Epigmenio Rodríguez: “El infierno de los vivos adquiere forma en todos los espacios y en todos los tiempos”

Epigmenio Rodríguez. ©Fotografía: José Ramón Vega.

Epigmenio Rodríguez. ©Fotografía: José Ramón Vega.

Por ELOÍSA OTERO

Epigmenio Rodríguez (Taranilla, León, 1953), profesor y economista, ha dedicado la mayor parte de su vida profesional a la educación, pero también a otras muchas cosas vitales y creativas. En 2007 realizó un cortometraje, ‘Las Becicletas’. con el que obtuvo algunos premios y un reconocimiento general de crítica y público. En 2010 dio a la estampa un libro de viajes por la provincia de León, ‘León sin prisa’, en dos volúmenes, donde el autor y su amigo Fran recorren con calma el paisaje y el paisanaje de León. En 2013 publicó ‘El color de las hayas’ (Eolas Ediciones), su primera novela, que muchos hemos leído de un tirón, preguntándonos también cuánto hay en ella de realidad y cuánto de ficción…

—Tu primera novela transcurre en un territorio desolado, un pueblo leonés en el que acaba viviendo una sola familia… y describe cómo la vida se puede convertir en un infierno marcado por los secretos, la envidia, la venganza, la codicia, la violencia soterrada, construyendo una historia verosímil, creíble, terrible… ¿”El color de las hayas” es un relato que surge a partir de una historia real, o es en sí una historia imaginaria?

—Utilizando palabras del maestro Julio Llamazares, diré que “toda novela es autobiográfica y toda autobiografía es ficción”. Al fin y al cabo, sólo se escribe de lo que se conoce, lo que de una forma o de otra es equivalente a decir que se escribe de uno mismo.

—Esta es la primera novela de una trilogía, “De Infernis”. ¿Por qué el tema del infierno?

—Siempre me ha atraído la idea del “infierno de los vivos”, que Italo Calvino pone en boca de Marco Polo en “Las ciudades invisibles”. Según ella, el infierno no sería cosa del futuro, y del mundo de los muertos, sino que está aquí y ahora, entre nosotros. En realidad, no está como algo externo, ajeno, sino que lo formamos los seres humanos por el hecho de vivir juntos. Para Italo, frente a este infierno uno puede actuar de dos maneras: pasar a formar parte de él, incluso sin planteárselo, o esforzarse por encontrar lo que alguna vez ha llamado “los espacios de no infierno”, situarse en ellos y hacerlos crecer, darles vida. Total, que me pareció de interés tomar la idea y convertirla en lo que podría llamarse el alma de la trilogía.

—¿Ya tienes pensados los dos libros siguientes? ¿Los pensaste los tres a la vez, como un proyecto, o abriste una primera puerta con “El color de las hayas” sin saber a dónde te conduciría? ¿En qué fase estás?

—Cuando empecé con “El color de las hayas” ya tenía una idea bastante clara del conjunto. No en detalle, por supuesto, pero sí del eje principal, del espinazo. Como creo que el infierno de los vivos adquiere forma en todos los espacios y en todos los tiempos, pensé desde el primer momento que la primera novela debía desarrollarse en el medio rural y la segunda en un medio urbano, la gran ciudad. De la tercera no diré nada por el momento. En cuanto a la situación ahora mismo, hace poco he terminado el primer borrador de la segunda novela. Ahora está reposando y en unas semanas lo retomaré para una revisión y/o reescritura. La tercera, de momento, sigue siendo poco más que el espinazo del que hablaba.

—¿Crees en el destino, en que todos tenemos un destino marcado del que no es posible escapar?

—No, no. Creo firmemente que el ser humano tiene una gran capacidad para configurar su camino, su itinerario vital. Claro que hay elementos externos que influyen, que condicionan, pero no hasta el punto de marcar de manera determinante la vida de las personas.

—La novela reivindica al final la vuelta al mundo rural, a la naturaleza, a la cooperación para sacar adelante un proyecto entre todos… ¿Hay esperanza? ¿Es posible huir del infierno, de los infiernos cotidianos? ¿Es posible convertir un infierno en un lugar habitable?

—Si la respuesta hubiera de ser un sí o no, diría que sí, que es posible, que hay esperanza. Pero en cuanto incorporamos los matices habría mucho que precisar. Yo creo que es difícil, siempre, pero especialmente en este caso, donde lo que subyace es la cuestión del declive, quien sabe si irreversible, de la vida en el medio rural (al menos en algunas comarcas de nuestra tierra). Con la pérdida de valores, de todo tipo, que eso conlleva.

