‘Asamblea’ / Cincuenta años de escritura de Juan Carlos Mestre

Asamblea. Poesía reunida 1975-2025 agrupa en casi 1.500 páginas toda la poesía del escritor y artista visual Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, 1957). El libro acaba de ver la luz de la mano de Galaxia Gutenberg, y cuenta con una presentación en forma de poema de Antonio Gamoneda y una introducción de Jordi Doce.

«Son casi 1.500 páginas… pero si tenemos en cuenta que son cincuenta años de escritura poética, en realidad tocan unas 30 páginas por año», comentaba Antonio Gamoneda al recibir este grueso volumen de su amigo Juan Carlos Mestre, un libro que arranca precisamente con una presentación del poeta astur-leonés en forma de largo poema (seis páginas), titulado así: «Recados de hoy y de mañana para Mestre Juan Carlos, hijo mío y maestro, quién me lo diera».

El volumen recoge todos los libros de Juan Carlos Mestre publicados hasta la fecha, más un adelanto de su nuevo libro, El ciprés descapotable, y la primera traducción castellana de su libro en gallego 200 gramos de patacas tristes [realizada por el poeta Mario Obrero]. Y se cierra con un apéndice de «Poesía primera» que integra Siete poemas escritos junto a la lluvia y La visita de Safo, las dos series poemáticas escritas en la década anterior a la aparición de Antífona del otoño en el valle del Bierzo (1986), el libro con el que logró el Premio Adonáis.

«Con la perspectiva que da más de medio siglo de compromiso con la palabra, Mestre ha procedido a una labor de escrutinio y reordenación que ofrece la versión definitiva de cada título. El resultado, testimonio de un talento excepcional y una fidelidad sostenida a los imperativos de la imaginación, es ya una de las obras de referencia de la poesía española contemporánea», señala la nota editorial.

«Dotado de una pasmosa imaginación verbal, Mestre ha levantado a lo largo de medio siglo una obra rica y habitable, marcada de manera simultánea por el asombro y la ferocidad crítica, la exigencia estética y la solidaridad indignada con los desheredados del mundo. La «asamblea» del título es la de los vivos y los muertos que no han tenido nunca voz, reunidos todos ellos en el espacio del poema, convocados por la palabra para decir su verdad».

Un grabado de Juan Carlos Mestre (aguafuerte y aguatinta iluminada a la acuarela).

En la introducción, bajo el título de «El testimonio de la imaginación», el poeta y crítico Jordi Doce explica por qué Juan Carlos Mestre «delimita un lugar singularísimo, casi de excepción», en el panorama de nuestra poesía reciente. «Lo hace por su naturaleza libérrima, no adscrita a ninguna de las escuelas o tendencias con que la crítica suele etiquetar y parcelar la realidad; por la intensidad y coherencia de sus logros, que configuran un imponente corpus textual que no ha dejado de crecer y renovarse con los años; y por la personalidad misma del autor, cuya creatividad no se agota únicamente en la escritura: a su faceta performática, como intérprete de sus propios poemas en compañía de músicos como Amancio Prada o Cuco Pérez, cabe añadir la de artista visual, vocación que le ha permitido ganarse la vida como pintor, grabador y creador de cajas y artefactos que plasman una imaginación desbordante. No hay, en rigor, separación entre estas vertientes: en Mestre todo es una y la misma cosa, se exprese en palabras o en imágenes, con la voz o con las manos», apunta Doce.

:: Sobre Juan Carlos Mestre

Juan Carlos Mestre. Fotografía: Juan Rafael.

Juan Carlos Mestre nace el 15 de abril de 1957, en Villafranca del Bierzo (León), donde escribe ya poesía y se acerca al pensamiento progresista. Llega a Barcelona en 1974 para estudiar en la universidad (se licencia en Ciencias de la Información) mientras se entrega al activismo político y trabaja como periodista en la prensa de pensamiento disidente de la época. En 1975 conoce a Alexandra Domínguez, pintora y poeta chilena, que será desde entonces su compañera.

Sus dos primeros libros, Siete poemas escritos junto a la lluvia (1981) y La visita de Safo (1983), celebran la entrada en el territorio del deseo y el discurso amoroso. Durante su estancia en Concepción (Chile), a mediados de los años ochenta, el poeta escribe Antífona del otoño en el valle del Bierzo (1986, Premio Adonáis 1985), que sublima y dignifica la herencia de los antepasados, una saga de panaderos y sastres. En 1989 se instala en Madrid, donde aún reside. Una selección de los poemas escritos en Chile conformará La poesía ha caído en desgracia (1992, Premio Gil de Biedma), que aborda, entre el dolor y la esperanza, vivencias críticas del autoritarismo.

Pasa el curso 1997-98 en la Academia de España en Roma, mientras amasa en la memoria un extenso poema, La tumba de Keats (1999, Premio Jaén), en el que los sueños de la juventud, el arte y las utopías liberadoras se derrumban sobre la Roma milenaria. La casa roja (2008, Premio Nacional de Poesía 2009) y La bicicleta del panadero (2012, Premio de la Crítica).

