Días de 2021 (11)

Ilustración: Avelino Fierro.

Avelino Fierro —autor de secciones como “Querido diario”«Calendario»«Desde mi celda» o «El cuaderno naranja»— apura la publicación de sus entradas en la sección que abrió este año que ya está a punto de terminar: «Días de 2021».

Por AVELINO FIERRO

Después de viajar a Valladolid con Mar y Manilla, a la presentación de Calendario, se sucedieron algunos días sin sobresaltos. Aunque escudriñando en ellos, algún brillo o detalle iban dejando en nosotros. Porque cada amanecer viene con los ojos pintados y la raya de rímel no sigue siempre el mismo trazo, o el carmín de los atardeceres no llega a los mismos rincones cuando el crepúsculo se humedece los labios. Sin duda por eso, en su Cancionero, Unamuno escribió: “Si cada día que pasa / nos dejase su canción, / nuestra canción cantaría: / Todo es nuevo bajo el sol”.

La semana siguiente, el viernes 10 de diciembre, vino a nuestra ciudad José Ignacio García, porque se presentaba en la Sala Región el libro de cuentos sobre la Navidad, que él coordina. Se abrió el acto con la proyección de unas imágenes en homenaje a la escritora Elena Santiago. Luego se pasó a un coloquio con los cuatro colaboradores que habíamos subido al estrado. Yolanda Nava explicó el por qué y cómo nació su relato. Rubén G. Robles, militar de profesión y con destinos variados, sobrevoló el planeta Tierra, desde Malí a Estrasburgo, pasando por esas regiones más allá de los Cárpatos, y leyó su cuento, en el que Boris Abalian pierde la voz. Luego, Vicente Muñoz respondió al por qué de la proliferación de tantos escritores en esta provincia, tan dejada en todos los demás asuntos. Yo también hablé sobre eso mismo y me encorajiné un tanto, despotricando sin ton ni son. Menos mal que leí un texto cuyos párrafos finales me sirvieron de sosiego. Dicen así: “En esas meditaciones anduve hasta que llegó la hora de la cena. La luz del ascensor era trémula. Tomó el color de un baño de plata, como el que tenía el curso del río que poníamos en el Nacimiento. Y no paraba de ascender, muy lentamente. Qué extraño. Pensé en las Navidades de mi infancia. Apreté muy fuerte los ojos porque vi que iban a escaparse las lágrimas; esas lágrimas contenidas que viene bien tener a mano por si de pronto muere alguien a quien amas o trae el viento los recuerdos. El ascensor seguía subiendo”.

Era el relato de un paseo nocturno por los barrios de las afueras de la ciudad, el día final del año. De un tiempo anterior a la puñetera crisis sanitaria. De cuando también las noches nos tocaban en el hombro, o nos susurraban historias, nos querían decir algo.

Tras la presentación, la comitiva de plumíferos nos fuimos a tomar algo a un restaurante cercano. Aquello se enredó bastante, no sé por qué ni cómo. Yo esperaba la llamada de unos amigos –o la de mi mujer, en segunda convocatoria–, pero no se produjo.

Desde el comedor llegaban las voces de una de esas cenas previas a la Navidad. Me asomé un par de veces; vi que eran jóvenes exacerbados, gritones y atrapados por todas las urgencias y precariedades de esa edad. Algunos pasaban delante de nosotros cuando salían a fumar. Yo le decía a Isabel, a mi lado: “Mira, fíjate bien; de estos no se salva ninguno, no encontraríamos a ningún justo, no lee nadie”. Y me entraban ganas, a medida que el alcohol me mellaba y engrandecía, de entrar en el comedor y pegar cuatro voces (“Todos al suelo”) y obligarles a escuchar la lectura de mi cuento; al fin y al cabo lo que yo había escrito trataba sobre una cena de amigos en el diciembre del año pasado.

Era tarde cuando salimos. Quedábamos cuatro. Yo me ofrecí a acompañar a los amigos vallisoletanos hasta su hotel, la hospedería de un templo románico. De nuevo los curas, olvidándose de las almas del cielo y de los pobres de la tierra, seguían con una de sus ocupaciones preferentes de los últimos años, hacer caja, recaudar y recaudar para sobrellevar las penas en este valle de lágrimas. Bueno, al menos el aparcamiento era gratuito.