—”El color de las hayas” está escrita de una manera que resulta muy cinematográfica… Cuando se te ocurrió contar esta historia ¿pensaste en hacer una película o en escribir un libro?

—Parece que son muchos los lectores que coinciden en esto. Bueno, pues no es por casualidad. “El color de las hayas” empezó siendo un guión cinematográfico. Al contrario de lo que suele ser habitual, pasó después a ser una novela. Así que sí, que seguramente eso explica las “maneras” cinematográficas, mías y de la novela.

—¿Hay mucha diferencia entre pensar una película y pensar un libro?

—En cuanto a “pensarlos”, no estoy seguro, pero puede que no mucha. Al fin y al cabo, lo que se piensa es la historia, la trama, los personajes, las interacciones, y ésos son los mismos, se cuente como se cuente. Pero en cuanto a la ejecución, sí, sin duda. En un caso se trata de contar con palabras, y en el otro con imágenes. Aunque a veces, como parece que me ocurre a mí, las palabras trasmitan imágenes.

—¿Te marcaste algún reto cuando te embarcaste en esta primera novela?

—No, no, nada de retos. Yo me lo paso bien escribiendo, al igual que haciendo otras cosas (en realidad, haciendo cualquier cosa, pero haciendo). Y eso es lo que me importa. Si después, al compartir lo que uno hace, se consigue que otros lo pasen bien, pues miel sobre hojuelas.

—Además de esta trilogía, ¿tienes algún otro proyecto entre manos?

—En el mundo del cine se dice que lo más importante para un cineasta es aprender bien la frase de las ocho palabras: “tengo varios proyectos en distintas fases de desarrollo”, y usarla siempre que se presenta la oportunidad, para dar así la impresión de “estar en la pomada”. Bromas (o no tanto) aparte, la verdad es que soy bastante curioso, de modo que siempre estoy pensando en cosas, tomando notas, escribiendo. Ahora, mientras “Infernum II” reposa, estoy dando forma a un guión de cine.

—¿Te consideras un escritor tardío? ¿Habías escrito literatura antes? ¿Escribir novelas tiene algo que ver con vivir otras vidas? ¿Por qué empezaste a escribir?

—Tardío es poco decir. Tengo sesenta años, y lo primero que escribí, digamos como creación, fue el guión de “El color de las hayas”, hace unos ocho años. En cuanto a literatura literatura (un guión es cualquier cosa menos una obra literaria), mi primera obra fue “León sin prisa”, un libro de viajes por la provincia, en dos volúmenes, el primero de los cuales se publicó en 2010. No había pensado en ello, pero es posible que sí, que escribir una novela sea como vivir otra vida. De todos modos, creo que también lo es hacer otras cosas, cambiar de espacio vital, por ejemplo. El joven, o no tan joven, que se va a otro país un tiempo, a trabajar de camarero mientras aprende el idioma, vive otra vida, no importa cuán corto sea el periodo de tiempo que lo hace. En cuanto a la razón para empezar a escribir, y para seguir haciéndolo, no estoy seguro. Sí sé que lo paso bien, pero en cuanto a los motivos más profundos… Qui lo sa? Aunque pensándolo bien, puede que lo haga para intentar encontrar lo mejor de mí mismo, si es que tal cosa existe.

—¿Te gusta leer? ¿Qué libros han marcado tu vida?

—Me gusta leer, sí. Pero sin fanatismos. Sobre todo porque, como ya dije, me gustan otras cosas, casi todo, y el tiempo es limitado. No sé si tanto como llegar a marcar mi vida, seguramente no, pero sí que ha habido libros cuya lectura he sentido que me aportaba algo más que la de otros, un plus. Por citar unos pocos (y de géneros bien distintos): Las memorias de Adriano, Cien años de soledad, Una historia breve de casi todo o La lluvia amarilla. De muy joven, y de entre los primeros que leí, recuerdo bien el impacto de algunos como Miguel Strogoff, El último mohicano o Moby Dick.

—¿Qué cine te gusta y por qué?

—Todo el cine bueno. Ya, ya sé que suena como una “boutade”. Pero es verdad que no tengo un “tipo de cine” preferido. Me gustan los clásicos, desde Dreyer hasta Wells, pasando por Ford, Buñuel, Bergman, Hitchcock o Kurosawa. Y de los contemporáneos, por citar algunos, me gustan cosas tan dispares como lo que hacen Malick, Polanski, Zhan Yimou, Lars von Trier, los hermanos Cohen o Haneke. Entre los españoles, sin ser exhaustivo, Berlanga, Erice o Cuerda. Dicho esto, insistiré en que podría hacer una lista bien larga.

