundo acto de Carmen.

No he dormido bien. He desayunado leche con Nescafé y esas galletas que compré el otro día, hojaldradas. Son una bosta; tocan el líquido y se deshacen formando un engrudo. Sé que las tendré que comer yo todas, y eso que compré muchas, demasiadas, tres cajas, no sé si para quitar el cuidado o por si se desata una guerra y tenemos que atrincherarnos con víveres suficientes. Las comeré yo, porque a mi mujer no le gustan y con las cosas del desayuno es un poco maniática.

Para no despertarla he subido al baño de arriba. El pis me huele raro. Recuerdo haber leído hace tiempo que algunos chinos te adivinan las enfermedades y saben todo de ti por los meados. Algo de cierto habrá: ayer, mientras cenábamos varias personas en un restaurante tras el concierto, me disgusté por una conversación en un aparte con mi mujer. Por eso saldrían mis orines más cabreados. Luego me he sonado con mucho cuidado, para que no me sangre la nariz. Llevo unos días acatarrado y en alguna zona reseca de la pituitaria se abre una pitera al menor esfuerzo.

Me he limpiado los dientes con un dentífrico nuevo, que se anuncia como un blanqueador garantizado. Es mentira. Todos cuentan mentiras. Los políticos, los vecinos, los videntes; nosotros mismos nos mentimos para consolarnos; mentíamos ya en la infancia cuando traíamos calificaciones del cole menos excelentes o llegábamos tarde a casa. Miro mi dentadura, cada día más amarilla. Ahora que lo pienso, no sé si los chinos tienen los dientes blancos. Y yo estoy lleno de fluidos y engrudos incontrolados: el pis, la sangre, el sarro.

*

Todo eso que acabo de redactar, Tomás, es una guarrería. Me ha hecho pensar en el libro de John Kennedy Toole, La conjura de los necios. No sé por qué, porque no lo he leído. Me lo regaló mi amigo E. M., en la navidad de 1984. Alguien me contó que el personaje del libro era un tipo muy descuidado con la higiene.

Imagínate esos párrafos anteriores como si fueran el arranque de un capítulo en el que el narrador es el de una novela psicológica o autobiográfica. La música, una personalidad inestable –esos lloros por nada–, conflicto de Edipo mal resuelto, la infancia, el cuerpo y sus fluidos. He leído hace unos días El fin del arte, de Donald Kuspit, sobre los artistas posmodernos. En él se habla continuamente de narcisismo y nihilismo, de pseudolocura, del arte imitando el de los niños y de los objetos encontrados como derivados anales y ejercicios de desublimación regresiva, la obsesión de muchos creadores del post arte por los excrementos al no estar seguros de su creatividad… Estoy en la onda, ¿no?

Estaba escribiendo acompasado a tu relato. Voy leyendo tu novela biográfica por la página cincuenta y seis. Cuentas que los días de insomnio sales a caminar cuando todavía es de noche. A oscuras y seguro por la secreta escala disfrazada, dice el poeta. Yo soy noctámbulo, pero eso no lo hago. Hoy te contaré cómo fue mi día de ayer, para que veas la rutina de un funcionario en una pequeña ciudad del interior, en una capital de provincia. Cuando me jubile puede que mis paseos u ocupaciones se parezcan algo a los tuyos. Algunas cosas las veo imposibles, como ir a la biblioteca dejándome recomendar títulos por la bibliotecaria. He ido acumulando tantos libros durante tantos años… Tampoco podría viajar en metro, ni ir a la orilla del mar a ver a una mujer en gabardina que deja que la lluvia empape su pelo e imaginar qué emociones la zarandean por dentro. Me perderé esa imagen de la película francesa de los setenta, en blanco y negro. Un gran travelling y música de Georges Delerue.

Puede que todo esto te resulte tedioso, pero creo que es un buen ejercicio si quiero escribir algún día una novela. Habrá situaciones que no desemboquen en nada, pero al final tendremos un escenario y algunos personajes. Han ido apareciendo hasta hoy los arrabales de la ciudad y mi amigo Mariano, las calles del centro y la escritora y su amiga, el peluquero… Y si todo acaba empantanándose tendré que seguir el consejo de Mittelmark/Newman en su manual de errores de escritores, que recomiendan emplear la siguiente técnica de arranque inmediato: “Escoge una escena de acción clave y empieza tu novela con ella, introduciendo a tu protagonista cuando este ya se encuentre en medio de un conflicto apasionante, a fin de atrapar de inmediato al lector”.

