Días de 2023 (1)

Ilustración: Avelino Fierro.

Avelino Fierro —autor de secciones como “Querido diario”«Calendario»«Desde mi celda», «El cuaderno naranja»«Días de 2021» y «Días de 2022»… inicia con el nuevo año una nueva sección: «Días de 2023».

Por AVELINO FIERRO

Costa atlántica. Entre estos bosques de pinos –descarnados, deslucidos, que parecen estar por estar– cuajados de helechos muertos, se ven partes de la ría y, llegando a nuestro destino, una playa modesta, con charcas irregulares que espejean las nubes, con arenas de color inusual, grises claros, blancos rotos y amarillos tullidos. Todo –incluso estas construcciones desordenadas– es de un recato ejemplar. Un mundo lleno de mesura, un paisaje sin descaro. Hecho a la medida de los días que pasan. Hasta las luces del atardecer, que han rasgado en rojo el horizonte, no querían ser más que una celebración minúscula. Eso sucedía mientras, desde las rocas que rodean el faro de Laxe, mirábamos el oleaje, el trajín perseverante del mar. Volvimos a Arou; a lo largo del camino titilaban estrellas de Navidad.

*

Hay en estas vasijas –que hemos extendido sobre una mesa, de diferentes tamaños, materiales y épocas– fragmentos de cielo o trozos de amanecer, superficies pálidas de finísimo polvo, o rugosidades y grietas como las de un camino abandonado, contrastes de brillo y oscuridad, transparencias y opacidades. En el fondo de un cuenco, una luz azul fría, como esa que se mantiene unos instantes tras un aguacero de invierno. Amplitud, generalidad, universalidad –como Winckelmann dijo de la idea que impulsó a los mejores escultores griegos– guían estos trabajos de la materia, de las manos, del fuego. Frágiles a veces, otras con dureza de pedernal, dando a cada sustancia una forma precisa y expresiva, un modelado, una temperatura distinta que puede ir de la caricia al dolor cuando la arcilla o el gres se resquebrajan. Esas artes del fuego, escribió Valéry, imitan exactamente la operación trascendente de un demiurgo.

Alejado de todo énfasis, buscando en ese mundo tan informe, de tanta indefinición y fecundidad, José Antonio Sarmiento fue creando sus piezas. Todas llevan en su acabado, superficie y tonalidad la expresión de una biografía sensible y noble, una huella de su gracia, un latido de finura y singularidad.

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Era por el otoño, volviendo de unos días en las montañas, escuchando música en el coche, cuando nuestros amigos comenzaron a hablar de las últimas composiciones para piano de Mozart. Eran de la misma opinión de Gould, la que éste expresa en ese documental emitido por primera vez en 1968, How Mozart Became a Bad Composer, en el que analiza el Concierto nº 24 y otras obras tardías: “suenan como memorandos de oficinista”, “espantosa colección de clichés”.

De Glenn Gould como intérprete han dicho otros pianistas que “parecía decidido a oponerse a los deseos del compositor o a ir contra el carácter de la pieza” (Alfred Brendel); “muchas de sus interpretaciones eran acertadas y sublimes y otras equivocadas y sencillamente espantosas” (Charles Rosen).  

“Gould-Mozart” era una de las anotaciones, junto a otras –mis años universitarios en Oviedo, una cita de Rilke encontrada en un libro de Antonio Pau, el regreso de algunas drogas de color rosa una noche de juerga, la terca evolución de una congregación de nubes una tarde de verano– que se han quedado en eso, notas y nada más, durmiendo estos meses pasados en el interior de una carpeta con nombre, “textos pendientes”.

Sólo quedará la alusión a estas palabras sobre la música. La música que sigue acompañándonos, la que hemos tenido la fortuna de disfrutar de forma intermitente y cercana en las ocasiones en que los amigos de mi hijo –repartidos por el mundo y en época vacacional– se han venido a juntar en nuestra casa para ensayar y luego ofrecer algún concierto en la ciudad, como en esta pasada navidad. Cuando se han ido, ha quedado flotando en el aire una especie de narcótico, murmullos detenidos que nos hablan sin palabras, una forma de consuelo, algo que nunca dejaremos de necesitar.

 

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