Nunca hay ‘problem’ en la India (III)

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Tercera entrega del viaje dedicado a La India de los seis sentidos (I), y que sigue con Delhi o la puerta a la India (II).

Por MAR PELÁEZ
(Texto y fotografías)

Te despiertas en Delhi por la mañana y sientes que no puedes enfrentarte a todo aquello. Todo es un auténtico impacto, pero también un hechizo. El ruido de los cascos de animales, el caos, la gente que se te viene encima, las vacas, cerdos, cabras… que se cruzan en tu camino. Delhi es la primera toma de contacto del turista con la compleja realidad de una gran ciudad del subcontinente indio. A veces resulta traumático. El tráfico congestionado y caótico, la persistente insistencia de los vendedores callejeros de toda clase de servicios (taxis, rickshaw, cambio de moneda, visitas organizadas, comerciantes), es el peaje que hay que pagar, una especie de ‘iniciación’ para adentrarse en este país. La primera impresión desconcierta. Pero nunca hay problemas en la India (‘no problem’), todo es posible allí. De eso se encarga la gente.

Poner los pies en la calle supuso la primera toma de contacto con la realidad. No en vano, es en la calle donde se desarrolla la vida, una vida que estalla por todas partes. Y hay que poner los pies con la misma precaución con la que te introduces en un baño de agua hirviendo: con miedo a quemarte.

Y por primera vez una pregunta: ¿Por qué la India fascina? Necesitaba un par de trucos que me ayudasen a enfrentarme a todo aquello. Y creo que la clave es tomártelo con calma, mucha calma, tranquilizarte e intentar no juzgar todo lo que te rodea con ojos europeos. Tomarte el tiempo necesario para comenzar a apreciar la belleza de las cosas, ya que si tu estado anímico no acompaña serás incapaz de hacer justicia a la gente de la India. En aquel lugar es preciso bajar desde nuestro civilizado pedestal hasta donde están los indios para retratar su mirada, una mirada que siempre pregunta. Y, sobre todo, dejar que entre por tus ojos aquello que fascina, que impacta, que envuelve.

Cualquier detalle era festejado porque la capacidad de sorpresa no tiene límite en este país. La primera parada fue la Puerta de la India, un arco del triunfo en piedra blanca y de 40 metros de altura, proyectada a imitación del de París. Los jardines, perfectamente cuidados y apetecibles, eran ocupados por familias indias que pasaban el domingo al aire libre. Descubrimos los mejores saris de esas mujeres de clase media o alta, confeccionados con telas envidiables de vivos colores. Ese mismo color que da imagen a La India. Vendedores de flautas, de artesanía, de globos… hombres que intentaban que te hicieras una fotografía con uno de los cientos de monos que acampan libremente por este país; niños que disfrutaban de un reparador baño en un estanque poco apetecible a ojos occidentales; motocarros ‘invitándote’ a dar una vuelta por las calles de la macro urbe, primeros arrumacos de jóvenes parejas… El jolgorio, el bullicio y, por qué no, los primeros nervios para cruzar una calle repleta de vehículos en todas las direcciones, sin ningún control, respirando profundamente sus viejos tubos de escape en cada una de las aspiraciones. Y es que estoy convencida de que la contaminación ‘se inventó’ en la India.

Siguiente parada: la Tumba de Gandhi, una amplia zona verde conocida como Raj Ghat. Un sobrio monumento en el punto donde se celebró la cremación de Gandhi, ocupado por un bloque de piedra negra con una inscripción de las últimas palabras del Mahatma al caer mortalmente herido por un hinduista fanático: ‘He Ram!’ (¡Oh, Dios!). Una llama perpetua y las flores depositadas a diario por muchos visitantes mantienen vivo el recuerdo del padre fundador de la nación india. Son un grupo de mujeres a las puertas las encargadas de vender esas flores de tonos rosas, naranjas, amarillos. Era día de descanso y las familias indias habían decidido rendir homenaje a su héroe.