—¿Qué supuso para ti, hace ya unos años, el rodaje de “Las Becicletas”? ¿Cómo decidiste embarcarte en aquella aventura y qué balance haces ahora, cómo es tu mirada retrospectiva sobre ese maravilloso proyecto de rodar aquel cortometraje? ¿Habías hecho alguna vez una película, películas caseras quizá?

—La experiencia fue extraordinaria. Nunca había hecho nada parecido, por lo que todo el proceso, desde la escritura del guión hasta el final de montaje, supuso un aprendizaje de todo lo relacionado con la realización, lo que los ingleses llaman “filmmaking”. Y además, como a mí más me gusta: aprender haciendo. Pero la experiencia fue extraordinaria no sólo por eso. También por lo que supuso de trabajo en equipo, de colaboraciones y aportaciones desinteresadas, de entusiasmo colectivo, gracias a los cuales pudo salir adelante un proyecto para el que los medios disponibles eran más bien limitados. Siempre diré, tras haber vivido la experiencia, que hacer una película (hay que tener en cuenta que, pese a ser un corto, “La becicletas” tiene todos los ingredientes de un largo: es de época, una docena de actores, más de cien extras, muchas localizaciones, escenas de noche, animales, niños…) es en cierto modo el proyecto perfecto: un sinnúmero de variables de todo tipo a las que hacer confluir para obtener el resultado que se pretende.

—Después de aquel corto escribiste dos libros de viajes (o de paseos por la provincia). “León sin prisa”, en dos volúmenes, con tu amigo Fran. ¿Cómo dibujarías en pocas líneas esta provincia leonesa que tan bien conoces?

—En el viaje, León se fue presentando ante los ojos asombrados de Fran, que nunca había estado por aquí, como un mosaico de contrastes entre lo viejo y lo nuevo, entre el pasado y el presente. Todo ello en una especie de combinación mágica entre el descubrimiento del paisaje y el encanto del contacto con el paisanaje. Para mí supuso el encuentro, una vez más, con este León nuestro que es al mismo tiempo uno y muchos. Y también, ay, una reflexión sobre el futuro, en la que no puedo evitar sentirme dominado por una profunda melancolía.

—Hacer una película exige la colaboración de mucha gente, para escribir “León sin prisa” contaste con la complicidad de un amigo y la empatía de mucha gente que os fuisteis encontrando en el camino. Escribir, sin embargo, es un oficio solitario. ¿Cómo te sientes ahí, en la escritura?

—Pues la verdad es que bien. Seguramente, estas osadías por mi parte, hacer una película y escribir algunos libros, han servido también para descubrirme igual de a gusto en ambas situaciones: el trabajo de creación en equipo (habría que ver lo que opinan los demás, claro) y el que tiene lugar en soledad, frente a la hoja en blanco.

—Escribir es estar atento al mundo en que vivimos. Has sido profesor, economista, asesor en proyectos internacionales, has vivido fuera de España durante algunos años… ¿Cómo describirías el momento que estamos viviendo? ¿Hacia dónde crees que nos está conduciendo esto que algunos llaman crisis? ¿Hay salidas?

—Esto que algunos llaman crisis, como muy bien dices, no es sino una contrarreforma (que empezó hace sus buenos cuarenta años) que se está llevando por delante todas las conquistas que los parias habíamos conseguido durante el siglo anterior. No encuentro mejor manera de describir el momento que vivimos, especialmente en España, que a través de las palabras de un amigo mío extranjero: “Parece que el crimen organizado ha conquistado, y colonizado, todas las parcelas de poder”. En cuanto hacia dónde vamos, o nos llevan, no tengo ni idea, como todos, aunque algunos digan, incluso lo piensen, que sí. Lo que sí creo es que dentro de una generación el mundo va a parecerse muy poco, o nada, al actual. Y si algo nos enseña la historia es que no es posible tensar la cuerda indefinidamente. ¿Salidas? Claro, siempre las hay. Lo importante es adónde.

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Portada del libro editado en León por Eolas, el sello de Héctor Escobar.

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Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

  1. Gran reportaje o entrevista de Eloísa, tan grande como Epigmeneo se merece, muy bueno

  2. Entrevista, piñeirín, y gracias por lo que me toca, pero el grande es Epi!

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