Días de 2022 (16)

Avelino Fierro —autor de secciones como “Querido diario”«Calendario»«Desde mi celda», «El cuaderno naranja»«Días de 2021»— va cerrando, con esta entrega, su sección «Días de 2022»

Por AVELINO FIERRO

Vamos a pasar dos días en la montaña. Veremos el final del otoño. Divisamos ya los montes. En algunas partes los hayedos se han decolorado, han virado hacia un gris pardusco. Andan un poco asténicos. Esas masas de color se emparejan, partidas por el corte difuso del horizonte, con el gris del cielo de hoy. Pero en la arboleda persiste un vaho vertical, una vibración, la mirada azul de un venado, un murmullo de hojas caídas.

Voy con Cecilia en mi coche. Ella lleva ya tiempo con sus clases de batería, y he elegido para el viaje algunos discos de jazz. En el pasaje de una canción de Art Blakey, empieza a tamborilear sobre sus muslos tratando de reproducir el ritmo.

Como estoy tomando notas para escribir ese libro sobre la belleza del pasear, he recordado las piernas y las rodillas maltrechas de Rimbaud, uno de los grandes caminantes. Cuenta su biógrafo, Enid Starkie, que en febrero de 1891, en Harar –“la flor de Harar que detuvo los pasos de Rimbaud”, escribió Gimferrer– sintió un dolor lacerante en la rótula derecha. Creyó que era una molestia reumática debido a la humedad de la estación, y que desaparecería con el buen tiempo. Pensando que el ejercicio era la mejor cura para el reumatismo, siguió con su vida corriente, con las caminatas de veinte y hasta cuarenta kilómetros diarios por malos caminos, y con largos recorridos a caballo por senderos de montaña. El 7 de abril a las seis de la mañana, en camilla, abandona Harar para siempre. Ya en Marsella, en el Hospital de la Concepción, le cortan la pierna por encima de la rodilla.

Durante mucho tiempo, en la mesa en la que escribo, tuve un papel de gran tamaño con la frase que está en su libro Una temporada en el infierno: “He acabado la jornada; dejo Europa. El aire marino me quemará los pulmones, los climas perdidos me broncearán, nadar, segar la hierba, cazar y, sobre todo, fumar; beber licores fuertes como metales en ebullición… Volveré con miembros de hierro, piel oscura y ojo furioso; por la máscara, se me creerá de una raza fuerte. Tendré oro: seré un ser ocioso y brutal. Las mujeres cuidan a esos feroces lisiados de vuelta de los países cálidos…”.

Esa hoja de papel sobresalía del resto de carpetas y libros apilados. Era como el toldo de una tienda de campaña en el desierto, que protegía del sol a los que se cobijaban bajo ella.

Yo la había impreso tomándola, no del libro, sino de Puertaoscura, una revista que en el otoño del 84 publicaron en Málaga, que no sé si tuvo continuidad tras ese primer número. La frase del poeta es el frontispicio de un artículo sobre la venta de coches en África –jóvenes europeos que bajan desde el norte hasta el Golfo de Guinea con viejos Peugeots, Citroëns y Mercedes–. El texto está ilustrado con fotografías en blanco y negro. Y al final, una larga cita de André Gide de su libro Los alimentos terrestres, de la que copio el inicio:

“Árabes acampados en la plaza; fuegos que se encienden, humaredas casi invisibles al anochecer.

¡Caravanas! Caravanas que llegaron al atardecer. Caravanas que parten por la mañana; caravanas terriblemente cansadas, ebrias de espejismos y ya desesperadas. ¡Caravanas! ¡Ojalá pudiera partir con vosotras, caravanas!”.

*

Paseamos junto al río hasta la fonda de Amador, en el pueblo de al lado, donde hemos quedado para comer con Óscar y Marta. Hay algunos tramos del camino con charcos y barro, que vamos sorteando. Cruza un ratón pequeño, asustado, que acaba cayendo al lecho del río. Un aguilucho nos sobrevuela. Y, de repente, Cecilia exclama: “¡Grullas, creo que son grullas!”. Una bandada de aves, en formación de combate, como letras de un alfabeto, a lo lejos. Lamenta no haber traído los prismáticos. Es imposible no pensar ahora en el comienzo del poema de Hölderlin: “¿Tornan las grullas de nuevo a tu lado y enfilan de nuevo rumbo a tus costas los barcos? ¿Envuelven en calma tu flujo brisas ansiadas y sube del fondo el delfín y su lomo baña al reclamo del sol que le alumbra con luces no usadas? ¿Jonia florece? ¿Ya es primavera?”. Esos interrogantes y el anuncio de la llegada del buen tiempo y la buena suerte –las grullas se asocian en el mundo clásico a toda clase de bienes: longevidad, pureza, nobleza…– recuerdan a los hermosos versos machadianos del poema “A José María Palacio”.

