Querido diario (6)

Ilustración de Avelino Fierro.
Ilustración de Avelino Fierro.

Por AVELINO FIERRO

Un paseo entre la niebla. Todo se difumina. Lo que vislumbran nuestros ojos tiene la misma naturaleza que los sueños para nuestro cerebro, un no saber dónde iremos, una historia sin argumento. Y también, como en el sueño, se pinta algún sobresalto. Vamos atisbando algo que nos hace pegar un respingo cuando nos damos de bruces con ello, como un despertar repentino. Un poco más allá entreveo los aleros de las casas bajas en la trasera de la catedral y, como chafarrinones, los ramajes de un abeto. Hasta los sonidos parecen llegar menos vivos, amortiguados; de un comercio que estará a la vuelta de la esquina se diluye hacia la plaza el zumzum de un villancico.

Veinte o treinta siluetas tristes se mueven despacio. Hacen cola para la cena del comedor social. Hasta hace poco reconocía a algunos que se habían dado a la vida errante, nómada, al vagabundeo. Y volvían como temporeros, si habían estado unos meses en regiones más terapéuticas, o se hacían algo estables, en los parques de día y por las noches en las entradas recogidas de algún edificio público o en los cajeros de los bancos. Los dos o tres templadores de flauta con su caterva de perros eran también habituales. Todos parecían tener un aire de los sin familia o de avergonzarse de ella.

Pero hoy el grupo era más numeroso y se veía distinto, destilaba menos mixtificación, menos melancolía del errabundaje. En algunos tramos la cola no se distinguía de la que yo había hecho para comprar la lotería esa misma mañana. Había gentes allí empujadas por la avaricia de los amos. Recordé a aquel Ernesto Bark que, en 1900, a la vista de las mismas hileras de tristeza escribió sobre el atroz egoísmo y la insensibilidad de las clases directoras, pidiendo que surgiera del abismo de las miserias sociales la protesta airada del anarquismo dinamitero.

Un golpe de aire removió la hojarasca grande de los plátanos caída por el suelo. Como en la “Oda al Viento del Oeste” de Shelley, había hojas muertas que se alejaban como fantasmas y multitudes contagiadas por la peste. Sopla el viento en el poema sin tregua, sopla destructor y regenerador, sopla y esparce las ideas rabiosamente románticas de la época por la causa de la libertad. Dicen los versos finales: “¡La trompeta de una profecía! Oh viento, si el invierno llega, ¿puede la Primavera estar muy lejos?”.

Volvía por la zona de las monjas. Aparcaba en ese momento Shelly su furgoneta. Ella me podría traducir mejor y alegrar esos versos finales. Venía de montar y de dar de comer a los caballos. Me lo dijo con la voz ronca y la nariz colorada. Creo que hasta su cuerpo exhalaba algo de vapor, como el de una yegua que ha trotado un buen rato. No era el momento adecuado.

Seguí mi camino pensando que la poesía, si no tiene la energía del dinamitero ni la de las trompetas para abatir murallas, sirve al menos para dejar algo de luz, dar consuelo. Como en el “What is poetry?” de Ferlinghetti: “It is a bare lightbulb / in a homeless hotel / illuminating a nakedness / of minds and hearts”.

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