No a cualquier precio

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Por RUTH RIVERA

Siento que he perdido algo. Algo que me ligaba al mundo. Pero no lo he perdido de golpe, no ha sido un cambio brusco y repentino, sino el resultado de una larga y decadente enfermedad crónica. Ya no distingo en cuál de las fases del duelo estoy: a veces pienso que en todas a la vez. Un día me sorprendo tratando de negar la aplastante realidad, la que me grita que la cultura en general y el teatro en particular se ha convertido en un valor de cambio, en un bien consumible, en un plato precocinado con fecha de caducidad. Otras me asalta la ira. Contra todo: contra mí misma por no haber hecho más, contra administradores y consejeras, por su incapacidad para comprender que el teatro no es únicamente una industria, que no se puede medir en cuotas de mercado y que hacen falta políticas coherentes y no fuegos artificiales, parches o contenedores culturales vacíos; contra la mayoría de mis compañeros de profesión, más callados que de costumbre, acariciados por la mano que les da de comer las migajas, con miedo a hablar más alto que los demás y recibir el castigo de quedarse fuera del mercado, con un aguante infinito que se traduce en aceptar unas condiciones de trabajo que ya se parecen mucho a las de los cómicos de la legua, o con un cinismo descarado –más despreciable que el miedo– con el que amarran contratos y proyectos bajo cuerda y en solitario (el poder siempre sabe que es preferible comprar a uno, a dos, a tres, y mejor si es barato, que trabajar para crear cultura para todos).

Los peores días son, sin embargo, aquellos que me arrolla la depresión. Una tristeza infinita me inmoviliza con imágenes pasadas, cuando la burbuja teatral –por encontrar un símil que debe ser explorado a fondo– se estaba formando y yo aún no lo sabía, aunque formaba parte de ella. Tristeza de comprender que la burbuja explotó: compañías alimentadas por subvenciones, programadores que descuidan su público y que contratan en virtud de criterios misteriosos –la calidad muchas veces no es uno de ellos–, políticos y administradores incompetentes, nepotismo y prevaricación en los despachos, actores y actrices que consideran que ya están formados, que han perdido –quizá nunca lo tuvieron– el amor por la interpretación y se acomodan en clichés y bolos, público que carece de poder de decisión, de contacto con los artistas y de interés por ellos (a no ser que salgan en la tele).

Reconozco que me he saltado la fase de negociación, ya me gustaría conservar algo del pensamiento mágico para hacerme la ilusión de poder cambiar esta situación.

La última fase es, sin embargo, la que más me incomoda: la aceptación. Me resisto a aceptar que las cosas son así, que no hay más remedio que buscar cada cual su agujero para salvarse en solitario, que sobrevivirá el más fuerte (capitalismo de mercado cercano al fascismo, más si se aplica a la cultura) el que mejor se mueva, el que más sacrificios esté dispuesto a hacer, el que mejor estrategia empresarial diseñe, el que visite más despachos. El que se venda mejor, en definitiva.

Porque de eso se trata. De la muerte del teatro como cultura, como intercambio, como comunicación, como encuentro, como posibilidad de configurar mundos, de plantear preguntas, de provocar emociones, de generar placer. Sería ingenuo afirmar que el teatro es solo eso. No lo es. Pero ese es su fin, su centro, su raíz, su razón de ser. Y cada uno de los factores que lo configuran, que lo sostienen, que permiten que exista –público, intérpretes, compañías, programadores, políticos, periodistas, técnicos, autores dramáticos (esos pobres olvidados)…– debe llevar la raíz consigo, debe tenerla presente y trabajar por ella. No para sí, no para perpetuarse, no para sobrevivir. No a cualquier precio.

1 Comment

  1. Gracias Ruth por un artículo tan sincero… hacia mucho tiempo que no escuchaba comentarios tan hirientes por certeros, tan emocionados y a la vez meditados, tan desgarrados y sin embargo cargados de tanto amor al teatro,
    Es un placer saber que todavía hay quien lucha por salvar a esta profesión de la mercadería, de la prostitución encubierta con aires de cultura, de la deshonestidad de la subvenciones amañadas en los despachos, de la mediocridad que reina y gobierna muchos de los escenarios y de las compañías que subsisten en nuestro entorno lanzando hipos aturullados o engolados en nombre del teatro.
    El teatro pese a todo es algo más que todo eso… transciende ese zurullo hinchado que nos quieren vender como «cultura viva»… El teatro, pese a quien le pese (administradores, programadores, teatreros, políticos, etc.) está y seguirá estando vivo, quizás hibernando, en pequeños colectivos, en minúsculos reductos, en personas apasionadas con el dar y comunicar con generosidad… Y para mi una prueba efectiva de todo ello lo representa este artículo. Gracias Ruth.

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