Días de 2022 (1)

© Fotografía: Avelino Fierro.

Avelino Fierro —autor de secciones como “Querido diario”«Calendario»«Desde mi celda», «El cuaderno naranja»«Días de 2021»— inicia, con esta entrega, la publicación de sus entradas en la sección «Días de 2022».

Por AVELINO FIERRO

28 de enero.— Soy un yonqui. Trato de negármelo a mí mismo. Pero bien sé que no he podido resistirme, que estoy irremediablemente enganchado. No estoy hablando del tabaco; en unos días se cumplirán los dos años en que dejé de fumar ayudado por aquella infección de garganta, tan bronca, persistente y desusada que le llevó a decir a Carmen –mi amiga y médico de referencia– que probablemente me había infectado con ese virus que nos sigue teniendo sojuzgados y entristecidos. Que me había contagiado antes de que lo supieran incluso los chinos. Yo he dado por buenas sus palabras. Al fin y al cabo, no es malo ser el primero en algo, destacar.

Pero no hablo del tabaco, esa droga tan adictiva y versátil: si estás acelerado, te templa; si estás decaído, te da un puntito de fervor. Es estupenda. Fumar es un placer y te añade sofisticación si juegas con las volutas de humo. Hay que saber hacerlo; no puedes dar la impresión de que es algo que necesitas como el aire que respiras, sino que lo dominas, que jugueteas con el vicio.

A mí me gustaba. Y fumaba lo necesario para procurarme esos gramos adicionales de felicidad. Además, obligado por la alergia de mi mujer, nunca he fumado en casa. Igual soy un espécimen digno de estudio; un adicto que lo es dependiendo del lugar de consumo, pues ante la estricta prohibición no sentía necesidad de echarme ese pitillito tan placentero después de comer, después del primer café de la mañana; en la cama, después de… En esa actitud de respeto, he llegado a salir a la terraza de casa a desvestirme completamente en alguna noche heladora de invierno, para no dejar rastro alguno del humo que venía abrazado a mí después de unas horas de juerga.

Así que he cogido algún catarro. Y puede que no haya llegado a ser tan buen escritor como algunos predecían, me ha faltado ese algo más, esa vuelta de tuerca que me habría llevado a ese selecto club de candidatos a algún premio importante o a ingresar en la Academia. Me ha faltado el adjetivo. Y la literatura –decía Azorín– está en el adjetivo. Y la adjetivación inteligible, clara y precisa está ligada al fumeque.

Esto es así. Y lo contaba bien Josep Pla en aquellas entrevistas “a fondo” con Joaquín Soler Serrano en 1961. Voy a la fuente y cito extensa y literalmente. A la observación “Lía usted muy a menudo sus cigarrillos de tabaco negro, pero observo que pone usted poco tabaco”, el escritor respondía: “Sí, porque tengo una enfermedad de corazón, y usted sabe que hay tres grandes enemigos, que son la nicotina del tabaco, el alcohol y la cafeína del café. De modo que los médicos me han prohibido estas tres cosas. Pero no he podido dejar de fumar. El acto de fumar está muy unido a la adjetivación literaria. Mientras uno lía el cigarro está pensando el adjetivo que ha de utilizar. Y si no fumo, la cosa me resulta muy difícil. Por eso fumo de diez a quince cigarros al día, debido simplemente a los adjetivos”.

Esto es así. Pero no se lo reprocharé nunca a mi mujer. Tengo claro que es preferible cuidar de su salud que andar cortejando a esa otra que te puede enganchar para luego darte calabazas, que se puede escurrir entre los dedos como el humo: la gloria literaria. Una tarea que puede también ser ardua, amarga, insatisfactoria. Lo cuenta Pla: “Me pregunto de qué color es la lluvia. No he encontrado ni en la Biblia ni en la literatura griega ningún adjetivo. Los autores se abstuvieron. Haremos lo mismo en nombre del aticismo. Cuando no se encuentra el adjetivo, es mejor, es decisivo dejarlo”. Esta frase no sé a cuál de sus libros corresponde, yo la tengo anotada en un viejo cuaderno de anillas. Al igual que otra, en la que describía de forma magistral la luz del final de una tarde cayendo sobre las verduras del huerto.