Tras la comida, y sin darnos descanso –yo hubiera preferido dormir la siesta, tras una semana terrible de ajetreo– caminamos hacia el monte, sin ascender demasiado. Los días ya son cortos y hay que aprovecharlos para ver cómo el bosque se ruboriza con los últimos rayos de sol. A la vuelta nos retiramos en desorden por el bar de Noel o por las habitaciones que hemos alquilado en el piso de arriba. He traído para leer el libro de David Le Breton, que he comprado anteayer. Me gusta que en el prólogo haga referencia a sus múltiples lecturas (aunque esto de múltiples, esto de Gran Lector, parezca presuntuoso) y a que siente que su escritura se nutre de la de otros. En esto que yo voy escribiendo aparecerán también muchos autores y sus libros.

Más tarde, nos sumimos en la luz acuosa del bar. Había una partida de mus, y fútbol en la televisión. Entraban algunos ocasionales, pero los estables –Toño el guarda, Porfirio, Emiliano, Cachas, Teje, Jose, Paulino…– no cesaban en sus idas y venidas, parabienes e invitaciones. En más de una ocasión, Noel me traía una cerveza cuando aún tenía mediada la anterior. Esperamos a que el bar se vaciase para cenar. Era tarde. Marta y Cecilia ayudaron en la cocina. A nosotros se unió Constantin.

C. está arreglando la casa de nuestros amigos, un enorme establo, con vistas al Friero. Es un narrador extraordinario, que salpica sus relatos con algunos tacos, puede que para no parecer sensiblero. Habló esta noche del Danubio, de cómo por él pasaban los grandes barcos, transbordadores movidos por enormes turbinas que levantaban olas en el agua. Allí, engullido por el oleaje, murió uno de sus amigos. Eran unos niños. Estuvieron dos días escondidos sin volver a casa.

Cuenta también de una gran isla en el medio del caudaloso río, donde se plantaban cereales y a la que llegaban cargueros para llevar el grano a Occidente. Me hizo recordar esa isla de la que escribe Mircea Cartarescu, en El ojo castaño de nuestro amor. Isla de Ada-Kaleh, como bautizaron los turcos a una de las primeras fortificaciones que allí se construyeron. A aquel lugar habían ido a parar centenares de prófugos –en su mayor parte piratas– al deshacerse el Imperio Otomano; eran turcos, kirguices, árabes y persas. Conoció gran prosperidad en el período de entreguerras gracias a una fábrica de cigarrillos. En los años treinta, la isla –escribe Cartarescu– era una especie de yate de lujo varado en medio del Danubio. Todo fue arrasado por el dictador Ceaucescu. Al final del relato dibujé la torre de una mezquita que se va hundiendo en las aguas. Es la página 28 de mi libro. Libro que me dedicó el autor –creo que era diciembre de 2016–, en una cena que compartimos con él algunos amigos.

Algo le quise decir de todo ello a Constantin, pero creo que no conocía al escritor y no insistí mucho. Dejé que siguiera con un cuento hermoso, en el que él era también protagonista: su primer trabajo, siendo un adolescente, en unas naves que almacenaban cereales, en un horario nocturno.

*

Al día siguiente vamos hasta el puerto de Pandetrave en coche y desde allí nos dejamos engullir por el bosque, en la zona conocida como Freñana. Estos días de atrás ha vuelto a llover y ya no cruje la hojarasca. La luz penetra mejor con la pérdida de muchas de las hojas. Hay rojos, marrones, amarillos y sepias, azafrán y púrpura en el aire y en el suelo, toda la paleta del pintor. Se oye un arrendajo.

Llevo botas de caña baja y las meto con cuidado en un charco del camino, apretujo y palpo por sentir esa alfombra de barro y hojarasca que ha ido tejiendo el otoño. Miro alrededor: troncos esbeltos, otros cubiertos de líquenes, las bayas rojísimas y en grandes racimos de los serbales…

Me distraigo mucho. No consigo fijar mi atención en el suelo en busca de boletus. En un rato irán apareciendo. Pero no soy buen escudriñador, como mis amigos. Mi vista se topa siempre con helechos, troncos caídos, hojas y arbustos. En algún libro leí que en la Segunda Guerra Mundial unos militares repararon en que los soldados daltónicos veían mejor a través del camuflaje que los soldados con vista normal. No soy daltónico mi mucho menos; soy un gafotas, un miope.

Cecilia y yo fuimos los primeros en volver  a la ciudad. En la bajada del puerto, que dura unos veinte minutos, puse en el reproductor del coche el tercer movimiento de la Novena de Beethoven en la versión que apareció en 1955, de Wilhelm Furtwängler, con los coros y orquesta del Festival de Bayreuth. De vez en cuando el viento arrancaba la hoja de un haya que venía a caer en nuestro parabrisas. A medio camino tuve que detener la marcha y orillarme un par de minutos. La puñetera hermosura de la música y el color del otoño no paraban de nublarme los ojos.

 

2 Comments

  1. Excelente descripción del otoño, y mejores aún las divagaciones y citas, tan bien traídas, que la acompañan. Gracias por el rato de lectura.

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