Sobre el volcán

Fotografía de Asun de la Villa.

Fotografía de Asun de la Villa.

Por GERMÁN RICOY

Tal vez escribir no sea más que alimentar una lenta, inacabable, hoguera que nos consume y nutre a la vez. Acaso sea tan solo una forma como otra cualquiera de cubrir ese tránsito entre dos silencios al que llamamos vida, empeñados en el absurdo intento de dejar una huella que nos sobreviva, ajenos al hecho de que la importancia de la huella, si es que alguna tiene, radica sobre todo en la consistencia del suelo que la aloja.

El cónsul Firmin, protagonista de Bajo el volcán, la obra cumbre de Malcolm Lowry, vive y muere en una sola jornada, lenta, inacabable, bajo la insoslayable presencia del Popocatépetl, en la ciudad de Cuernavaca, consumido por una hoguera interior que intenta apagar con alcohol. En la isla de La Reunión se dice que hay dos volcanes, el Piton des Neiges y el Piton de la Fournaise. También se dice que el primero está dormido desde hace doce mil años mientras que el segundo es uno de los más activos del mundo y tuvo su última erupción hace dos años. Todo esto es cierto, del mismo modo que en una isla tan pequeña como ésta la presencia de las dos cumbres es innegable puesto que son visibles, sea una, la otra o ambas, desde casi cualquier punto en el que uno se encuentre. Pero a la vez los volcanes, como sucede con tantas otras cosas, no son más que la punta que asoma de una realidad más profunda.

La realidad en este caso es que la isla de La Reunión forma parte de lo que en geología se conoce como un “punto caliente”, un lugar en la superficie de nuestro planeta que tiene una actividad volcánica regular. Según parece, esa actividad comenzó hace sesenta y cinco millones de años y el nacimiento de la isla, hace tan sólo dos millones de años, no es más que una consecuencia de la actividad de ese punto caliente. Las dos cimas a las que llamamos volcanes forman parte de ese punto caliente pero la verdad es que toda la isla es un volcán, un pequeño fragmento de tierra emergida que en cualquier momento puede reventar por cualquier parte, como sucedió durante la última gran erupción, que tuvo lugar en 2007 y que duró casi seis meses, durante los que la lava surgía sin cesar, arrojando millones de metros cúbicos de rocas fundidas en un río de fuego que parecía inagotable y que amenazaba con arrasar poblaciones enteras.

Hoy, yo lo he visto, sobre las huellas de aquella gran erupción, comienza a florecer una fértil vida vegetal y los insectos y los pájaros contribuyen a su veloz expansión, sobre un terreno en el que aquí y allá la tierra humea amenazante por estrechas fisuras que en cualquier momento pueden abrirse en una nueva tormenta de fuego.

Una fisura flamígera, de otra naturaleza, se abrió el pasado 18 de febrero en la ciudad de Le Port. Cientos de jóvenes se manifestaban pidiendo trabajo, un contrato eventual por parte del ayuntamiento, algo, dignidad en suma. El desarrollo de los acontecimientos es fácil de prever, lo vemos cada vez más también en España. Los jóvenes gritan su rabia, su frustración frente al rostro impasible del poder, representado por sus guardias armados. La tensión crece, como una lenta hoguera alimentada por la necesidad. De pronto, la violencia estalla. La policía lanza gases lacrimógenos, los jóvenes responden con piedras, con fuego, con lo poco que tienen a su alcance. Se incendia la noche, se alzan barricadas en llamas, se producen heridos, daños materiales al mobiliario público, como si un contenedor fuera más valioso que la cabeza de un joven que pide trabajo, que reclama justicia. Sin duda el contenedor es más sumiso, recoge sin protestar la basura que nuestra sociedad vierte sobre él.

Yoan Mongin, el portavoz de los manifestantes, explicó así las tensiones en Le Port. “Los políticos no nos han escuchado, las fuerzas del orden no han hecho nada por calmar las cosas. Les corresponde a ellos hacer un esfuerzo. Ellos queman millones y los jóvenes no les piden demasiado, de 1.000 a 1.200 euros por mes. Si ellos hacen esfuerzos, los jóvenes también los harán”. Hay que recordar que el salario mínimo interprofesional en Francia supera los 1.400 euros.

La respuesta del poder fue la habitual: al día siguiente llegaron a la isla refuerzos policiales procedentes de la metrópolis, que es como aquí se llama a Francia. No obstante, manifestaciones similares se han producido en Saint-Denis, Saint-Paul, Saint-Pierre e incluso en Saint-Benoît, donde se protestaba por la brutal subida del precio de la bombona de butano. Aquí y allá surgen pequeños incendios que no son más que la punta que asoma de una realidad más profunda y yo ya no tengo dudas de que la gran erupción se producirá en algún momento. No es fácil saber por dónde brotará el río de lava que lo consuma todo, no hay un volcán visible, porque la realidad se ha convertido en un inmenso punto caliente, pero lo que parece innegable es que, si la huella cobra importancia en función del suelo que la acoge, el inevitable estallido en demanda de un mundo más justo dejará el terreno preparado para el nacimiento de una vida más fértil.

Tal vez escribir no sea más que alimentar una lenta, inacabable hoguera. Si es así, yo tengo la inmensa suerte de vivir sobre un volcán.

Disturbios en la isla de La Reunión. Fotografía: Imaz Press Reunion.

Disturbios en la isla de La Reunión. Fotografía: Imaz Press Reunion.

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