La falsa muerte de Hilario Franco

Hilario Franco (en cuclillas, segundo por la izquierda) con compañeros de facultad y generación, en una bodega a las afueras de León, en febrero de 1981. (Carlos Suárez es el que está fumando, segundo por la izquierda arriba).

Por CARLOS SUÁREZ GONZÁLEZ

Quiero suponer que Hilario Franco ha logrado extender la sospecha de que ha muerto, inventando uno más de esos artificios literarios que le fascinaban, haciéndonos creer, a la manera de Harry Lime en “El tercer hombre”, que ya no está. Ha aprovechando la confusión, la distancia y el desarraigo de una época similar a la Viena de 1947 para fingir una desaparición que en realidad llevaba décadas tramando, urdiendo con la misma puntillosa obsesión con la que escribió y corrigió interminablemente su Índice de índices.

No hay otra explicación para el hecho de que durante años errara a través de una geografía que dibuja la línea de fuga de prófugo: León, Madrid, Granada, Villacañas, Villafranca de los Caballeros…, que se fingiera ilocalizable o remoto, se refugiase en una vida de ermitaño o anacoreta, incluso emprendiera esa deriva final que acabó alejándole de muchos de sus amigos, forzando a conciencia la separación de quienes le queríamos.

Del mismo modo, quiero creer que no descarta reaparecer, entre otras cosas para maldecir este obituario necrófilo que desvela su impostura, que planee dejarse ver en las cloacas de Viena, una cueva del Sacromonte o la bodega a las afueras de León –todo bajo tierra– donde le conocí, el mismo día que a Eloísa Otero, hace la insoportable cuenta de cuarenta años.

Creo recordar que vestía chaleco y aspecto de exiliado y creí advertir en su voz un deje sudamericano o caribeño que anticipaba el modo en el que Silvio Rodríguez se convertiría en la banda sonora de aquellos años. No había logrado aún, pero anticipaba ya la apariencia derrotada y raída de Roberto Bolaño que terminaría por adquirir. En la foto que plasma ese día llevamos ropa con hombreras, cuellos interminables, telas a cuadros. La imagen sin embargo miente: éramos hermosos e inmortales, rabiosamente libres, iconoclastas empeñados en una rebelión edípica contra el padre –los santones de la literatura leonesa contra los que arremetimos en aquellos Doce puntos contra la impostura–, obcecados en un esfuerzo adolescente y estúpido que sin embargo nos hizo de algún modo ser quienes somos.

Recuerdo de aquellos días las cenas en su piso de Ordoño III, huevos con tomate y chorizo y vino –de nuevo– de bodega; la publicación de Garabatos, en 1981, que escribió fascinado por la poesía de Ernesto Cardenal; el alzado a mano con Jaime Torcida de los libros de Margen, aquella insensata y artesana editorial; los programas de radio de Aula Negra con Ignacio Fernández; la incursión en el cine con Esther Frías de protagonista y la cámara de Juan Campal; sus continuas e inútiles batallas en la universidad, la sensación de que elegía deliberadamente el lado de los perdedores; su casa de la calle del Carmen; el viaje a la locura con Jacinto Santos al volante de un Capri, con la inconsciencia de quien sabe que no va morir.

Luego emprendería una larga travesía como editor, primero al frente de Margen, donde publicaría Temblando de palidez (1982) de Jacinto Santos y El hundimiento del Kizilirmak (1984) de Juan Carlos Pajares. Después, con el sello editorial de PonteAérea Compostela-Sacromonte daría a la luz su Diccionario de palíndromas (1993), con su soneto Somos seres solos, único, irrepetible, tan propio de él que nadie más podría haberlo escrito. Le seguirían Geografía, de Ignacio Fernández Herrero, La medida del trance, de Elena Soto, Cartas Celtas de Eloísa Otero bajo el seudónimo de Georgina Arenas, Posturas pra copular en homenaxe de Xosé-Luís Méndez Ferrín (todas ellas en 1993) y Vela de la luz, de Margalit Matitiahu, en 1997.

Para entonces era ya Franco Bastelo, al que en realidad no sé si conocí. A la geografía de prófugo, había sumado el uso de heterónimos bajo los que enmascararse preparando su fingida huida. La vida, esa sucesión de caminos que se bifurcan, había acabado por separarnos, convirtiéndolo en una presencia esporádica que comenzaba a alentar conjuras de jázaros y ajedrez, estableciendo esa distancia que daría carta de verosimilitud a su futura y fingida desaparición.

Durante un tiempo pensé que tras recalar en Villacañas, su relación con Virginia Felipe y el nacimiento de sus dos hijos, Sofía y Gregorio David, pondría fin a ese empeño, pero no fue así.

Siguió reapareciendo intermitentemente, con la inseparable carpeta que portaba su Índice de índices, alimentando el mito de un libro de un único ejemplar e infinitamente corregido y reescrito, y relatando su primera muerte, el tiempo incontable que permaneció en coma hasta que un ángel –un policía de la comisaría de Leganitos llamado Ángel– le rescató del Averno, el relato literaturizado con el que anticipaba y trataba de dar por adelantado credibilidad a su segunda muerte.

Palíndroma, Sacromonte, jázaro. Sé que cada vez que vuelva a oír cada una de esas palabras, de esas entradas de su Índice de índices, pensaré en él inevitablemente, que su recuerdo permanecerá ahí hasta que todos, como él, finjamos estar muertos.

:: SOMOS SERES SOLOS, su soneto palindrómico*

Palíndromo viene del griego palin (de nuevo) y dromos (pista de carrera). Es decir, carrera en círculo. Y significa palabra o frase que se lee igual de izquierda a derecha, que de derecha a izquierda. Hilario Franco publicó en el año 1993 un Diccionario de palíndromas en el que incluye un soneto propio creado con esta técnica:

somos seres solos

seda de los ayeres, las edades,
adivinas, acaso, pero nada,
ladera nueva, usada malla y yo
vara, peso natural, ropaje de más.

el arte, la leída nota, damos,
azul sabor la sed, amarga nauta,
lunática morada de los solos,
soledad, aroma, cita nula.

tú, anagrama de sal, robas luz,
asoma dato, nadie, la letra lesa
me deja por la ruta, no se para,

voy ya, llamada suave, una red
alada no reposa, casa nívida,
seda de sal, seré ya soledades.

Hilario Franco: Soneto uno solo. Incluido en el Diccionario de palíndromas. Letra para colocar aparte; editorial PonteAérea, Compostela-Sacromonte, 1993.

[*Tomado de El establo de Pegaso, el blog de ELENA SOTO].

— — —

Y esta es mi manera personal de recordar a Hilario Franco Bastelo, con una foto datada en mayo 1981, cuando éramos hermanines, amigos incondicionales, de los que ya no quedan ni hay. El tiempo pasó, pero todo aquello forma parte de lo que somos, de lo que fuimos, sin duda de lo que seremos… es decir… n a d a (como aquél ‘Libro de la Nada’ o ‘Libro de Nada’ con que abrió sus ediciones Ponte-Aérea Compostela-Sacromonte, trazando líneas aéreas invisibles entre amigos de allí, de allá y de acullá). Te eché mucho de menos y seguiré haciéndolo (tú: aquel Hilario de pelo largo… yo: aquella Elo que decidió cortarse el pelo…) / Eloísa Otero e Hilario Franco en La Candamia, León, mayo 1981.

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