Querido diario (12)

Ilustración de Avelino Fierro.

Ilustración de Avelino Fierro.

Por AVELINO FIERRO

En abril de 1914 Paul Klee viaja desde Marsella a Túnez en compañía de August Macke y el conde suizo Louis Moilliet. Están allí un par de semanas. Esos días, el descubrimiento de la sombría fuerza del sol africano, la luminosa claridad, le llevan a anotar en su diario aquella frase: “Este es el sentido de la hora feliz, yo y el color somos uno, soy pintor.”

He estado un buen rato buscando parte de esos diarios en una revista de arte que coleccioné por los años noventa. Recuerdo que venían ilustrados en color con las acuarelas que pinta en ese viaje. No lo he encontrado y he buscado en el tomo de los Diarios (1898-1918) que publicó Alianza. Tampoco leo allí las frases sobre las ciudades y el paisaje que yo creía recordar. Y las ilustraciones son dibujitos en blanco y negro. Klee hizo otro viaje, años después, a Egipto. Quizá allí está lo que yo busco; no lo sé. Pero no tengo documentación sobre eso.

Abandoné las pesquisas librescas y bajé al salón a ojear los periódicos del día y, hete aquí, que viendo El Cultural de hoy, en un reportaje sobre ARCO, que tiene este año a Turquía como país invitado, titulado “Negro sobre blanco”, el periodista pregunta al final a cinco escritores por sus pintores o cuadros preferidos, y dos de ellos dan el nombre de Paul Klee. Uno resalta de él su alianza con la imaginación y el rigor. El otro señala un cuadro, El equilibrista, y dice que lo elige porque es su papel en el mundo; siempre entre dos abismos: el cielo y la tierra, lo carnal y lo espiritual, la vida y la muerte, el arte y la religión.

Hacía tiempo que no veía citado a Klee; ahí estaba siempre, como dormido, con los ojos entornados, como en ese retrato suyo a plumilla titulado “Ensimismamiento”.

Siento no haber anotado aquellas frases africanas. Bueno, siempre nos quedará para describir el contraste entre blanco y negro la maravillosa parrafada de Rimbaud: “Mi jornada está hecha; dejo Europa. El aire marino quemará mis pulmones; los climas perdidos me curtirán. Nadar, triturar la hierba, cazar, fumar sobre todo. Beber licores fuertes como el metal hirviente… Volveré con miembros de hierro, la piel sombría, el ojo furioso: por mi máscara, se me juzgará de una raza fuerte. Tendré oro, seré vago y brutal. Las mujeres cuidan a estos feroces inválidos cuando vuelven de los países cálidos…”

Son, sobre todo, franceses los viajeros por el norte africano. En realidad, los franceses han seguido viajando y carteándose con todo el mundo en el que estuvieron alguna vez. Sólo hay que ver su canal internacional de televisión, la TV5, para darse cuenta. Uno puede ver un informativo sobre Canadá, Mozambique o Indochina. Es la pujanza de la francofonía y las secuelas de la grandeur. Me da igual que vayan buscando el conservar las minas de diamantes o hacer negocios en Vietnam. Ahí están estos días, solos, en Mali, zurrándose con los fundamentalistas.

En España, la tradición viajera, o pictórica o literaria con el moro de la morería es escasa. Tengo por aquí un librito, de César González Ruano, titulado Viaje a África, y subtitulado Por las rutas posibles de los posibles prisioneros. A finales de 1933, el Diario ABC, envía a G.R. al norte de África para intentar esclarecer las fantasías y conjeturas que circulaban en España hacía más de diez años sobre los prisioneros españoles de la guerra de Marruecos.

Cuando lleva unos días ya, anota: “En Marruecos, conforme se avanza más, todos vamos siendo un poco cautivos de este raro encanto, que se entra por los sentidos, como en un pesado sueño de languidez y de pereza propicio al mundo enamorado que habla del sentimiento.” Repite esas caídas y abandonos líricos a medida que sus pesquisas son de pobres resultados. Él insiste, sin embargo, en que su intención no es otra que reflejar la verdad con la mayor exactitud: “El dar por terminados hace ya mucho tiempo para mí los facilísimos procedimientos de estirar un reportaje, de embarullarlo y de tomar de la mentira todo aquello que falta en la verdad, casi siempre sencilla de espectáculo, me hacen escribir las cosas tal y como suceden, no permitiéndome caer en la tentación de, por buscar un consonante al lucimiento, hacer ripioso este verso que debe ser libre y exacto, sereno y simple como una fotografía sin malicia.”

Estas pesquisas librescas mías tienen que ver con un correo electrónico que hace unos días nos envió Ignacio Guereñu, adjuntando un enlace que te llevaba a una canción, para recordarnos que hace un año, ocho amigos pasamos ocho días en Marruecos. La idea había surgido en el restaurante de la rusa, en Villanueva. Allí nos vemos de vez en cuando para comer cocido, y la sobremesa del mediodía se prolonga hasta la madrugada.