Pero no era de todo esto de lo que yo quería hablar. Quizá si lo hubiera escrito fumando un cigarrillo no me habría ido tanto por las ramas. Quería hablar del teléfono móvil. En algunos artículos en materia jurídica sobre el mundo de la tecnología digital, me he calificado como ciberescéptico; durante mucho tiempo no tuve móvil. El que me acompañó unos años fue un Bic, que creo que se podía comprar en gasolineras y supermercados por unos dieciocho euros, y que me regaló mi amigo José Suárez. Yo estaba encantado con aquel cacharrito que servía para llamadas y mensajes, y hasta tenía un ojito de cíclope infantil que permitía hacer fotos en las que los resultados, los rostros de los retratados, recordaban a las caras de Belmez. Eran para mí los usos esenciales y suficientes de la nueva tecnología.

No sé bien lo que sucedió. El caso es que comencé a usar otro y luego otro, el actual, uno barato, un armatoste de la marca Huawei. El fin de semana pasado el wasap dejó de funcionar. Alguien me dijo que el señor Donald Trump se había enfrentado a la compañía china y que esta no podía utilizar los servicios de Google. Tampoco me dejaba instalar la aplicación del servicio regional de salud. Esto último ya me había incomodado hace unos días, cuando al entrar en un restaurante de la costa asturiana me habían pedido “el pasaporte”. Yo pensé que no habíamos ido tan lejos, que estábamos en territorio español. Caí al instante en la cuenta. Afortunadamente, el dueño fue comprensivo y pudimos disfrutar de aquellas almejas, un revuelto de oricios y una lubina gloriosa.

Pasé mal el fin de semana. Estuve inquieto, incómodo, y creo que en las noches del sábado y domingo, en las que no paré de dar vueltas en la cama, aparecieron unas décimas de fiebre y ciertos temblores. No tenía mi dosis.

El lunes, aconsejado por el hijo de un amigo, acudí a primera hora a un establecimiento del ramo decidido a comprar un Samsung de ciento y poco euros, con dos años de antigüedad, dimensiones razonables y sistema operativo no problemático. No lo tenían en esa tienda, tardarían un par de días en recibirlo. No podía esperar tanto. La dependienta me dijo que un técnico que había trabajado con ellos se había instalado por su cuenta allí al lado.

Crucé un pasaje, subí por una escalera exterior hasta el primer piso. Me adelantó un muchacho joven, alto, con coleta, con mochila. Y abrió una puerta de madera esculturizada. Entré tras él. Era el titular de aquel negocio de nombre sofisticado e impronunciable. Le entregué mi teléfono. Se puso a cacharrear en él. Ni siquiera había encendido la luz, pero la estancia era muy agradable; tenía su microclima. Le dije que me parecía estar en Berlín porque aquello, no sé por qué, me recordó a algunos espacios alternativos de esa ciudad, a algunas tiendas en las que bibelots, efectos vintage, mesas de tablero con un retoque mínimo de chapa y pintura, plantas, luces de neón…, creaban un ambiente práctico, sostenible, ecológico y razonable.

Al poco me devolvió el teléfono. Entendí que me había instalado el wasap bajándolo desde una tienda virtual, y en pantalla también apareció el anagrama de la sanidad pública. No me quiso cobrar nada. Le entregué un billete de cinco euros con el ruego de que lo aceptara. Y le prometí que le haría publicidad, que contaría que allí, en el complejo urbanístico de Santo Domingo, en el centro de la ciudad, había alguien que podía devolverte sin traumas de nuevo a la sociedad, te permitía volver a encarar la vida con confianza y autoestima.