Y no sé si eso será necesario. Porque a mí me está gustando tu personaje, tu novela sin intriga, la historia de tus días. Quizá yo pueda expresar algo parecido. Eso sería bastante… Como dicen los autores que te acabo de citar, un escritor sólo tiene un trabajo: hacer que el lector siga leyendo.

A lo que íbamos. Salí de casa hacia la oficina a las ocho y pico de la mañana. Dando vuelta a la esquina, accediendo a la avenida, estuve a punto de chocar con un jubilado enfundado en una trenca indescriptible; luego casi tropiezo con un joven que tenía cara de ir a atracar un banco y con una chica negra envuelta en telas de colores. La gente va deprisa, quizá por el frío; también porque apresura el paso en este tramo que se ha estrechado por las obras en la residencia de ancianos. Llegan muchos pequeños al cole. Hay madres muy guapas, estoy ya a la altura de un colegio de pago. Algunas llegan en grandes coches de marca; una le hace un gesto feo al del camión de reparto de cervezas como si no tuviera derecho a estar allí, trabajando. Pero todo está bien. Los niños corretean soltándose de la mano de sus madres, abuelos y mucamas cuando ven a sus compis; gritan, se empujan, se frotan, parecen ternerines. Lo hacen ellos y ellas; a esas edades no hay distingos, predomina la efusión animal sobre la distancia cultural. Ya vendrá el tiempo de lo grupal. A su lado vuelan hojas movidas por rachas de viento frío.

En la librería cercana a la catedral ayudo a Karin a levantar la trapa. Me ha llegado el libro de Annie Le Brun. Leí la reseña en El País, parece que le da algunos palos a varios gerifaltes y santones del arte contemporáneo. Viene en la solapa una foto de la autora, que recuerda a esa actriz francesa de los ochenta, pelirroja… Reparo en la portada de un libro que está en el escaparate, sobre manuscritos que los editores rechazan. Pienso si será mi caso y toco madera.

Un inciso sobre este asunto. Quiero que algún día me cuentes cómo llegaste a recalar en esa editorial de fuste. En el Manual de la Gotham Writers’ Workshop se dan consejos en el último capítulo. Hay ejemplos de guías de mercado del mundo editorial, información sobre concursos, becas y premios, los agentes literarios… Bueno, todo esto es ahora un poco prematuro. Tengo además a ese colega en el trabajo, mi amigo Avelino, que lo ha tenido bastante fácil. Él, sin duda, me podrá aconsejar (aunque hace unos meses le hablé de un cuento que tenía escrito y me dijo: “Haz como Chejov, dale otra vuelta, vuelve al punto de partida; antes de la versión definitiva en papel las frases deben permanecer en la cabeza un par de días para que adquieran cuerpo”. Hasta hoy).

Sigamos con nuestro paseo. En el puente sobre el río vi a S. Hablamos, contamos anécdotas sobre un magistrado fallecido el fin de semana. S., abogado, melena y pelo teñido, me relató dos o tres sucedidos de la vida profesional del fallecido. Graciosos todos, y dejando en buen lugar a nuestro finado en el aspecto profesional. El viento racheaba inclemente sobre el Puente de los Leones; en el embalse rizaba la superficie del agua. Las peñas del norte tenían sus hombros arropados con una mantilla de nieve.

Pasé la mañana en la oficina. Soy funcionario del Ministerio de Justicia, Tomás. A veces –aunque mis “clientes” suelen ser mayores de edad– tengo que echar una mano a mi compañero Avelino con los menores delincuentes. Bueno, la ley dice que los llamemos menores infractores. Te imaginarás que ahí tengo un filón para escribir. Nunca lo he hecho, no sé por qué. Podría sacar libritos como aquel abogado –no sé si laboralista– de la época franquista, Vizcaíno Casas, contando anécdotas del día a día. O escribir dando consejos para jóvenes desnortados, un best-seller. Ahora está de moda un jurista alemán. A mí me regalaron su libro Crímenes; sólo recuerdo a una chica que tocaba el violonchelo en una bañera. A la gente le gustan las truculencias y las miserias. Mira lo de ese niño –lo hemos visto estos días– que se cayó en un pozo desde más de sesenta metros de altura, y lo han tenido “vivo” casi dos semanas en las televisiones y en los periódicos para que a la bomba del culebrón truculento no se le apagase la mecha, para que la audiencia no decayera. Yo estoy pasando por algo parecido, y los periodistas que se han enterado llaman a la oficina a diario. El caso es que despacho papeles y asuntos para mí profesionalmente rutinarios, pero que para la gente del común, bien aderezados, serían todos de gran interés comadrero, verdulero y cotilleante.