Fueron Ignacio y Miguel Salguero los encargados de organizar las rutas, los billetes y los cambios de moneda. Anoto aquí las impresiones telegráficas de Mar en nuestro cuaderno de viaje. “Desde el avión vemos el Peñón y la línea de la costa. Tardamos tiempo en pasar el control de pasaportes en el aeropuerto de Marrakech. En el parking revolotean una lavandera y un escribano distinto. Armamos un pequeño tumulto con los coches por las callejuelas del mercado, pensábamos que era una idea de Miguel y resultó que el GPS había enloquecido. Inmersión inesperada en un mundo de color, tiendas, talleres… Ya fuera de la ciudad, pastores, cabras, ovejas, burros, chumberas. Vamos hacia Ouarzazate por la carretera que cruza el Atlas. Hay nieve en las montañas. Ignacio dopa a Sali por su mal de altura. Pueblos con casas de adobe que se integran con el fondo. Llegamos ya de noche al hotel. Cena frente a la Kasbah.

Segundo día: No sé qué decir. Es todo tan impresionante, mires hacia donde mires… El paisaje va cambiando: malpaís, montes, estratos, plásticos escapados del vertedero, palmerales… y los pueblos sumidos en el paisaje, como de incógnito.

Unos mustélidos toman el sol. Hay muchas collalbas negras. Miguel se desvía por un camino hasta la cascada de Tizgui. Llegamos a un pueblo junto al río Drâa. Sali nos trae unas  piedras de tono verdoso. Un guía nos lleva a ver el Ksar, con dos zonas, judía y musulmana. Un laberinto de callejas, la sinagoga, una cárcel de esclavos… Tomamos té y fumamos la pipa en Chez Yacob. Rosa compra unas ventanitas de madera de tamarix, donde luego pondrá sus vidrieras.

Estamos encantados. Es una pena no poder fotografiar, porque no les gusta, a los grupos de hombres, con sus chilabas de tonos tostados, sentados junto a los muros, a las mujeres con trajes de colores (hoy es fiesta), a los niños jugando… Son bereberes. [ G.R., “esa elegancia de ademán que tiene todo aquel cuya vida es libre, hasta preferir la alegre miseria a la mediocre sumisión”]

Vamos rápido hacia Zagora para no perdernos buscando el hotel, que está más allá de Amezrou. El hotel es de bungalows y jaimas. Toño y Pilar hacen treinta y dos fotos de la habitación. Habíamos decidido renunciar al guía para el desierto, pero las chicas, al verlo, hemos cambiado rápidamente de opinión.

Tercer día. Desayuno con variedad de tortas y mermeladas. Cerca, hay dos pájaros de cabeza y cola oscuras, pico ganchudo azulado y cola larga ¿bulbules? Llega Hassan para llevarnos a la biblioteca coránica de Tamegroute. La enseña un viejito. Compras y regateos en la fábrica de cerámica. A Pilar le hacen un tatuaje en la mano: colores índigo, menta y alfalfa, azafrán y rosa del desierto.

Comenzamos la aventura.  Carreteruca con montañas bajas a los lados. Un palmeral inmenso. Cruzamos el Drâa. Pueblos con canales y regadío. Muretes bajos de barro, adobes al sol, empalizadas de palma. Saludan los niños con la mano. Sin clase el fin de semana, es la fiesta del Profeta.

Desierto. Hassan coge un rato el coche. Nos atollamos cerca de Mhamid. Nos lleva casi dos horas de trabajo poder salir. Tomamos el té en un campamento. Qué ricas las cervezas luego, en Chez le Pâcha. Al atardecer, Rosa y Pilar se ponen turbantes azules. En la cena discutimos sobre la Guerra Civil y la Memoria Histórica.

Cuarto día: Seguimos el río, de vuelta a Marrakech. Sali se dopa de nuevo. Ignacio frena de golpe al oler que se ha caído nuestra carga de licores. Nace la sociedad hortícola Amado&Salguero. Vamos al Ksar d’Ait ben Haddou, patrimonio de la Humanidad, cruzando el río sobre sacos de arena. De nuevo, el Atlas. Cambios en el paisaje. Pueblos rojos, negros, marrones, montes pelados, pedregales, valles verdísimos, “médulas”… Comemos en un pueblo, brochetas, alubias y mandarinas. Cambian de color las piedras del río. Llegada a Marrakech…, adiós relax.  Locura en la búsqueda de lugar para aparcar. Nos guía un chico con carrito en el que luego nos lleva las maletas. El Riad 10 está al lado de la plaza Jemaa el Fna, en un callejón apartado. Segundo tatuaje a Pilar, ¿qué tendrá esta chica?

