Prosapiens (17)

rumble fish

Nueva entrega del poeta, ensayista y crítico literario uruguayo afincado en México, y que forma parte de un libro en curso –”un libro que escribo cuando me entra una especie de velocidad de ira”–, titulado ‘Prosapiens’.

Por EDUARDO MILÁN

Grados de imprevisibilidad, he ahí. Lo previsible se despliega liso, pista, autopista o cielo –este último con esa característica abismal, sin pudor posible, desmesurado. Lo imprevisible se pliega, una y otra vez, sobre sí mismo. Aparece a la vista como irrupción en un contexto de pradera, campo liso o cielo –este último con esa característica nublada, llueve sobre el bañado, un recogimiento de patos. Esas marchas no eran previsibles. Una crisis muestra su cresta hasta que aparece su gran cabeza que toca a todo cristo, la cabeza general de una gorgona. Cristo, el de la cruz, la esconde. Figura del retraimiento, parecería que eligió socavar, ir por debajo. El enrojecimiento de la ira –Pasolini con su Mateo podría haber enrojecido la pantalla como Coppola los peces– tomó a las gallos del mundo en buena hora. Enhorabuena: boa. Este mundo estaba durmiendo su bienestar, su digestión, este mundo que se levanta, no el que se somete. Sería extraordinario que los márgenes de boa se cerraran sobre el centro. Aunque el descentramiento es condición de este ahora, hay centros. La ciudad ladea a todo perro lengua de afuera. Los lengua de afuera a la periferia, herida perfecta. La ciudad encerra, incrusta, empotra en las laderas. México, Río de Janeiro, Quito, muestran el cobre –el oro banca adentro. Nicheamientos. Los fuera de bienestar en el tiempo del bienestar, ¿dormían o soñaban con la gran mejora prometida siempre? Esta realidad deja algo claro: no mejora. Muere –aunque siga su estiramiento elástico de adaptación a cómo dé lugar, su desperezamiento desesperado– o cambia. Los walking dead son la gran metáfora del seguimiento por adaptación, el devenir sin límite, serie sin corte. Lo único que cambia es el entramado mínimo, la miserable porción de aire que se rehace como un respiro. Mientras, lo imprevisible, dejado a un lado ya su sanbenito de “nuevo”, sigue irrumpiendo en lugares en que menos se lo espera. ¿Hay esos lugares en que menos se lo espera, ahí donde lo imprevisible irrumpe? Habíamos dejado lo imprevisible en manos del arte. Pero el arte se volvió previsible. Los rompedores se parecen entre sí, los pica piedras entre sí, todos los pájaros carpinteros. Los que desenterraron un hacha de plata del lodo del fondo de un río como mar y avanzan tiempo arriba deslumbrando, cegando, desbrozando, talamontes del gerundio. Lo clásico no es una garantía solitaria de regreso. Hacheros que avanzan unidos por un mismo resplandor –el dar la nota, la noticia de último momento, millonario deja tesoro con una condición, el cuerpazo de la diva de 75 años, el fragmento de realidad convertido en misterio de realidad, la realidad enigmática, el cuerpazo de 75 años de la realidad enigmática, esa diva– parecen clásicos de sí mismos. Un poco más de autocrítica y menos automóvil. La aparición de Michelle Obama fue un alivio entre los óscares: abolió las fronteras entre ilusión y realidad mientras Lincoln, aboliéndola, uno de los grandes actores del momento, dejaba caer el último velo de sentido de un modelo de sociedad de gran ímpetu, sin escrúpulo y breve historia, todo en términos de una equivalencia entre presente y grano de arena en polvo.

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