Prosigue en Museo de la clase obrera (2018), incursión en los límites del lenguaje que atraviesa los escombros del siglo XX. Escrito en el gallego de su infancia, 200 gramos de patacas tristes (2019) recoge unos emocionantes retratos que honran a quienes, cargados de razón, fueron silenciados en su día. Mestre aprecia en especial el trato con los poetas latinoamericanos, ejemplo de la perdurabilidad de la poesía como acto  civil, la fraternidad con Antonio Pereira y Antonio Gamoneda, o los recitales compartidos con Yevgueni Yevtuchenko, Amancio Prada o Lêdo Ivo, que cristalizan en el poema «Cavalo morto» y la traducción de una antología de este último, mano a mano con la poeta Guadalupe Grande (La aldea de sal, 2009).

Junto a Alexandra Domínguez traduce la Obra poética de Saint-John Perse (Galaxia Gutenberg, 2021), versión que ha sido calificada por la crítica como «una verdadera hazaña». Su propia poesía ha sido traducida a numerosas lenguas.

Como artista plástico, ha expuesto pintura, grabado, dibujo, libros de artista y escultura en Europa, América Latina y Estados Unidos. En 1999 obtuvo la Mención de Honor en el Premio Nacional de Grabado de la Calcografía Nacional.

En 2017 le fue concedido el Premio Castilla y León de las Letras en reconocimiento al conjunto de su obra; y en 2018, la Medalla Europea «Homero» de Poesía y Arte.

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Juan Carlos Mestre. Foto: cortesía del artista.

PERFIL DE JOVEN POETA (1984)

Reproducimos un artículo del fallecido autor villafranquino Antonio Pereira, aparecido hace más de cuarenta años, exactamente el 15 de enero de 1984, en el diario La Hora Leonesa [y publicado después en el volumen Reseñas y confidencias (Diputación de León, 1985)], a raíz de la publicación del segundo libro de Juan Carlos Mestre, La visita de Safo (1983) en la Colección Provincia.

Por ANTONIO PEREIRA

A ver si soy capaz de aproximar con palabras la «nueva imagen» —transoceánica— del poeta Juan Carlos Mestre. De sus tiempos villafranquinos ha quedado, por ejemplo, una fotografía donde se le ve con los ojos grandes, muy abiertos, de niño que probablemente llora en las películas; de rapaz del barrio del Otro Lado y de la catequesis, antes de que empezaran (o cuando ya empezaban) a escocerle algunas rebeldías que luego levantó, y no sin coraje, sobre el tablao primaveral de la fiesta de la poesía. Después he tenido una foto suya, esta vez en color, de romántico joven que se deja retratar sentado y contemplativo frente al paisaje. Y ahora nos llegan periódicos de la América española ­—yo no sé por qué los periódicos de «allá» huelen siempre de una manera especial, como el Billiken o el Caras y Caretas que recibía el señor Guillermo el zapatero de junto al horno de Emilio—, y en las publicaciones de Chile aparece un Mestre repentinamente maduro, avezado, con el aplomo de quien se ve reconocido en tierra lejana y empieza a ejercer el derecho a la nostalgia. Periodista en mangas de camisa (blanca, bien cortada) junto a una lámpara de trabajo, con el inevitable teléfono en la mano. O en su despacho de la Universidad Concepción, sonrisa abierta, traje formal a rayas, corbata sujeta por un prendedor sencillo y en la mano derecha un anillo de alianza donde cabe imaginar el nombre de Alejandra… «Crear belleza es una tarea social como cualquier otra», declara Mestre al pie mismo de sus signos externos, y acaso se deba interpretar como un inconsciente aviso para navegantes equivocados.

Un número doble de la colección Provincia, constituye su primer poemario amplio. (Anteriormente, como uno de nuestros viejos emigrantes que dejaban arregladas sus cosas antes de cruzar el charco, nos dejó en prenda de su regreso una entrega, Siete poemas escritos junto a la lluvia). En La visita de Safo hay exaltaciones, ternuras e ironías, coartadas incluso a cuenta de los clásicos, una memoria de la noche levantada a categoría de declaración de principios poéticos, la musical presencia de Mahler, el regodeo a veces lúdico en la pavana de las almenas de Cornatel… Como si el poeta quisiera decir: «Esta es una muestra de mi patrimonio hasta ahora. Esperadme».

En realidad, yo soy un veterano en la espera y esperanza de Mestre. Lo vi nacer y decidirse ferozmente por el asombro y la búsqueda de la belleza, con la obstinación temible de los no violentos. Lo vi crecer y apoyarse como un vástago momentáneo en el árbol sufrido pero no doblegado que se llamó Gilberto Ursinos, sabedores ambos de que cada cual terminaría echando ramas y renuevos a su manera. Ahora que los recuerdo juntos, y al tiempo que evoco a cuantos nos antecedieron a ellos y a mí, me detengo una vez más ante la aparente contradicción de que la más individual de las actividades del hombre sea también una empresa colectiva. Yo creo que la poesía y el arte en general es algo que edificamos entre todos, y serenamente me declaro conforme con el olvido. O en todo caso, con un mínimo y nublado recuerdo por haber ayudado a pasar el testigo, la antorcha a quien antes de pasarla a su vez, sabrá ponerla más alta.

Mario Obrero, Joaquín Otero, Juan Carlos Mestre y Antonio Gamoneda, durante la presentación de un mural de Mestre en la Fundación Antonio Pereira (León). Foto: Eloísa Otero.

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