
Reproducimos dos textos a propósito del último libro de Epigmenio Rodríguez, «El sol entre los rascacielos» (segunda novela de su trilogía De Infernis), que fueron leídos por Juan Miguel Alonso Vega y Francisco Flecha Andrés en el Museo de León, el pasado jueves 16 de abril, durante el acto de presentación de esta nueva obra del profesor, escritor, cineasta y economista leonés.
La humanidad oscura
Por JUAN MIGUEL ALONSO VEGA
En primer lugar, quiero agradecer a Epi la oportunidad de estar aquí bautizando ésta su segunda novela, rodeado de viejos y nuevos amigos con los que compartir la palabra, el abrazo y el vino.
Quiero también darle las gracias por el regalo de esta segunda entrega infernal, toda vez que he disfrutado mucho con la lectura de El sol entre los rascacielos.
Estamos, hay que decirlo ya, ante una estupenda novela. Un relato ágil, coherente, lleno de acción y de reflexión, que engancha al lector desde el principio y que le deja con ganas de más. Bien pronto, uno se enamora de Mario, compadece a Luisa, odia a Peter y así con todos y cada uno de la larga nómina de personajes sobre los que el autor cimenta el relato, pues es esta una novela de personajes.
Y digo de acción y de reflexión, puesto que, detrás de un argumento sólido, bien construido, con no pocos recursos cinematográficos, el autor almacena, como quien no quiere la cosa, un poso ideológico profundo. Pero no se preocupen, no hay políticos infames ni trampantojos partidistas en estas páginas. Lo que hallamos en ellas es un detenido retrato del alma y de algunos de los rincones más oscuros de la condición humana.
La violencia como lenguaje, el peso de la sangre, la venganza como motor vital, el rechazo al diferente, el odio irracional, la incapacidad para romper las cadenas de un destino trágico. Todos estos temas y muchos más vinculados a la naturaleza humana están presentes en el texto. En suma, la humanidad oscura o, si se prefiere, la inhumana esencia que nos define en un espejo al que tanto cuesta mirar.
Este es el fondo sobre el que la prosa de Epi se desliza, el lienzo en el que nos escribe y describe, y, en el que, naturalmente, afloran, como faros en la noche, destellos de generosidad, de entrega, de compasión hacia los que pareciendo verdugos no son finalmente sino víctimas, de tolerancia, de valentía, de amor. Y es que, a pesar de la crudeza de la historia, no pocos personajes de esta obra neoyorquina se alimentan en esa luz que aún nos permite creer en nosotros mismos, mantener la esperanza a pesar de lo que cada día leemos, escuchamos, vemos, somos.
Es por tanto esta una novela con tripas, con corazón, en la que permanece la esencia del aquel color de las hayas que abrió la serie, aun cuando el escenario cambie hasta llegar a la capital del mundo, a ese Nueva York que está tan lejos de La Loma y, sin embargo, tan cerca.
Gracias de nuevo, amigo, por llevarnos de la mano para contemplar este Sol entre los rascacielos. Sólo te deseo toda la suerte que mereces. Gracias.

Como en el cine
Por FRANCISCO FLECHA ANDRÉS
Cuando me toca alabar (y siempre lo hago con devota admiración) la suprema habilidad del maestro Pereira, don Antonio, me gusta resumirlo diciendo que tenía la rara habilidad de escribir cuentos bien trabados cuando hablaba.
Y solo con ello nos dejaba encandilados
Pues hoy que me toca alabar (y lo hago, igualmente, con devota admiración) la suprema habilidad del maestro Epigmenio, don Epi, amigo y compañero, dejadme que lo resuma diciendo que tiene la rara habilidad de hacer películas cuando escribe una novela.
Y también con ello nos deja encandilados.
Tanto «El color de las hayas» como ésta que hoy estamos bautizando, «El Sol entre los rascacielos», tienen, en mi opinión, ese ritmo y esas idas y venidas (la cosa que llaman el “flashback) que vemos en las películas. Tanto una como otra son novelas que te envuelven (como el cine, como las pelis aquellas en Todd-AO), que parece que tienes que leerlas sin opción a pararte a respirar ni siquiera un minuto (como el cine), que parece que te empujan al final, como en el cine y que, con las últimas escenas del final entiendes el principio y rebobinas la historia completa en la cabeza con el regusto y el deseo de que vuelva a empezar (como hacíamos en la sesión continua del Mary y el Azul, los jueves por la tarde, huyendo de las clases de don Beta) y disfrutar así de los pequeños detalles que, ahora, te parecen esenciales.
Y además, por si ello fuera poco, el gusto por la luz, el color y los paisajes (la montaña de León y Nueva York que, ya ves tú, curiosamente, parecen resultarle al autor igual de familiares). Dos mundos tan distintos y sín embargo, los títulos podrían ser intercambiables. Podrían haberse titulado, sin grave deterioro ni quebranto “El Sol entre las hayas” y “El rojo color de Nueva York».
Porque, después de todo (y eso parece lo esencial en el relato) el paisaje y el lugar es solo la olla en que se cuecen las pasiones, los deseos, las derrotas, los demonios interiores, donde ocurre esa lucha encarnizada que siempre se libra en solitario, en la soledad de la Loma o las Matillas o en las calles de Manhattan, y donde todos son conscientes, sin embargo, de que tal pelea solitaria es compartida en el mismo escenario, aunque en universos vitales muy distintos, por el resto de náufragos que comparten el reparto.
Es esta una novela engañosa, que parece lineal y, sin embargo está llena de afluentes, de entradas y salidas donde se asoman, inquietantes, las peripecias de otras vidas en peleas que se sugieren igual de interesantes.
Que también esto lo tengo aprendido de Pereira: El buen escritor solo es bueno de verdad si cuando escribe una historia consigue sugerir en el lector otras muchas paralelas.
Pues nada. Que lo sepáis. Epi la ha vuelto a armar. Una vez más ha escrito una novela en la que, como en las buenas películas, no hay personajes secundarios. Todos son protagonistas de su propia lucha en solitario. Cualquiera que sea el escenario.
Y esperamos ya con ansia ver cruzarse a algunos de ellos en otro escenario bien distinto que parece vislumbrase para el tercer descenso a los infiernos de esta apasionante trilogía.
Pero, bueno, disfrutemos, de mometo de la criatura que hoy estamos bautizando. Aunque también sea un viejo truco del cine eso de dejar puertas abiertas al futuro con el letrero aquel de “próximamente en esta sala”
Cada cosa a su tiempo que hoy es tarde de estreno y de gran gala
Enhorabuena, Epi y muchas gracias por invitarme a un bautizo que compartes con amigos que, de ninguna manera, se habrían perdonado perderse esta premiere.
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