Fotogenias de una ciudad deshuesada

© Fotografía: Memoria Química.

“(…) Sólo hay que asomarse a la ventana con el café recién hecho en la mano (cortesía del INEM) y observar a la viandancia hormiguear calle arriba, calle abajo. Son menos cada vez. (…) Cómo explicar que vamos a dedicarnos al ‘dolce far niente’…”.

Por JOSÉ PAJARES IGLESIAS

Veo mi ciudad deshuesada. Veo toda la cutredumbre alrededor insinuándome decadentes fotogenias que pienso aprovechar. Mi patriotismo siempre ha ido por detrás de mi sentido estético, me temo. Las obras inacabadas sucumben a sí mismas y las rotondas y glorietas y polígonos que deberían albergar ya guarderías supermercados estancos casas de putas iglesias evangélicas donner kebab sedes de partidos neonazis y manicuras-pedicuras brillan en toda su ausencia. Ausencia de la tierra prometida al 3% TAE. Creían comprar trasteros y eran carboneras. Creían que además había plaza de garaje y era la puta cochera de toda la vida. Volverán los descampados de mi niñez, con cristales rodilleros, molucas y recovecos magníficos para los primeros pitillos. Casi no quedan grutas repletas de sudor donde ir a oír aullar un fuzz despiadado entonar una copla garajera. Me da por sospechar que los ochenta terminaron hace rato. Los afanes caen en picado. Sólo hay que asomarse a la ventana con el café recién hecho en la mano (cortesía del INEM) y observar a la viandancia hormiguear calle arriba, calle abajo. Son menos cada vez. El Estado totalicrático éste que nos desgobierna experimenta con la reducción drástica de la mano de obra empleada. No hay nada vil o cruel en ello, sin embargo. Del estado del bienestar llegaremos al estado del pleno ocio pasando por el del malestar, no obstante. Las transiciones siempre son enojosas y lentas. Que se lo digan si no a nuestra modélica Transición, exportada a tantos mejunjes bananeros con ínfulas de país (de las pocas cosas que exportamos que todavía cuelan…). Cuando llegue ese Eldorado que yo ya presiento los fabricantes de despertadores irán a la quiebra. No han de temer nada, sin embargo. Nada de valle de lágrimas (de los caídos, quizás). Las cafeterías no abrirán hasta la hora del vermú. Ésta iniciativa, pionera en su campo, trae a los próceres de los países punteros a mal traer, sin embargo. Ardua tarea para nuestro galaico timonel. Cómo explicar que vamos a dedicarnos (la mayoría, se entiende. Siempre estará el típico pelota que, seguro, seguirá empeñado en ir a currar…) al dolce far niente bien regado con los mejores caldos y las piernas traseras más lustrosas de los mejores comedores de bellota que existan en los alrededores. Y no me hablen de financiación. Esas minucias son perfectamente escamoteables, esquivables y no vienen al caso. Esto es España, no cualquier cosa. Las pequeñeces se dejan para lo último y, cuando no mire nadie, se pegan bajo el pupitre. Sí. Exacto. Como los mocos. Si no hay lana, se pide. Y de devolverla, nada. El que venga detrás, que arree. Ciudad deshuesada. Patria con el polvo sin pasar. Indignatarios. Ni Luis XVI ni María Antonieta tenían iPad. Ni ADSL. No vieron en Youtube a las turbas acercarse hambrientas de sus pescuezos. Y, claro, pensaron que no era tan gorda la que se les venía encima. Mira, con la cosa esa del I+D+I algo hemos avanzado. Nada como los avances tecnológicos. Ahora sí que tienen los gadgets y una buena conexión. Cuando nos vean llegar, ya pueden ir desabrochándose los botones superiores de la blusa.

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