Ya para finalizar, te contaré algo. Ayer apareció una abogada en mi despacho. Había sido alumna mía en la Escuela de Práctica Jurídica. Venía con la hija de una amiga, que empezaba a dar problemas y que repetía que “los actos de los jóvenes no tienen consecuencias”. Esa frase denotaba al menos cierto grado de reflexión. Le dije a la señora abogada que yo no estaba allí para reñir a nadie ni soltarle monsergas. Insistió. Salí a la sala de espera. Encontré sentada a una chica de dieciséis años, guapísima, enseñando las rodillas. Esos vaqueros muy rotos, que siguen siendo moda. Ah, y los tobillos al aire, que eso es tendencia este año.

Le solté el discursito de marras; creo que quedó bien mi monólogo dramático. La abogada me dio las gracias. Y allí, entre expedientes, y mirando de vez en cuando hacia un patio interior con cuatro árboles tísicos y el suelo lleno de excrementos de palomas –en la Audiencia tengo un despacho en un piso alto desde el que se divisa la ciudad, pero cuando vengo a este edificio de los juzgados me han asignado un apeadero escueto–, pasé el resto de la mañana. Salí a tomar mi café tardío, solo, pidiendo para acompañarlo una tapa salada: oreja o morro, no recuerdo, con mucha salsa. Esto puede que le hubiera satisfecho al guarrete de Ignatius Reilly, el personaje de La conjura. Compré un paquete de tabaco. Ya no recuerdo si, camino de casa, paré a tomar algo.

Dormí la siesta, como siempre. En la mesita de al lado de la cama tengo ahora un libro de Rilke, un autor esencial. Pero este no me está gustando. Son cartas que va escribiendo a su madre por Navidad. Lo único que me atrae es que están fechadas y señalados los lugares o ciudades del remitente. Yo voy poniendo chinchetas en un mapa imaginario de la Europa de aquel tiempo. Una época que me interesa.

Y también está el Diario político y sentimental de Umbral. Este texto me lleva treinta años atrás. Desfilan personajes de mi quinta por sus páginas. Dice U.: “La pluralidad instantánea de la vida, ese exceso de belleza no atendida que anda errante por el mundo, la dispersión de las emociones, notas de color que no caben en la novela en marcha ni en ningún otro libro”.

Eso –escribe– es lo que debe contener –y para lo que se hace– un diario íntimo. También cuenta que de lo que se trata es de anotar por la mañana, como muy tarde, lo que se ha vivido la noche anterior.

Yo pretendo escribir, como ya te dije, una novela; y creo que no iré muy allá, que lo que me saldrá es un diario. En estos primeros tanteos es lo que hay: uno está “haciendo dedos” en este cuaderno naranja, buscando localizaciones –la ciudad sobre todo– como hacen los cineastas, ojeando posibles actores para el casting (ya tenemos varios: Mariano, la escritora y su amiga, el peluquero, la niña que enseña las rodillas…). Luego vendrá lo complicado, la trama, los diálogos, la voz. La voz, tío, si es que te dicen que tienes que escoger hasta una “voz” que trabaje en armonía con el punto de vista elegido, con la personalidad del narrador y con la distancia emocional de este con la historia. Y luego queda el montaje. Ya te dije que Fitzgerald era bueno en esto. O eso dicen los manuales. Yo no me veo diagramando los distintos episodios, como hizo en aquel esquema que incluyó en El último magnate. De algún libro de F. recuerdo haber anotado una frase: “Para ser artista hay que combinar el egocentrismo de un demente con la claridad de pensamiento de un Flaubert”.

En fin… Si me sale una novela con muchos personajes lo de los diagramas se lo dejo a los lectores, que lo hagan ellos para aclararse. Eso le ocurrió a mi mujer: hizo un esquema con Vida y destino, de Vasili Grossman, para al final, al acabar de leer el libro, ver que eso lo había incluido el editor en las páginas finales (la familia Sháposhnikov, los colegas de Víktor…). Veremos en qué acaba el intento. Puede que ni novela ni autobiografía ni diario. O que demos a luz algo extraño. ¿Por qué no? Igual los estudiosos dicen algún día que inventé un nuevo género literario.

