
Por LUIS GRAU LOBO
Nos pide el director de este, nuestro periódico, que actualicemos datos personales, fotografía y presencia en redes sociales para que el algoritmo, la IA o quien quiera que sea compruebe si recurrimos a la inteligencia artificial para escribir o si, incluso, es ella quien lo hace con (o sin) nuestro nombre. O sea, para abreviar, la máquina pide que nos identifiquemos como humanos, que nos autentifiquemos –¿humanicemos?– y demos muestras de que lo nuestro no es suyo. Incluso se ha puesto de moda escribir con errores ortográficos para distinguirse de la eficiencia gramatical de la IA. La excusa perfecta.
Nadie le pide a la IA que demuestre que es una máquina y no un montón de individuos escribiendo respuestas que queremos leer y quieren que leamos, como los enanitos que antaño vivían en los televisores. Y mucho menos pedimos que revele de dónde extrae sus ideas, si es que pueden llamarse así. Quizás porque ya sabemos de dónde: de nosotros. Durante décadas hemos estado cebando su memoria y supuestos razonamientos con todo tipo de información y deformaciones, con toda colgadura en redes y webs, con Shakespeare y Jesús Gil, con Scorsese y Torrente, hasta lograr una ingeniosa y perifrástica colega que devuelve el favor solicitando nos declaremos autores de nuestras palabras cuando somos también autores de las suyas. Por esas palabras, además, nadie ha pagado o compensado, pero gracias a ellas algunos se están forrando.
Si algo asusta de esa inteligencia naciente es su cinismo y necesidad de justificación ante sus evidentes contradicciones. La posibilidad de que entienda lo que dice inquieta, como si nosotros lo entendiéramos siempre. Esas capacidades, antes alimentadas por circuitos de carga son entrenadas hoy por usuarios que le proporcionan nuevas habilidades estimuladas mediante la dialéctica, una versión de la manera socrática de interpretar el mundo. ¿Cómo no suponer raciocinio a alguien con quien medimos el nuestro?
(Publicado en La Nueva Crónica de León el 10 de mayo de 2026)
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