La ciénaga

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Por LUIS GRAU LOBO

Las civilizaciones levantan su poder sobre la podredumbre. Los antiguos egipcios sometían las desbordadas aguas del bajo Nilo de manera que el agua pura de las nevadas montañas africanas no llegara a pudrirse encharcada en las resecas llanuras de la ribera del Mediterráneo. De ese barrizal brotaron las pirámides.

Los griegos se desperdigaban en ciudades a menudo carcomidas de odio entre sí, que elevaban su orgullo hasta cerros coronados por templos concebidos como una conquista del espíritu más que como la morada de unos dioses que casi siempre eran, sobre todo, humanos. Pero a partir de Alejandro, Grecia ubicó sus palacios y sus cuarteles en los marjales embarrados del Creciente fértil, al cobijo de la meretriz de Babilonia, partera de todos los imperios de oriente, incluido el suyo.

El vasto imperio romano, la potencia militar y política más formidable de la antigüedad, se fundó sobre los miasmas de un pútrido fangal. En el corazón de sus legendarias colinas, al pie del Capitolio, se abría la boca hedionda de una marisma de malaria y lodo que los romanos consideraban el centro del mundo, el umbilicus mundi. Una cloaca, la Maxima, drenaba el corazón de esa república palúdica, enferma desde sus orígenes, carcomida de una degradación endémica. Por cima, resplandecían los mármoles blanquísimos del foro.

El violento yugo de los aztecas se asentaba sobre una ciudad edificada sobre otra charca ponzoñosa, mil y una veces desecada, que corría (y aún lo hace) bajo el zócalo de calles pulcramente ortogonales.

La quebradiza y acaudalada belleza de la Serenissima, caladero de postín de los mercaderes mediterráneos, se hunde en las contaminadas aguas de la laguna donde sus maderas se corrompen cada día un poco más sosteniendo una ciudad de tan perversa belleza que nadie hubiera podido imaginarla jamás.

Sobre esas sentinas de la civilización se erigían obras delicadas y eternas que, como los esbeltos mástiles de un velero al viento, siglos después nos hacen olvidar todo rastro vergonzoso de la condición humana. Pero el insoportable hedor que acompañó tales portentos se agazapa bajo ellos.

Los albañales sobre los que se levanta el rico y viciado Occidente se benefician de esa experiencia milenaria. Se cubren de admirables y radiantes construcciones abarrotadas de nombres y colores vistosos, sugestivos, aparentemente felices. Ofrecen escaparates chillones que muestran mil y un tesoros y recompensas, vellocinos de saldo, viajes low cost a unas Hespérides con todo incluido y un sinfín de laureles legendarios al alcance de nuestro mediocre heroísmo. Pero, cada cierto tiempo, esos llamazares acaban por emerger y en ellos chapaleamos y nos hundimos, podridos, una vez más, por la codicia de quienes fundamentan su poder sobre la movediza putrefacción de cuanto era noble y digno, pero fue vendido. Para pagar una enorme cloaca.

Cuando Tito recriminó a su padre, el emperador, el nuevo impuesto que gravaba el acopio de la orina de las letrinas públicas, Vespasiano afirmó: pecunia non olet; el dinero no huele, venga de donde venga. Mentía, por supuesto. El dinero apesta a miseria, a injusticia, a angustia y al orín del poder. El dinero huele a la ciénaga en que se asienta la historia de los hombres.

Otros artículos del mismo autor en:
La mirada perdida
(un blog de LUIS GRAU LOBO)

8 Comments

  1. Vamos, colegas, no os vayáis por las ramas… que se ve claramente que es contundente, con tun den te, CON TUN DEN TE.
    (¿no podríais cambiar la bonitura para que se pueda leer más cómodamente?)

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