Quinto día: Algunos nos hemos despertado a las seis con la oración. Desayunamos en la terraza. Hace fresco. Damos cobijo a unos italianos. Paseo en carruaje, jardines Majorelle, mezquita y minarete de la Koutoubia, del que copiaron la Giralda, tumbas saadíes… Miguel se empeña en llevar las riendas. [ G.R., “entre mezquitas , entre murallas y sugestiones fabulosas”]. Comemos en un puesto al aire libre en la calle Derb-el-Bahalá: humo. Descanso, té con pastas; Toño duerme al sol en la terraza junto a dos tortugas. El zoco: calles y calles, callejas y callejones, tienditas y tiendas, y de todo, de todo, de todo… En la Medersa Ben Youssef hay 132 celdas para estudiantes y es un laberinto. Compramos especias en un enorme almacén lleno de colores, hojas, polvos, tintes… Cena para turistas. Ignacio sale a  bailar. [ G.R. “al borde dulce de los vasos de té con hierbabuena, entre músicas monótonas y blandas”]

Sexto día: Fotografía de una mariposa. Foto con Mustafá. Hacia la costa. Cabras subidas a árboles de argan. Ahora, los pueblos no son siena, son blancos. De repente, el mar y la ville d’Essaouira (Mogador). Hotel Les Terrasses. Habitaciones coquetas, ¿la verde o la crema? Ignacio elige la más bonita para su Rosa. Mucho viento. Comemos en los puestos del puerto. Ricos los langostinos y la dorada, duros los calamares. Descanso en el hotel. Garzón, condenado por las escuchas. Hay muchos gatos. Asistimos a una subasta de cachivaches en una corrala atestada. Una niña preciosa, que pronto ira tapada como su madre. Ignacio se emociona con un barito en un primer piso para cenar y escuchar música. Siempre la lía, pensamos. Maravillosa elección. Cenamos, cantamos, bailamos, bebemos nuestro wisky. Un grupo de jóvenes lleva el bar. El jefe canta conmigo “Y otra vez será”. ¿Dónde ha podido aprenderla? Maravillosa improvisación. Sali está encantada. El que toca el órgano es profesor de arte; nos hace un dibujo en nuestro diario, al lado del de Ave. Pilar anda mosca con una holandesa mastodonte que habla con Toño más de lo necesario. Un camarero se liga a una rubia. Rosa baila incansable. Ignacio añora la pipa. Miguel le pone el móvil a Laura para que pueda oír la música. Nos llama Marta Idoia. Nos perdemos varias veces –creo que estamos todos– camino del hotel.

Séptimo día: A las ocho nos despiertan los pájaros que viven en el patio. Dolor de cabeza. Desayuno en el salón-biblioteca. Compras. Sali elige un pantalón para Chisco. Vemos una exposición en la Alliance Franco Marocaine. Comemos mucho mejor, en un restaurante del puerto. Galerías de arte. Té en la plaza. Hablamos de la corrupción. Hay una luz preciosa que no sabemos si se debe al mar o al cielo. Volvemos a nuestra cita con el pintor de la muralla. No está, pero ha dejado a un amigo con un cuadro sujeto por una cuerda, una botella de agua y una radio. Nos lleva a su casa. Seguía sin terminar nuestros encargos. Paseamos. Tomamos otro té. Fotos a alguien que nos sigue. Volvemos al Café des Arts. Cenamos cerca del hotel; lentitud, humedad, Bob Marley. Paseo. 33 gatos.

Octavo día: Desayuno en otro salón. Vamos a Diabat. Sin interés. Aquí estuvo Jimmy Hendrix; hay un club de golf. Sidi Kaouki: playa maravillosa y dromedarios. Un morabito que se alquila. De la comida no se salvan ni los espaguetis. Tráfico cerca de Marrakech. Vemos adelantamientos imprudentes. El Atlas entre brumas. En el parking nos reencontramos con nuestros amigos, “sahabi”. Cenamos en la plaza. Goytisolo, en una terraza. Música suave. Sali tropieza y se daña las rodillas. Miguel compra un sombrero.

Último día: Desayuno, abrigados, en la terraza. Pilar sigue dejando ropa en los hoteles para el personal. Devolvemos los coches sin que nadie de la agencia repare en la avería. Vemos desde el avión Doñana y el Guadalquivir. Un guardia civil imbécil en el control de Barajas. Hay retraso, seguimos leyendo y haciendo sudokus. Rosa pierde una maleta.”

Aquí  estamos, pues, una pareja de provincias llevando un diario a lo Paul Klee. Tengo ahora los ojos semicerrados, ensimismado, tratando de que vengan, hasta mis manos abiertas, las imágenes y sensaciones de aquellos días luminosos.

Suena entretanto en el tocadiscos “Reflections after Jane”, mientras llueve ya en la noche, oscura como sus cabellos.

En la última comida no cuajó el nuevo itinerario: Ignacio era partidario de remontar, como en la película de W. Herzog, el Amazonas; Miguel y Mar, de la aurora boreal; Sali hablaba de una zona al sur de la India. Miguel Díaz y Marta, que no pudieron ir esta vez, de Nueva York. Les dije que una amiga recorrería este verano la Ruta 66; que los abandonaría e iría con ella si no se ponían de acuerdo, que lo que importaba  era estar juntos de nuevo.

Un Comentario

  1. Cuando los españoles viajamos sin resentimientos conectamos enseguida, pero somos mas disfrutadores que observadores, por eso franceses e ingleses nos han arrebatado el privilegio del cuaderno de viaje.

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