De allí, al Fuerte Rojo –Lai Quila– y a la Jami Masjid, la mayor mezquita de la India. Pero antes de llegar al monumento principal había que atravesar el mercado de Meena Bazar, un bazar distintivamente islámico, de tiendas arracimadas alrededor de la mezquita, lleno de ropa, utensilios de uso doméstico y perfumes de todo tipo. Primero el bazar de las piezas de recambio para automóviles, las tiendas con pescado y con carne colgada ajena a los microbios, y más tarde puestos con frutas coloridas.

Olores penetrantes… y del ruido al silencio

El viajero debe también sortear el mercado de aves metidas en estrechas jaulas de madera, vendidas y sacrificadas en el acto. O cabezas de cabra recién cortadas y expuestas en mugrientos cubos. El color rojizo del suelo da muestra de la sanguinaria estampa. Si se soportan los olores penetrantes, putrefactos, nauseabundos (lástima que no se pueda guardar una pequeña muestra) y las multitudes, el ruido ensordecedor que proviene de todos y cada uno de los claxon de los millones de vehículos, quizá se disfrute del escenario. Si no, corres el riesgo de sentir auténticas nauseas.

Ascendimos las primeras escaleras entre manos pedigüeñas y rostros suplicantes, pero ni una sola palabra. La mezquita se encuentra en una pequeña elevación que permite contemplar el ajetreo de las calles, los edificios de dudosa seguridad, y al fondo el Fuerte Rojo. Amplias escalinatas de arenisca roja acceden a las tres puertas de entrada del edificio, que se construyó para proclamar el triunfo del Islam (un 12% de los indios son musulmanes). Depositar en consigna los zapatos y ataviarse de forma decorosa es requisito imprescindible. El gran patio interior tiene unos 100 metros de lado y llega a albergar hasta 25.000 fieles.

Entramos en la grandiosa sala de oración por debajo de uno de los once arcos simétricos. Los hombres eran los únicos que oraban frente al muro, las mujeres permanecían en el exterior. Otros tan sólo estaban tumbados en los aledaños meditando o simplemente durmiendo, mientras un grupo de niños correteaba por todos los lados ajenos al lugar sagrado.

En los ángulos del edificio se alzan dos majestuosos alminares. Pero un problemilla. Sólo se puede subir al del Sur si vas acompañado por un hombre (él lo hace gratis, las mujeres abonan ‘religiosamente’). Obviamente nos lo tomamos con resignación.

La mirada penetrante de la gente con la que te cruzas impacta. No apartan la vista de tus ojos, te siguen hasta que sales de su punto de visión, quizá hasta que se les cruza otro rostro. Eso hace que con demasiada frecuencia tengas que ser tú quien mire hacia otro lado, porque su mirada, en ocasiones, daña. Son tantas las personas que mal sobreviven en la India que duele.

Para culminar nuestra estancia en Delhi nos dirigimos al Bahai Temple, una extraordinaria prueba de la arquitectura moderna. Hecho con la forma de un loto blanco, formado por 27 pétalos gigantes de 30 metros de altura, representa la fe baha’i, que es una religión mundial independiente, científica en su método y humanitaria en sus principios. Se fundó en 1863 con la idea de que fuera una religión universal, síntesis y culminación de todas las existentes. Pasamos por el lateral de uno de los nueve estanques que bordean el templo y ascendimos descalzos a su interior, como también lo hacía un grupo de mujeres mutiladas. Allí sólo silencio y paz.

Asistimos desde los bancos de mármol en un silencio absoluto a una especie de pequeña ceremonia con cánticos incluidos. Al concluir este breve acto, parecía que estábamos en plena Pasarela Cibeles porque por delante de nosotros desfilaban cientos de mujeres con impresionantes telas y coloridos saris. La India es color.

(continuará…)

Los blogs de MAR PELÁEZ:
Miradas del Sur
y Pasaporte al mundo

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