Pero cuando íbamos a despedirnos y ellos ya traspasaban el gran portón de madera del hotel, divisé las luces de colores del bar de Chisco. Amaneceres, atardeceres y ahora nocturnidades… Allá nos encaminamos. Y resultó que estaban Óscar y Álex, y Jean Paul y Guzmán, al que no veía hace tiempo. Y una chica de pelo rojo que cada poco ensayaba algunos pasos de baile.

Acabamos tarde. Rubén se fue hacia El Ejido, tricotando sobre la estrecha acera. Yo, para mi barrio. Todavía a esas horas encontré a un repartidor de Glovo sentado en su patinete, en cuclillas, con el rostro caído entre sus brazos, la luz intermitente del piloto brillando a su lado; un desnortado, meando a los pies de esa escultura fea que está en la plaza contigua y con la que parecía estar hablando. Y vi al clochard de la oficina bancaria. Cualquier día –ya que tengo allí unos ahorros– pediré que le apaguen los focos para que duerma un poco mejor; yo no pegaría ojo con esa luminiscencia blanquecina e hiriente, que te hace parecer todavía con menos lustre, muy demacrado. Hacía frío; la luz era cruda, amarga. Me quedé un rato mirando. La estrella que sirve de anagrama a ese banco brillaba sobre el durmiente. Aquello era un pesebre de la modernidad, la pobreza entre las fauces del capital financiero. En un poema de navidad de Brodsky se lee: “no habrá estrellas sobre tu cabeza, acaso sólo el ronco bramido del viento”.

Al día siguiente no pude ver rímel ni colorete en el rostro del amanecer; me levanté tarde. Cuando miré el teléfono, vi que en la noche me había escrito un wasap Eduardo. Quería que fuera a sustituirle poniendo discos en la sesión vermú del Tula Varona: Nerea, la camarera estaba enferma y no acudiría al trabajo.

Así que seleccioné algunos singles. Todo resultó bien, creo. Tuve la precaución de no beber. El ambiente era estupendo dentro y fuera, en esta mañana de un día de invierno soleado. Allí estaban Alberto Quiroga y su señora y una amiga, que coreaban a los clásicos de los setenta. Y Olga y Marta Proserpina, y Llagaria y Gabriel y Héctor y Ana. Y Piedad, y Susana Fidalgo. Y Cristina y Diego también, con una jaula repleta de pájaros. Hasta llegaron Sergio F. Salvador y sus tres amigos norteños –Chisco, Fon y Tabo–; unos chicos que me leen, dijo. No pude hacerles mucho caso. Las canciones cortas de Bambino, Los Sirex, Los Mustang o Los Bravos me tenían sujeto a la mesa de mezclas y los platos. Sólo “Eloise” de Barry Ryan, me dio un respiro.

Y a eso de las cuatro y media Berta, la dueña, me obligó a tomar algo, para acabar con la fiesta y felicitarnos porque todo había rodado y sonado bien.

Convencí a Mar para entrar en el súper y comprar un arroz precocinado. Resultó ser una insulsez. Pero en todo hay que ver el lado bueno, no andar buscándole tres pies al gato, ni mirar tanto a las nubes, por si te vienen desde allí las musas y te ayudan en algo.

Antes de dormir la siesta, todas las imágenes de estos últimos días fueron pasando una tras otra, ordenadas y con buen tono, como en el vídeo homenaje a Elena Santiago. Eso me sucedió mientras leía ese librito de Luis Landero, Tumbados y resucitados. No me iba a morir, por supuesto. Pero viví momentos parecidos a los que describe en su texto. A Dostoievski le condenaron a muerte y, cuando le quedaban sólo cinco minutos de vida, decidió aprovecharlos. Y recordó los episodios más importantes de su infancia en quince segundos, y también otros muchos sucesos secundarios y rescató del pozo de la memoria el recuerdo de gentes que había conocido vagamente en un pasado remoto. Eso en cuarenta y cinco segundos. Los más de cuatro minutos restantes le parecieron una eternidad. Cuando le conmutaron la pena por unos años en Siberia, decidió vivir toda la vida con la intensidad delirante con que había vivido esos cinco minutos.

No lo consiguió, entre otras cosas porque eso no hay cuerpo que lo aguante, escribe Landero. Un poco como el escritor ruso, en meditaciones parecidas, entre recuerdos que se agolpaban y propósitos de enmienda me encontraba yo cuando el librito se posó suave sobre mi rostro y mis ojos se cerraron.

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