Avelino Fierro: “La Plaza del Grano era antes un ser vivo, respiraba…”

PALABRAS PARA LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO
DE PEDRO GÓMEZ SOBRE LA PLAZA DEL GRANO

Por AVELINO FIERRO (23 de mayo de 2021)

Buenos días. He acudido gustoso a este acto porque me lo ha pedido mi amigo Pedro. También me pidió hace unos meses un dibujo de la plaza para la portada del libro, “un dibujito sencillo”, creo que dijo.

Ese era un buen comienzo —pensé yo—, porque podía haber optado por alguna ilustración de más fanfarria, más colorida, más del gusto actual. Creo que estábamos de acuerdo en que había que partir de cierta sobriedad, cierta modestia, para atrapar con la ilustración la idea, ese aire puro y sutil que un día tuvo esta plaza.

Esta plaza discreta, vieja, esta plaza de pueblo. No sé si lo he conseguido, pero ahí está en ese frágil dibujo a pluma, la plaza de siempre. Sin esos bancos de piedra alrededor de la fuente, que se añadieron hace años y no hacían ninguna falta. Y con algún vacío en el empedrado, con alguna calva, como siempre tuvo. Eso que de vez en cuando se arreglaba. Ahora hay que decirlo con la boca grande y el tono de más empaque: se restaura.

Ese arreglar, ese conservar es para algunos ir aplicando parches. Pero conservar, dice el diccionario, “es mantener, guardar, hacer que una cosa dure en su sitio o que dure en buen estado”. Lo cual a mí me parece razonable. Aquí casi podría hablarse de reconstruir, porque lo que ha habido ha sido una destrucción, se arrasó la plaza. Me dicen que también se modificó la altura del pavimento, un pecado mayor para los que entienden de estos asuntos.

“Contar las piedras, como se haría con las joyas de una corona; poner centinelas a su alrededor, como se haría con las puertas de una ciudad asediada”. Esta frase de John Ruskin puede que la tuvieran en sus mentes los ciudadanos que durante días montaron guardia a primera hora de la mañana, para impedir que las máquinas entrasen. A ellos, a los Guardianes de la Plaza, van dedicadas también estas palabras.

No pudo ser, porque desde hace tiempo las autoridades desoyeron la propuesta de declararla Bien de Interés Cultural para su adecuada protección, así como la de su conservación, con materiales y operarios a la vieja usanza y también más económicos.

Todo se hizo sin ningún respeto por lo histórico ni la continuidad del pasado. “Nada puede en verdad detener la hemorragia del aura”, decía un autor al que yo leía en aquellos días, en un libro sobre ciudades históricas, su conservación y desarrollo.

En ese libro se citan también opiniones de nuestros escritores del 98: “En las ciudades antiguas uno se oye vivir”, decía Azorín. Y Unamuno y Baroja tenían palabras de amor a la ciudad arcaica, como un lugar a través del cual alcanzar el pensamiento sublime y creativo.

Pero no, todo se va perdiendo. Se sigue arruinando el vuelo y suelo de la ciudad, autorizando chiringuitos aéreos en el casco histórico, o se recurre a la estatuaria, que muchas veces nos deja de lo antiguo sólo el mal gusto. Los munícipes andan todavía pensando que se recobra la historia y se apuntala el presente colocando ese desparrame de reyes rancios, momias, pérgolas, jardineras de madera, de hierro, de cemento con colores chillones, bancos inhóspitos como los de la Calle Conde Rebolledo, macetas gigantes, estatuas como la de la plaza de Santo Martino, indicadores de todo tipo, colorines en el pavimento y en las luces de los edificios a la manera de cualquier club de carretera, farolas isabelinas, relojes absurdos, monolitos de piedra… Y lo que, al parecer, amenaza por venir. Todo eso habla bien claro de una estética de barraca de feria, pero ya digo: las barracas y sus bombillitas están bien en su momento y lugar. Y habla también de ese horror vacui, de ese ansia de llenarlo todo, de ese grito pequeñoburgués y presuntuoso, como dijo hace poco un cronista local.

Esta es una ciudad medieval; no es, ni será nunca Córdoba ni Babilonia. Por favor, dejen de maltratarla. La ciudad no es suya, es de todos. Yo, y muchos de los que estamos aquí, conocemos a los responsables. No dudamos de que puedan albergar buenas intenciones, pero eso no da derecho a nada. El infierno está empedrado de buenas intenciones. Deberían ser respetuosos y cautos, porque sus ocurrencias se nos imponen de forma totalitaria y perenne.

Que los autores abandonen sus delirios de escenógrafos. Los hemos elegido para que piensen en todos los ciudadanos, en el bien común. Sean gestores y nada más, buenos servidores públicos. Hagan que esa perezosa administración local plagada de funcionarios funcione. No tengan favoritismos. Aparquen esas prácticas de botafumeiro y cofradía. Dejen de externalizar servicios. Miren de vez en cuando hacia los barrios. Trabajen para que la ciudad y la provincia tengan presencia en la política autonómica. Y fomenten las artes y la alta cultura, que nos mejoran a todos.

Esta plaza era antes un ser vivo, respiraba, podíamos sumarnos a esa vida que latía si uno sabía escuchar. Yo vine aquí muchos días y noches a oír el silencio, a sentir la nieve, a ver el brillo del agua en los cantos rodados.

Visiones de la plaza las encontramos también en estos versos del libro Lápidas: “Era el mercado del silencio. Las enlutadas posaban su patrimonio de quilmas y el día descansaba en la quietud de rostros calificados por sargas y recuerdos más blancos que las legumbres ofrecidas ante los ábsides…”. Imágenes de un tiempo antiguo.

Qué disparate es hoy todo este descuido, este esperpento de geometrías y pinturas —como escribió un buen amigo—, esta estética de feria y despedida de soltero.

He acudido gustoso a este acto por la invitación de Pedro. Pero he intentado no volver a este lugar. Ni tampoco a otros. Me expulsan de ellos, de calles, rincones y plazas. No sé si no acabaré empadronándome en Las Batuecas. Nada más. Puede que haya mucho dramatismo en mis palabras. No os las toméis demasiado en serio y disfrutad de la jornada y de la lectura del libro de Pedro, que hace un excelente recorrido por la historia de esta plaza y hace propuestas serias de futuro, más allá de su conversión en un mar de terrazas, que la iguala a cualquier otra de la ciudad, olvidando su carácter singular y su valor patrimonial.

Salud a todos, salud.

La Plaza del Grano en una foto tomada el domingo 5 de febrero de 2017. Foto: E. Otero.

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