Días de 2021 (5)

Ilustración: Avelino Fierro.

Año nuevo, vida nueva. Avelino Fierro —autor de secciones como “Querido diario”“Calendario”“Desde mi celda” o El cuaderno naranja”— continúa con su nueva sección en TAM TAM PRESS bajo el epígrafe: “Días de 2021”.

Por AVELINO FIERRO

Casi pasamos de largo. La entrada, comida y oculta por la maleza; una enredadera con extrañas flores blancas había trepado por la cancela de hierro. Pero allí estaban el candado y la cadena y las inscripciones en los pequeños azulejos, ya con algunas letras reventadas por inviernos y veranos.

Dejé el coche en el camino estrecho bajo los manzanos. A tientas lo acerqué, porque la hierba disfrazaba el sendero marcado con cantos rodados. Unas peonías carmín y rosa hacia la izquierda todavía destellaban, pero habían conocido, sin duda, mejores momentos. Ahora parecían cortesanas, con la cara embadurnada de colorete, pestañas postizas y joyas para el cuello con arrugas; querían disimular a toda costa esa vejez que ya les iba llegando.

En la vieja hornacina de la entrada, junto a la virgen labrada por algún canteiro tomaba el sol un pequeño lagarto verde esmeralda. Ese pequeño altar llegó, al igual que la Dama y los corzos de piedra del prado alto, desde Galicia hace ya años. En el agua de la fuente los árboles se estaban mirando. Me detuve bajo el sauce japonés de pelos encrespados y algo enfermo, con su ceño fruncido y pensando. Si hay rumores en esta floresta cuando nosotros no estamos, él será seguramente el elegido para dirigir la orquesta de abejas, mirlos, aves que siembren aquí sus querellas, viento en las hojas y hasta ladridos de mastines que se cuelan desde la finca vecina.

Entre los aligustres del camino y pisando margaritas que alfombran la grava, subimos a la casa. El portón olía a madera húmeda, los serones exhalaban aromas de heno mojado. Abrimos la galería y algunas ventanas. Todo sonaba extraño; las juntas emitían crujidos como voces de niño, y otros goznes y las contraventanas eran un despertarse tras el sueño, labios que se entreabren. El sol tendió sus rayos, filtrando primero el polvo suspendido, tocando luego las baldosas y los cuadros… y los aperos del almacén, y el lomo de los libros, y las colchas de las camas. En el silencio se oyó el tintineo de los brillos de la luz sobre el juego de café que está en el aparador de madera de castaño. Moscas muertas cayeron sobre el suelo de la cocina al mover la persiana grande; como hojas secas, leves cual espíritus negros, almas liofilizadas.

Extendí sobre la mesa los periódicos del domingo. Y los dos libros que habíamos llevado: La vida privada de los impresionistas, de una documentadísima Sue Roe, y Claros del bosque, de María Zambrano. Y en el poyete fui dejando el arroz hervido y el tomate, atún, pepinillos y aguacate para hacer una ensalada. Y una lata de sardinas portuguesa. Y cervezas y unos pasteles, unos merengues enormes con hojaldre.

Busqué la tumbona de rayas blancas y añiles desvaídos, que siempre me traslada a aquella playa de Normandía, de cielos de cristal líquido. La coloqué bajo las ramas del abeto. Nubes aborregadas, un milano planeando, silencio. Miré a lo lejos. Sentí esa esquividad y apartamiento del solitario monte que me agrada, como escribió Garcilaso.

Desplegué el suplemento dominical del periódico, titulado y dedicado al alma de las cosas. Pero lo que veía eran bolsitos, cremas revitalizadoras, relojes y lámparas. Y una cocina de diseño italiano en la que aparece, al lado de las letras de la marca, una leyenda en inglés “Kitchens, living and BathRooms”. No entiendo nada. Zumba un abejorro. Le susurro al aire confidente. También el movimiento andante de ese cuarteto de Ravel que Mar ha seleccionado me debilita. Una avena extrañamente rechoncha y crecida marca la rotación de la sombra en la tierra reblandecida. Chiribitas de colores me empapan las pupilas. Tiemblo y callo.

No sé el tiempo que ha pasado cuando oigo murmullo de visitas y de entre ellas, acercándose por el aire, reconozco las respiraciones de Teresa de Ávila y Mark Twain; la voz de Mar pidiéndome que vaya a buscar una botella de vermut. Como un funambulista, por el delgado alambre de la circunferencia de este pedazo del mundo van mis pasos; pasos de un sueño al mediodía en el umbral del verano.

1 Comment

  1. Hola, buenas tardes, cómo me gusta leer este empiece de relato me sitúa en un sitio muy entrañable, creo no equivocarme pero me da igual si no es el que pienso yo estoy muyfeliz, me viene a la memoria muchos ratos muy agradables con personas a las que tengo un especial cariño y disfruto recordando. Lo leeré entero, si ya está en las librerías lo compraré. Un abrazo con todo mi cariño. Lo

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