Un “zoreil” en la isla de La Reunión

Fotografía de Germán Ricoy.

Fotografía de Germán Ricoy.

Por GERMÁN RICOY

*Zoreil: *Palabra del criollo reunionés que sirve para nombrar
a un francés metropolitano, o a cualquier extranjero.

El tiempo, según las últimas noticias, es una dimensión en la que los humanos, por incapacidad congénita, sólo podemos avanzar hacia delante. Cojeando como ángeles caídos (como Prometeos, Ícaros o Luzbeles desorientados) caminamos entre sombras, dejando pequeños hitos a lo largo del camino a los que intentamos volver de vez en cuando de la mano del recuerdo, ese embaucador.

Por lo tanto, mis cuarenta y ocho años eran un momento tan bueno como otro cualquiera para, enfrentado a una de esas encrucijadas que a veces surgen en el medio del camino de la vida, tomar por una vez el sendero inesperado, el que puede imprimir el giro más insólito a eso que llamamos trayectoria vital y que, en realidad, no es más que el reflejo de nuestros tristes intentos por dotar de coherencia a un relato construido con ladrillos de puro azar.

Y ahora, desde el pasado mes de septiembre, vivo en la isla de La Reunión, un “Departamento de Ultramar” (tal es la denominación oficial) del gobierno francés, situada en el Océano Índico, muy cerca de Madagascar. El dinero, junto con el teléfono móvil, los libros, la ropa de invierno, una relación de trece años y hasta un piano que nunca aprendí a tocar, los dejé en España cuando decidí venir aquí. No cabía todo eso en una maleta. Lo único que traje fue a Tokyo, mi perro, que todavía me quiere. Descubrí que la libertad sólo se compra cuando se deja de pagar por ella y el precio que se ha puesto en España a la libertad resulta cada vez más difícil de pagar.

Soy un zoreil (o zoreille), lo que en España solemos llamar guiri. La palabra zoreil tiene un origen incierto aunque las explicaciones que se apuntan como más probables aluden a la costumbre de los franceses metropolitanos de llevarse la mano a la oreja, en un clásico gesto de incomprensión, cuando los isleños se dirigen a ellos en criollo, una lengua tan joven como esta isla que surgió del mar hace unos dos millones de años; hace un rato, hablando en términos geológicos.

Otra versión acerca del origen de la palabra zoreil se refiere al hecho de que las orejas de los continentales europeos tienden a enrojecer bajo los omnipresentes rayos solares, de los que los nativos se refugian prudentemente bajo paraguas a los que aquí se llama parasoles.

Pero “aquí” no es más que un adverbio de tiempo, porque vivimos en un presente continuo y no puede haber aquí sin ahora. Así que aquí y ahora vivo, como otras ochocientas mil personas de múltiples razas y religiones, en la isla de la Reunión, un ovoide de sesenta y tres por cuarenta y cinco kilómetros que surgió del océano en medio de una explosión de fuego y que puede volver a sumergirse en cuanto le apetezca al Piton de la Fournaisse, uno de los volcanes más activos del mundo que, sin dormir nunca del todo, despierta cada cierto tiempo y cubre con lava enormes tramos de carretera, arrastrando a su paso las obras de la civilización sumergidas en un río de piedras llameantes, volviendo inútiles los esfuerzos de los humanos, que apenas llevan aquí cuatrocientos años, por dominar la naturaleza. No en vano, uno de los primeros nombres que recibió esta isla fue Theemal Theevu, que significa “Isla de la destrucción”. Se lo puso una flota del imperio Chola, una dinastia Tamil del sur de la India que arribó a sus costas en el siglo XI, sin llegar a desembarcar.

De la destrucción a la reunión, la vida humana en esta isla ha realizado un breve viaje. Los primeros asentamientos datan del siglo XVII y aunque pertenezca oficialmente al gobierno francés, aquí llegó gente de todos los alrededores que se fue instalando paulatinamente, dando a la isla su naturaleza propia, compuesta por gentes de diversa procedencia: africanos, sobre todo de Madagascar y las vecinas Islas Comoras; pero también hindúes, que son mayoría en la ciudad de Saint André, donde yo vivo, con sus templos coloreados como fallas valencianas y sus rituales coloristas y amables, como el Dipavali, la fiesta de las luces, a la que asistí en noviembre; también hay una importante presencia de árabes, que en todas las ciudades importantes elevan sus minaretes, desde los que todas las tardes, al caer el sol, se oye la fascinante llamada del almuédano, de reminiscencias aflamencadas; y orientales de diversos países diseminados por toda la isla, junto a otros grupos de múltiples procedencias y credos incluyendo, por supuesto, unos cuantos zoreils descreídos como yo. Todos llegamos aquí huyendo de algo o buscando algo. Algo que, probablemente, no esté en la isla, como el legendario tesoro del pirata La Buse del que se dice que, mientras colgaba de la cuerda que se llevó su vida en la ciudad de Saint Paul, lanzó un criptograma a la multitud al tiempo que pronunciaba sus últimas palabras: “Mi tesoro para el que sepa comprenderlo”.

Así que ahora soy un zoreil y vivo en una casa pintada de color naranja. Estoy sentado ante un Macintosh generosamente puesto a mi disposición, escuchando a Thelonius Monk mientras escribo. A través de la ventana de una habitación repleta de libros que no son míos veo un pequeño bosque de bambús al otro lado de un riachuelo que se llena y se vacía de acuerdo al ritmo de las lluvias, que en esta época del año son abundantes, y me doy cuenta, de pronto, de que el tesoro de La Buse bien podría ser la propia isla, para todo el que sea capaz de llegar a comprenderla.

Toco las cicatrices de mi rodilla, restos del mapa de un tiempo antiguo, y decido salir a caminar con mi perro.

reunionmapa1

  1. fragedis

    Bienvenido, zoreil ;) Te leeré desde la prosaica trinchera de realidad de la que todavía no sé salir. A ver si se me pega algo de talento y coraje para hacerlo con lo que nos regales por aquí :) :*

  2. Pingback: Un “zoreil” en la isla de La Reunión | Tam-Tam Press | Líquenes

  3. Maxi Olariaga

    Y yo que ya me siento zoreil en mi propia tierra!!! Cada día me reconozco menos en este país!!! Saúde, curmán!!!

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