TAC 2025 / Color y danza para reivindicar las tradiciones

El espectáculo ‘Jarana’ explora nuevas formas de expresión. Fotografía: Juan A. Berzal

La compañía Laia Santanach nos recuerda a través de la danza y del colorido espectáculo Jarana que los seres humanos somos y crecemos en compañía de otros individuos y que los rituales forman parte indisoluble de nuestras vidas, aunque en las sociedades contemporáneas parezca cosa del pasado. Esta investigación teatral levanta su voz por las celebraciones tradicionales y nuevas formas de expresión colectiva.

Por BEGOÑA DEL BARRIO MEDINA
Fotografías: JUAN A. BERZAL

Cinco artistas –tres bailarinas, un bailarín y un músico– salen a buscarnos, nos saludan y dan la bienvenida de manera repetitiva. Son los componentes de la compañía Laia Santanach que van a presentarnos el espectáculo Jarana.  Por señas nos van diciendo que no fotografiemos ni grabemos; comienzan a hacer movimientos con hombros y brazos que podrían parecer tics nerviosos, pero no, ya se deja ver, ya asoma la danza muy bien acompañada por la expresión de sus caras.

Los seguimos y llegamos hasta una parte del claustro, el primer espacio del Museo Patio Herreriano en el que van a actuar, repiten que enseguida comenzarán. Su vestuario se compone de trajes de pantalón de colores muy vivos: verde, amarillo, naranja, azul, morado. Una vez reunido todo el público frente a las figuras coloridas que son los bailarines y el músico comienza la función, o mejor dicho, continúa.

Suena la trompeta, y detrás de nosotros surgen murmullos lejanos y el sonido repetitivo de lo que pueden ser tambores o cualquier otro instrumento tribal. Empieza el juego. Sus chaquetas, no solo las que llevan puestas, alguna más –hasta nueve pude contar– se convierten en objetos escénicos, las ponen, quitan, lanzan, enlazan, superponen varias, todas…, y cobran vida a modo de prolongación de sus cuerpos.

Detrás de Jarana, habita una gran técnica aunque no lo parezca que surge de forma fácil y natural. Los cinco intérpretes mantienen una gran coordinación y transmiten una sensibilidad que me conmueve.

Cambiamos de espacio hasta otra sala siguiendo a los danzantes. Ahora ejecutan un baile casi totalmente en el suelo, aún juegan con las chaquetas y el espectáculo crece. Casi no importa la incomodidad de verlo de pie ni el tener que abrirme hueco o ponerme de puntillas para poder ver bien el suelo, con el cambio de sala ha cambiado también mi posición frente a los artistas.

De ahí vamos a la capilla, último espacio que visitaremos. El músico sustituye la trompeta por un sonido vocal que también recuerda la ceremonia de alguna tribu. Las bailarinas y el bailarín también alzan la voz, parecen reclamar y participan activamente de la música. Bailan solo de pie, demostrando o así lo percibo más comunicación. Danza, música y colores ancestrales parecen fundirse en este baile contemporáneo y enérgico, que arranca un gran y merecido aplauso.

No he encontrado, ni lo busqué, mensaje alguno en el espectáculo Jarana más allá del bullicio, el jaleo, la unión de música y danza, y diversión. Detrás de esta representación es palpable un trabajo de investigación y el estudio de tradiciones. Los cinco componentes de la obra transmiten con la música, las voces y los cuerpos una conexión que me emociona profundamente, unas sensaciones que tienen el valor de algo que no se volverá a repetir. Sin duda, podría volver a verlo, pero nunca sería lo mismo.

Tengo la sensación de que esta función la había visto ya mucho antes y, a la vez, que todo lo acababa de descubrir. Me dijeron que cuando representan en sala el espectáculo tiene más duración y utilizan más chaquetas aún. Está bien, porque seducida desde el principio por esta representación atemporal, siento que 25 minutos saben a poco y apetece ¡más JARANA!

 

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