Comencé a ver los mensajes atrasados mientras hiperventilaba. En la plaza asomaba el sol entre las nubes. Iba tan enfrascado que casi me llevo por delante al ciego que vende lotería en la esquina. No dejé de caminar mientras pulsaba las teclas. El scroll del móvil está basado en el trazado de máquinas tragaperras, porque están específicamente diseñadas para mantenerte pegado a ellas el mayor tiempo posible. Eso, la teoría y todas las advertencias, me lo sé al dedillo. Pero en aquellos momentos me importaba un pepino. Aunque es cierto que pensé que no estaría mal –como me sucedía con el tabaco– que me obligasen a dejar el móvil en el cajón o colgando de una cuerda en la terraza, cuando llegara a casa.

*

Libertad ha cumplido catorce años. A veces viene a comer con nosotros. Un poco a deshora, tras una clase particular. Algunos días tiene de plato principal lasaña. Y puede que vea en la tele, mientras come, un capítulo de Friends.

Hoy llegaba, como ocurre ya desde hace unos meses, con su vestimenta de skater. Zapatillas de tela (aunque haya temperaturas invernales), pantalones anchos tipo baggy pants y sudadera –dos tallas más grande– con motivos alusivos a la pertenencia a su grupo de iguales. Le dije que me enseñara la camiseta: llevaba una imagen del grupo musical Radiohead.

Radiohead es una banda británica formada en 1985. ¿Qué hacía esa niña con esa camiseta? Bueno, no sé, también escucha a veces a J. S. Bach y este es un músico más entrado en años. En fin, cuando acabó de comer le puse “Creep” en el ordenador, el primer sencillo del grupo. Y luego escuchamos en el tocadiscos algunas canciones de OK Computer. Hizo los deberes de Lengua y cuando se iba, me preguntó: “Ave, ¿tienes el disco del plátano de la Velvet Underground? Le dije que sí y que casi me parecía el mejor disco de los últimos 50 años. Le mostré mi viejo LP, tan cuidado, sin embargo.

Otro día, con más tiempo, escucharemos juntos las canciones. Y le contaré alguna historia, porque la teoría es importante. Cómo se vinieron a juntar esos cinco, apadrinados por un tal Andy Warhol, para acabar debutando en un instituto de Nueva Jersey y cobrar setenta y cinco dólares. Cómo Nico, tan guapa y enigmática, teclea el armónium en la canción que más me mola, “All Tomorrow’s Parties”. Cómo el otro europeo, John Cale, tocaba la viola y venía de estar con un músico tan vanguardista como La Monte Young. Cómo Maureen Tucker tocaba de pie la batería con un chunda-chunda simplón y monótono, y Sterling Morrison la guitarra rítmica. El letrista era Lou Reed –aquí haré un inciso y sacaré de la estantería varios LPs suyos; estaré obligado a contarle que su Rock&Roll Animal, junto al L. A. Woman de los Doors, y el Brown Sugar de los Rolling fueron mis tres primeros discos grandes–, influenciado por su maestro Delmore Schwartz, al que le dedicó la última canción del disco, “European Song”, que apenas tiene texto y que acaba con ese ruido de cristales rotos.

Le contaré que la foto de la contraportada muestra al grupo sobre la proyección de la película de Warhol, Chelsea Girls; no le diré que el nombre proviene de un librito sobre sadomasoquismo; le hablaré de que algunas de las canciones –como confesó Maureen Tucker tiempo después– no se correspondían con sus vidas; no le daré la tabarra con lo que cuenta Alex Ross sobre la banda en su libro El ruido eterno, aunque puede que le lea el final de ese texto: “Tres meses antes de la publicación de Sgt. Pepper’s, The Velvet Underground había tapado el boquete que existía entre el rock y la vanguardia”. Al final, si veo que Libi ha estado atenta y ha disfrutado de la escucha, puede que le deje tocar mi disco, sólo un poquito.

