Volver a Collioure

Tumba de Antonio Machado en Collioure (Francia), rodeada de muestras de recuerdo, junto al grupo de visitantes llegado de Valladolid.

Esta es la historia de un viaje inconcluso, de un compromiso personal y público, de una forma de abrazar a un ser querido, apreciado, respetado, admirado. Antonio Machado es el padre de estos hijos que cada cierto tiempo le rinden un homenaje para agradecerle su entrega política e intelectual, para llorarle a los pies de su tumba. Por eso, cuando pueden, este grupo de personas de Valladolid le visitan en Collioure (Francia), le leen una poesía o le cantan, guardan silencio, se vuelven y hasta una nueva ocasión.

Por JOSÉ ANDRÉS HERRANZ

Seis años y una pandemia global nos separan del último viaje que tantas veces hicieron Manolo Sierra, Chusa Izquierdo y Josema Rodríguez. Caminamos sobre sus pasos. Avión a Barcelona, coche de alquiler y solo nos quedaba ya cruzar los Pirineos hasta llegar al destino.

Dormimos cerca de Collioure. Amaneció un día maravilloso. Manolo Sierra se puso a pintar en su cuaderno mientras nos agrupamos todos y enseguida pusimos rumbo a la tumba de Antonio Machado. La distancia que nos separaba del cementerio fue testigo de una extraña sensación. Una calle estrecha con muros de piedra y una galería de arte a nuestra izquierda nos dibujaba el camino hacia una puerta de hierro semiabierta que flanquea la entrada al camposanto. Manolo Sierra la abrió y le seguimos.

De pronto, allí, en un sitio privilegiado, en la calle central de una necrópolis renovada, estaba la tumba del llorado poeta de la generación del 98. Manolo, Chusa y Josema con sus recuerdos y descripciones generaron una emoción contenida que nos unía como una piña al resto del grupo:  Carmen Lozano, Begoña Tabarés, Lola Merino y quien escribe estas líneas. En silencio, éramos perfectos receptores de tanta agitación interna. Sobre la lápida, depositamos una camiseta del conjunto de St. Pauli, equipo alemán antifascista, personalizada con la bandera republicana, firmada tanto por los presentes como por los compañeros que no pudieron desplazarse.

Los integrantes del grupo de Valladolid permanecen en silencio ante la tumba de Antonio Machado.

La sepultura, construida por suscripción popular, se encontraba llena de flores frescas, dibujos, poemas, cartas y banderas republicanas. Una tumba sencilla sin lujos superfluos que comparte con su madre fallecida tres días después que el poeta. Tensión, caras tristes y furia contenida reflejaban a la perfección el momento que vivíamos. Ni una sola palabra. Cada uno de nosotros superamos aquel instante de la manera que mejor sabíamos gestionar. Tras unos segundos, eternos, Manolo rompe el silencio. Despliega su pequeño cuaderno azul, pasa unas hojas hasta encontrar Fatum de Miguel d’Ors y nos recita sus versos:

Ese niño que llega, cartera remolona,
botines desatados, al colegio de Sánchez
no sabe que sus pasos felices por Sevilla
 —luz, patios, calles, cales— le acercan a Collioure.

París, rue Vaugirard. Ese muchacho
gris y desmadejado que avanza hacia el otoño
verleniano del hondo Jardín de Luxemburgo
no sabe que camina hacia Collioure.

Por la alameda de oro —Soria pura—,
lentos enamorados demorándose,
mirándose en el Duero —Soria pura—. La novia,
con manos inocentes,
sacude la ceniza —tiza acaso—
del hombro del poeta, que no sabe
que tan dulces senderos le llevan a Collioure.  

El señor que, enlutado como un cirio,
con su bastón y pasos soñolientos
—domingo provincial— sube a los olivares
de Baeza no sabe que sube hacia Collioure.

 El viejo arrebujado en sus recuerdos
que mira cómo pasan,
vertiginosos, los naranjos por la ventana
del coche, y los aspira —Levante azul—, no sabe
que por aquella ruta de flores y palomas
y muchachas se está acercando a Collioure.

 Un súbito frenazo, la puerta abierta, el frío
látigo de la lluvia. Sale a la noche y anda
entre voces anónimas, oscuras,
y olor a bajamar. La lluvia. Unas preguntas
francesas, tan extrañas como un sueño, la lluvia,
los papeles, la lluvia, los gendarmes mojados
alzando la cadena fronteriza.
Igual que un sueño todo. Francia, ya clareando, y aquel cartel: «Collioure»,
nombre jamás oído. No sabe que allí estaba,
desde siempre, esperándole su muerte.

Al callar la voz de Manolo, se hizo un silencio tan denso que se cortaba el aire con una cuchillo. Una calma tensa helaba nuestras venas. Pero nos sobrepusimos con un ¡Viva la República!, seguido de varios más replicados por todos. Cuando después del acto reivindicativo, del homenaje al maestro de “la sincera melancolía”, de hacer justicia con la humanidad,  abandonamos el cementerio rumbo a Casa Quintana donde pasó el profesor sus últimos días, junto a su madre y su hermano. En este inmueble, totalmente restaurado, falleció el alumno distinguido de la Institución Libre de Enseñanza. Su nombre queda reflejado, a la entrada, en una placa de mármol.

