A los 100 años de ‘Campos de Castilla’

Fotografía de boda de Antonio Machado y Leonor (1909).

Se cumple un siglo de una de las obras cimeras de la literatura castellana. ‘Campos de Castilla’ supuso un balón de oxígeno para el poeta andaluz Antonio Machado y, durante el pasado siglo XX, un epitafio extraordinario para una tierra necesitada de autoestima.

Por JOSÉ MARÍA MARTINEZ LASECA, profesor de literatura del I.E.S. ‘Antonio Machado’ de Soria

Los lectores estamos de conmemoración. ‘Campos de Castilla’ (1912), obra clave del gran poeta universal Antonio Machado cumple, precisamente, un siglo. Se trata, sin duda, de su libro más celebrado y de uno de los más influyentes de la lírica española del siglo XX. De un poemario que responde a su simple amor a la naturaleza, incluso por encima del arte, y en el que el paisaje soriano  se convierte tanto en símbolo de aquella España decadente —partiendo del prestigioso pasado histórico de Castilla—, cuanto en símbolo de realidades intimas, dadas sus reflexiones filosóficas.

La ruina familiar obligó al poeta Antonio Machado a abandonar su anterior vida bohemia —por Madrid y París— y a buscar un puesto de trabajo. De este modo llegó a Soria, en 1907, con 32 años, para ocupar la cátedra de francés en su único Instituto. Ello supondría un giro radical en su vida y en su creatividad: “Cinco años en la tierra de Soria –dijo– orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano”. Como consecuencia de aquella experiencia vivida fraguaría un nuevo criterio poético, puesto de manifiesto en este poemario de ‘Campos de Castilla’ (CC), que vio la luz en la primavera de 1912, previo al óbito de su joven esposa –desde 1909– Leonor Izquierdo Cuevas. De aquí que, en este año, se celebren ambos centenarios. Con ‘Campos de Castilla’, Machado saltaba las bardas del corral de sus primeras ‘Soledades’ (1903) –con jardines modernistas–, y de sus posteriores ‘Soledades, Galerías. Otros poemas’ (1907), reelaboración del anterior –y de lenguaje simbólico–, al romper con su solipsismo interior, para salir al mundo exterior al encuentro con los otros.

En realidad, ‘Campos de Castilla’ no suponía sino la compilación de un total de 54 poemas, ya que la mayoría de ellos habían aparecido publicados antes, en revistas literarias de la época, como ‘La Lectura’ o ‘La Tribuna’, y eran muy escasos los versos inéditos. Abría el libro su famoso ‘Retrato’ y lo cerraba el elogio ‘A Juan R. Jiménez’. También, entre los escogidos tenía cabida su poesía aforística y filosófica, con sus primeros ‘Proverbios y Cantares’. Su grosor ni tan siquiera alcanzaba las 200 páginas, lo que avalaría esa teoría que surgiere su impulso a la necesidad de algún dinero por parte de don Antonio para sufragar gastos al tener que partir a París, becado –junto a su esposa–, en 1911.

El problema nacional es el tema principal de ‘Campos de Castilla’, puesto que Castilla, de pasado histórico y glorioso, supone una clara metáfora de España, cuyo desastroso presente se rechaza, para cifrar la esperanza en el futuro. El microcosmos de Soria aportó a Machado belleza y decadencia, al tiempo que fortaleció su patriotismo. Hay valoraciones sobre el paisaje en el poema “A orillas del Duero”, y del paisanaje, con versos broncos, en “Por tierras de España” o en el extenso romance cainita de “La tierra de Alvargonzález”. Pero esa visión dura se percibe dulcificada en los tres poemas últimos de “Campos de Soria” por el influjo indiscutible de su matrimonio con Leonor. Este último aspecto se intensificará más tarde en la versión ampliada de ‘Campos de Castilla’, incluida en sus ‘Poesías Completas’ de 1917, al incluirse todo un ciclo de poemas que expresan su dolorido sentir por la prematura muerte de su esposa.

Ya en 1912, ‘Campos de Castilla’ recibió un gran éxito de crítica por boca de Miguel de Unamuno y de Ortega y Gasset, entre otros. Antonio Machado se salvó por ello de un posible suicidio, según le confesó en carta a Juan Ramón Jiménez. Y Soria, la eterna Cenicienta, irrumpía así en el mapa cultural de España como el ámbito poético machadiano trascendido por antonomasia. A fin de cuentas, ‘Campos de Castilla’ era la mejor ofrenda hecha por un poeta andaluz a la Castilla materna.

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