
Los rencorosos, los que le guardan por siempre rencor a una ciudad, son como los chivos expiatorios: han sido enviados fuera de esa ciudad por todos aquellos que, dejando pasar su vida en ella, son críticos y no se dejan cegar por sus dulzuras. Todos los días le hacen algún reproche, descubren una nueva mella, se quejan de la opresión torpe de los caciques, resisten; pero no hicieron las maletas, han decidido quedarse. O algunos sí se van, pero recuerdan, mantienen desde lejos un afecto por los que se quedaron.
Para que esto sea posible son necesarios los resentidos, los que sólo tienen en la boca hieles para su ciudad, venganzas aplazadas. Son los atilas potenciales de su propia aldea.
Ellos desconocen el papel que así cumplen, porque han conjeturado que su rencor era propio y original, un rasgo de la identidad ganada al dejar lo próximo.
Un vagabundo, borracho en pleno día, bailaba mientras iba repitiendo una copla personal, muy bien marcada, rítmica: «La Guardia Civil / me tira de los güevos / que yo soy / brigada de aviación». La copla liberaba también una risa muy antigua en todos los que le miraban.
Voy cantándome un tango, probando tonos para Pompas de jabón, de Goyeneche y Cadícamo, lo canto para mí, bajito. Le adelanto a un hombre que es ciego, va desprotegido bajo la lluvia, lento, en jersey, no tiene mucha destreza, el bastón es vacilante. Cuando ya le he sobrepasado oigo a mis espaldas un Buenos días, y después: Qué bonito suena eso que va cantando usted. Gracias, le digo yo. Es que a mí me gusta mucho la música, me responde. Fin del diálogo, yo seguí a lo mío. Pero qué regalo para un transeúnte.
En Las voces de Marrakesh Elías Canetti, paseando, se encuentra cara a cara con una estampa que acaba titulando ‘El asno lúbrico’. Ve a un asno tan matado, tan en las últimas, en el mercado de la Xemaá El Fuá. Tanta pena le dio a Canetti el animal que “en mi camino hacia casa procuré firmemente, para poder tranquilizarme, no guardar ningún recuerdo de esa noche”.
Pero al día siguiente vuelve al mismo lugar y ve al mismo burro, sólo que ahora muestra una erección gigantesca. Canetti cierra así su estampa: “Pienso con frecuencia en él. Y me repito a mí mismo, cuánto quedaba de aquel animal cuando yo nada era capaz de ver. Deseo para todo ser atormentado semejante disposición en la desgracia”.
Todo está en el tono, la entonación, la música del habla. Y los gestos, rebosando reticencia. En la parada del autobús una paisana le pregunta a otra: ¿A dónde vas?, ¿a León?, ¿y a qué vas, a ver flores? Con un tono rápido y cortante, como si recitase una copla, cerrando, sin más, el diálogo. Aparecieron flores inesperadas y algo que podríamos llamar indígena, el gen de un habla.
Delante de mí camina una pareja de la mano, son muy jóvenes. Paseo vespertino de los novios. Oigo que él le va comentando a ella: Y le entra por la banda y sólo se le ocurre…¡Le está largando la crónica de un partido! Es el fútbol romántico, es la vida que es.
Aquí traigo, despierto y por la calle, imágenes con un sentido comunal. Joyce llamaba EPIFANÍAS a las escenas, fragmentos de conversación, sucesos fugaces pillados al azar, de paso. En ellas cristalizaba alguno de los sentidos de su época.
Lezama Lima nos da una sentencia augural oída en un café, en la mesa de al lado: Novia china, buena suerte. José-Miguel Ullán oyó algo más común, pero no menos misterioso: El as de copas no tenía salvación.
— — —
DESCALZO Y POR LAS CALLES (DE LEÓN)
SUPLEMENTO ESPECIAL
Desde antiguo hay testimonios sobre el estado del pavimento en la ciudad:
El gran viajero de la Ilustración, Antonio Ponz, en 1783: “El empedrado era malísimo”.
El alemán Alexander Ziegler, en 1850: “El pavimento de la ciudad, que consiste en gravilla y guijarros, deja mucho que desear”.
Louisa Tenison, en 1851: “…las cenagosas calles de León…”. “Andar al anochecer por las calles estrechas y mal pavimentadas no es muy divertido”.
El francés Charles Davillier, en 1863: “Sus calles casi desiertas se encuentran pavimentadas como debieron estar en la Edad Media; algunas son puros baches”.
El italiano Francesco Varvaro, en 1877, se ceba: “No hay ni una calle pasable. Tanto las calles principales como las secundarias están pésimamente pavimentadas. El caminar por ellas supone estropearse los pies y destrozar los zapatos. Quizá sea por eso por lo que no se encuentra alma viviente por las calles de León. Aunque se tengan los pies ya encallecidos, cualquiera preferirá pasearse por la propia habitación antes que por aquellos caminos de cabras”. “…los habitantes de León, que no pueden tener, habituados como están a sus calles, ni calzado ni pies delicados”.
La poeta escocesa Jane Leck, en 1883: “…y después de un largo trecho por un camino oscuro hasta la puerta de la ciudad, y una sarta fatigosa de calles estrechas y mal pavimentadas…”.
El científico alemán Hans Friedrich Gadow, en 1895: “Su estructura es extremadamente densa y compacta; las calles son estrechas y están pavimentadas con los guijarros más temibles, con rodadas profundas y gastadas”.
migas de pan para el regreso
migas que los pájaros cantan.
Me gustaMe gusta
Oido en un bar (en francés): «Moi, la poésie, même si c’était du foot, ça me ferait chier!»
Me gustaMe gusta