Collioure dedica una de sus calles al poeta Antonio Machado..

Un paseo distendido por Collioure nos descubre un pueblo costero, muy cuidado, y con una gran afluencia de turistas.  Al desplazarnos en dirección al puerto, divisamos el Châteu Royal, edificio que sirvió de cárcel para los republicanos españoles considerados peligrosos. Las crónicas y testimonios de quienes pasaron por sus instalaciones reflejan que las condiciones en la prisión eran infrahumanas.

Tras la comida en el conocido restaurante Les Templiers, donde Manolo nos ofreció todo tipo de detalles sobre algunos de los cuadros que colgaban en sus paredes, pusimos rumbo a Elne. Aquí, la visita a la Maternidad vuelve a activar a Manolo en su deseo de explicarnos la historia de este hospital improvisado donde nacieron 597 niños, la mayoría hijos de madres españolas refugiadas en Francia tras huir de la guerra civil. Ese “milagro” se produjo gracias a la solidaridad de la maestra suiza Elizabeth Eidenbenz y la ayuda de Cruz Roja Internacional. Con pesar, observamos el deteriorado estado del palacete de tres pisos y cómo varios carteles en el patio y la visita al sótano son las únicas posibilidades que permiten conocer la historia del lugar.

Edificio de La Maternidad en Elne (Francia).

Acto seguido dejamos La Maternidad y nos dirigimos a la ciudad para ver el estado de conservación de los murales pintados por Manolo Sierra en las numerosas visitas de trabajo realizadas a la localidad. El destino y la suerte nos conducen hasta lo que todos recuerdan como el colegio, donde se hicieron gran parte de las pinturas, y en una rápida mirada a nuestra izquierda, medio tapado por el follaje de un gran árbol, divisamos lo que todos sabíamos que era un mural del artista de Babia.

Por azar, llegamos también a la casa en la que el pintor se alojó en alguna de las ocasiones. Sin pensárselo dos veces, Sierra franqueó la puerta de hierro que separaba la propiedad privada, y yo tras él, y sin saber muy bien qué nos depararía el final de aquella peripecia, gritó varias veces: ¡Anne!, ¡Anne!, mientras una camada de gatos se inquietaban ante nuestra presencia. Al instante, detrás de una cortina, apareció ella con una gran sonrisa y los brazos abiertos e inmediatamente se fundieron en un largo y cariñoso abrazo.

Manuel Sierra pone en valor, en uno de sus murales pintados en Elne, la solidaridad frente a la intolerancia.

A continuación nos presentó al resto del grupo y lo que hacía escasos minutos era una pared tapada con el follaje de un árbol se había convertido, gracias a la habilidad y la fuerza del resto de acompañantes, en lo que sabíamos que era, un mural de Manolo en perfecto estado de conservación. Más tarde, llegarían los saludos a los miembros del Partido Comunista Francés (PCF) que habían acogido a Manolo, Chusa y Josema en anteriores encuentros.

De izda. a dcha: José Andrés, Lola Merino, Begoña Tabarés, Manolo Sierra, Carmen Lozano y Josema Rodríguez, delante del mural de Sierra, ante la casa de Anne.

El cierre de este desplazamiento tan necesario concluyó con la visita a Pierre Subirats y su mujer Christiane, jubilados y retirados de la política, pero muy activos en sus compromisos públicos y personales. El tiempo que departimos con ellos en el patio de su casa nos insuflaba constantes emociones irreprimibles. Se respiraba la complicidad entre todos. Era como si no hubieran pasado los seis últimos años y únicamente nos estuviéramos poniendo al día.

Camino de Port-Vendres, de nuevo, regresamos con las pilas cargadas y comentamos con grata sorpresa cómo una sola jornada había dado para tanto… Estas intensas veinticuatro horas nos obligaban a reflexionar sobre asuntos tan capitales para nuestra existencia como eran la crítica situación de ruina de La Maternidad, la vuelta del Partido Comunista al Ayuntamiento de Elne, el fallecimiento de amigos como Serge Barba que había nacido en la Maternidad, el reencuentro con Anne que permitió que todo fuera posible, y otras muchas vivencias y sensaciones.

Fotos de refugiados españoles en uno de los carteles que se muestran en el exterior de La Maternidad.

Y en este festival de emociones se cruzó, en un inesperado giro de guion, el cambio del logotipo de la Seminci. El revuelo de la noticia nos dio la posibilidad de empezar la descompresión francesa para emprender al día siguiente nuestro regreso a casa. Esa noche, antesala de la marcha, fue tan apasionada como el día. Descubrir cómo las redes y los medios se habían incendiado por el cambio del icónico logo de los labios dio lugar a más de una intensa discusión.

El beso del celuloide’, cartel diseñado por el pintor Manuel Sierra para la 29 edición de la Seminci (1984), por encargo del entonces director del festival Fernando Lara, que se empezó a usar como logotipo del festival a partir de la 30 edición.

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Nueva identidad gráfica de Seminci, creada en 2024 por PobrelaVaca Studio por encargo del nuevo equipo de dirección que encabeza José Luis Cienfuegos.

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