Trabajé en casa por la tarde; eso suelo hacerlo a diario. Paré un rato para llevar un paquete a la oficina de Correos cercana. Era un libro de poesía. En su día leí una reseña sobre él en una revista –Estación Poesía­­– que despertó mi interés. A través de un amigo extremeño lo encontré, aunque no resultó sencillo; con decirte que lo editaban en “Ediciones Liliputienses”… Eran poemas escritos por una mujer, agazapada tras un seudónimo. Muy leída, con citas interesantes –intertextualidad lo llaman–, de esos poemas que dicen de la escuela de la experiencia, tragedias personales o francachelas o intimidades sin ñoñerías, amarradas y grapadas con humor, con una ironía bien destilada. Adolescentes, amores, borracheras, ternuras, electrodomésticos que no funcionan y lívidas madrugadas. Lo llené de dibujos. Conseguí la dirección de la autora gracias a mi amigo, que le hizo saber también mi intención de regalárselo “iluminado”. Por las señas a las que se lo envío es lo que me imaginaba: una profesora de instituto. La poesía está hoy en manos de filólogos y profesores, no me cabe duda.

Volviendo de la estafeta, y quizá influenciado por ti, entré en un súper chino un tanto cutre. Está al lado de un bar al que voy con frecuencia porque sirven unos callos estupendos. Nunca había entrado allí a comprar nada. Cogí un bote de fideos. Lo tengo aquí a mi lado mientras escribo. No me atreví a dejarlo en la cocina para no oír los comentarios de coña de mi mujer. Es un recipiente de cartón, modelo caldero, bonito, digo hortera, con letras de color rojo. Me costó uno con cincuenta. Se prepara –me dijo la dependienta– echándole agua hirviendo y está listo en tres minutos. Cambió el que yo había elegido –me lo quitó de las manos– por otro menos picante. Le pregunté si ella era la madre de un niño de unos diez años que va mucho por el bar y al que le hacen fiestas todos los parroquianos (la mayoría son abuelos que van a jugar la partida y a los que tiene encandilados: se ven a sí mismos de pequeños, con ojos más rasgados). Ella dijo: “¿madre?, ¿qué es madre? Ese niño es mi hijo”. Empleó esa dicción intermitente y entrecortada, un poco espasmódica. Entre la grafía exótica y su lenguaje pueden inspirarme una novela de ambiente oriental, algo similar a Viento del este, viento del oeste, de Pearl S. Buck que todos leímos de adolescentes. Pero como los fideos se me atraganten soy capaz de ir a protestar, o de llevarle mis orines para que los analice.

No me acordé en esos instantes de ti y de tus lugares chinos en Barcelona, sino que recordé a un amigo, Manu, que ha muerto hace tres o cuatro meses. Un día llegó al bar de al lado trayendo en su bolso productos de la tienda que me fue mostrando; uno de ellos eran unas sopas de este tipo.

Di mi paseo nocturno. Lo hago desde hace años por prescripción facultativa. Hay poca gente por la calle. Es enero, hace frío; el frío y la cuesta de enero: mal mes para el comercio y los bares. Encontré a unas amigas. Era tarde. Paramos a tomar unas cervezas y a picar algo en un local de la calle Cervantes, bajo un toldo y arrimando el hombro a unos calentadores de gas. Luego quisieron arrastrarme a la Jam Session del Gran Café, pero cuando habíamos llegado a la puerta me agarré a mí mismo de la pechera y me di la vuelta; habría sido un error –casi la perdición– dejarme llevar un día cualquiera de entre semana por el canto de las sirenas. Saludé a Bea, que recogía en el Ékole la mesa alta de salir a fumar. Evité otros dos pubs. Llegué a casa. Mi mujer estaba dormida en el sofá, sin demasiada mala postura. En la tele parlaba Bernard Henri-Lévy, al que escuché durante unos instantes decir cosas razonables. Mueve mucho los brazos, gesticula. Me gustó oír las palabras francesas. En la cama leí a José Jiménez Lozano; sus últimos diarios, de los años 2016-2017. Antes, de aperitivo, tres poemas de un poeta brasileño en una revista de literatura. J. L. también intercala poemas entre su prosa. En estas páginas que leía, medio adormilado ya, aparecía este que me gustó y te copio. Buenas noches.

ECOS

Nada tiene ya peso ni medida
después de Kolymá y Auschwitz.
Pedagogías y teorías de género,
todo es levedad, pavesa,
caña seca, ecos lejanos
de los pasos del antiguo mundo,
que ha huido con la pandilla de Aristóteles
y los otros grandes. Pero
se dice que el cuco se ha quedado
y está en alguna parte oculto.

Ilustración: F.

 

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