*

Eran las diez de la mañana. Bajaba la cuesta de San Isidoro y vi a Edu, que estaba montando la terraza de Tula Varona, esa librería de libro nuevo y viejo con algo de bar, y en la que los sábados puede que te tomes una copita de champán. Le pregunté si había leído el correo electrónico que ayer le envié pensando en los dos, en él y en mí, y en cómo –cuando las circunstancias epidémicas mejoren– tendríamos que relanzar nuestra carrera de pinchadiscos. Me dijo que no había tenido tiempo: le expliqué que en él se hablaba de un dúo de hermanos gallegos, “El Cuerpo del Disco”, que tienen cierto tirón en salas madrileñas y que también trabajan en presentaciones de marcas como Gucci, Absolut o Carolina Herrera. O en fiestas privadas como la del fin del rodaje de Madres paralelas, la película de Pedro Almodóvar, donde hicieron una playlist muy enfocada a los gustos del director y a toda su filmografía. Hemos quedado en reunirnos una tarde y revisar nuestros archivos musicales y teléfonos de contacto. Yo le propuse comenzar poco a poco, en un ámbito provincial, en pubs y discotecas de pueblos como La Bañeza y Villablino.

Continué mi camino hacia el edificio de los juzgados. Pero Paco Gómez ya tenía abierta su librería y entré a saludar. Compré Andanzas y visiones españolas, de Unamuno, porque había despistado mi antiguo ejemplar. Quería revisar los paisajes unamunianos “densamente metafóricos y meras disculpas para expresar sus ideas”, como dice el prologuista. Y al revisar los estantes de poesía acabamos hablando de los peligros del género. La frase canónica está en el libro La belleza ajena, de Adam Zagajewski: “Lo que más amenaza a los poetas no son las violentas arremetidas de los propagandistas puritanos, ni los ataques salidos de la pluma de sus hermanos novelistas; tampoco logrará hacerles mucho daño la aversión de los jansenistas ni la ira de esos filósofos para quienes los poemas son obra de una musa demasiado frívola. Lo más peligroso es la indiferencia, la ilimitada indiferencia de los pasajeros de los trenes suburbanos y de los fanáticos adictos a la televisión. Lo peor es cuando nadie escribe panfletos contra la poesía”.

Pero lo nuestro fue una sucesión de anécdotas, algunas de ellas relacionadas con los contratiempos que ha sufrido nuestro buen amigo A., poeta local y habitual cicerone y acompañante de vates que recalan en la ciudad para lecturas y otras actividades relacionadas con la Musa. Recordamos cómo había presentado a un poeta valenciano entre los humos de los cigarrillos de la risa que aquel fumaba constantemente y que hicieron que en algún momento nuestro A. desarticulara algunas frases, cómo había acompañado a una troupe de poetas vascos a un bar de ambiente y estos le habían obligado a permanecer hasta altas horas en el local un día laborable, o cómo el poeta encerrado por temporadas en Mondragón le había pedido prestado su teléfono móvil y había desaparecido con él. Y tan sólo hablábamos de un damnificado.

El gremio de la infame turba sigue sembrado de distinguidos miembros sucesores de aquellos (Gálvez, Dorio de Gadex, Seijas, Uriarte de Pujana, el señor de Montalbán…) de la “Cofradía de la Pirueta”, que hace más de un siglo se reunía en el madrileño Café de la Luna. Estos tipos que –como se dice en el poema de Aridjis– van diciendo cosas que nadie entiende, hablan el lenguaje olvidado de los hombres mientras un albañil se cae de un andamio, escriben libros que nadie quiere leer y llevan a algunas señoras a formar una sociedad para protegerlos del peligro de extinción.

Algo hay de atávico en ello. Todavía hoy muchos suscribirían los últimos versos del testamento valleinclanesco: “Le dejo al tabernero de la esquina, / para adornar su puerta, mi laurel. / Mis palmas al balcón de una vecina, / y a una máscara loca, el oropel”.

 

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